Corktown (Thriller del FBI de Abby Kane 1) CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
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CAPÍTULO CUARENTA Y TRES

Katherine se asomó por detrás de la cortina y observó a los dos agentes volver a su horrible coche amarillo.

Preston Carter también vigilaba a los dos visitantes, solo que él lo hacía desde una ventana del sótano.

Detrás de él, una joven desnuda yacía sobre una mesa de madera.

Tenía los brazos y las piernas inmovilizados con correas atadas en cada esquina.

La cinta adhesiva le cubría la boca, y las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

Preston dejó el bisturí sobre un mostrador y se quitó el delantal de plástico transparente que llevaba puesto.

—Volveré enseguida, cariño.

Besó a la mujer en la frente antes de subir.

—¡Katherine! —gritó al irrumpir en el pasillo.

Ella apareció por la cocina.

—¿Qué pasa, querido?

—¿Quiénes eran esas dos personas? ¿Qué querían?

Katherine vio que su marido estaba alterado y cada vez más nervioso. Le apartó unos mechones del ojo izquierdo.

—No hay de qué preocuparse, querido. Querían hablar conmigo sobre mi padre.

—Son policías, ¿verdad? Nos han descubierto. Lo sabía. Deberíamos habernos tomado un descanso. No dejamos pasar suficiente tiempo entre asesinatos...

La mano de Katherine impactó en el rostro de Preston y le hizo girar la cabeza hacia un lado. Era lo único que funcionaba cuando le entraba el pánico.

Preston se llevó la mano a la mejilla izquierda, con la cabeza aún ladeada, la mirada clavada en el suelo.

—Te dije que no te preocuparas. Tienes que confiar en mí, cariño. Tengo un plan. Quieres ayudarme con mi plan, ¿verdad?

Preston asintió despacio. Claro que quería ayudar a su hermosa esposa. Haría cualquier cosa por su reina.

Se había fijado en ella por primera vez en su clase de biología de primer año.

Él era profesor titular, y ella una estudiante de primero, de veinte años por entonces.

El día que entró en su laboratorio por primera vez, llevaba el pelo recogido en una coleta suelta y una horrible mochila naranja colgada de los hombros.

Aun así, parecía que los ángeles la transportaran.

Su dulce sonrisa era contagiosa. Sus ojos podían calmar a la persona más irascible.

Preston la observó buscar asiento, pero no se quedó ahí.

Siguió lanzándole miradas furtivas durante toda la clase.

Sin lugar a dudas, era la mujer más hermosa que había visto en su vida.

Durante el segundo trimestre de su primer año, Preston notó un cambio en Katherine.

En ciertos aspectos, se parecía mucho a él.

Tenía tendencias, como a él le gustaba describirlo.

Una vez cogió una rana de laboratorio y la cortó en horizontal de la cabeza a la cola: un total de doscientos ochenta y cinco cortes.

Preston lo sabía porque los contó uno a uno.

Hizo lo mismo con un perro congelado usando una sierra quirúrgica.

Él siguió estimulando aquella mente joven.

Al cabo de un año y medio, sintió que estaba lista.

Le proporcionó un cuerpo. Ella no preguntó quién había sido ni de dónde había salido.

No le importó. Se puso manos a la obra de inmediato.

Cuando empezaron a salir, ese fue el punto de inflexión, y Katherine acompañó a Preston en un asesinato.

Fue el comienzo de una hermosa asociación.

El Doctor había tomado una aprendiz. Durante los dos años siguientes, Katherine aprendió de él.

Tanto, que empezó a asesorarlo sobre cómo continuar con su pasatiempo sin que lo pillaran.

Preston había esperado que pudieran convertirse en un dúo, pero Katherine se sentía mucho más cómoda con la planificación.

Aunque sí había desarrollado cierta afición por arrancarle el cuero cabelludo a la gente.

—Estoy preocupado —murmuró Preston por fin.

—No lo estés, cariño. Aún no os he fallado, y no tengo intención de hacerlo.

Katherine le deslizó la mano por dentro de los pantalones y lo acarició. Preston cerró los ojos y dejó escapar un gruñido entrecortado.

—Ahora vuelve abajo y termina de jugar con tu amiguita. Cuando acabes, me lo cuentas todo.