CAPÍTULO CUARENTA
White estaba sentado en silencio en el fondo del bar en penumbra.
Sostenía un vaso de whisky con ambas manos y observaba el líquido girar.
No sabía qué pensar de la reunión que había tenido con la agente Kane esa mañana.
Estaba fuera de control, y no había nada que pudiera hacer.
Lo había intentado, pero el asunto estaba fuera de sus manos.
Pero eso no era suficiente para Stevie Roscoe.
—Repíteme todo una vez más —dijo Stevie.
—Ya te he contado todo lo que pasó esta mañana.
—Me importa una mierda —canturreó lentamente—. Cuéntamelo otra vez.
Una vez más, White repasó todos los detalles de su reunión con Kane y Wilkinson.
—Sabe que ha habido un encubrimiento, que nunca atrapamos al tipo original.
—¿Tiene pruebas?
—Todavía no, pero no es ninguna tonta. Lo acabará descubriendo.
Stevie le puso un dedo en la cara a White.
—Esa zorra no va a descubrir una mierda.
—No le dije nada —soltó White—. Lo juro.
Stevie se relajó y bajó la mano. Le dedicó al viejo policía su sonrisa característica.
—Nadie ha dicho que lo hicieras.
White, sin embargo, no se lo creía. Stevie era pura podredumbre, y no se fiaba de él.
—Solo quiero que quede constancia: hice todo lo que se me pidió.
Stevie puso una mano sobre el vaso de White para que dejara de moverse.
—Entonces, ¿por qué coño cree que hay un encubrimiento?
White levantó la vista del vaso y se topó con la mirada de Stevie, con el brillo de aquellos ojos verdes de tintes amarillentos.
Era como mirar al diablo. White procuraba evitarlo siempre que podía.
Ese día era imposible. A Stevie le gustaba reunirse en espacios cerrados, nunca al aire libre.
Quería que la otra persona se sintiera atrapada, sin salida.
Y no la había.