CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
Todavía estábamos a una hora en coche de Detroit cuando recibí una llamada de Solis. Esperaba novedades sobre Archie Becker, el presunto RR. Lo que me dijo fue como un puñetazo en el estómago.
—Espero que estés sentada —dijo.
—Suéltalo —dije.
—Tu amigo periodista, Elliot Hardin. Está muerto.
—¿Cómo dices?
—Un par de cazadores se toparon con su coche en el bosque. Estaba dentro con un disparo en la nuca.
Le susurré a Wilkinson que Hardin estaba muerto.
—Había huellas de dos vehículos, así que quien lo hizo iba en el coche con él y un cómplice los seguía.
—¿Por qué piensas eso?
—Bueno, la única razón para venir aquí arriba es cazar alces, y Hardin no tenía pinta de cazador.
Negué lentamente con la cabeza. Hardin había dicho la verdad. ¿Cómo demonios voy a resolver este caso si mis informantes siguen apareciendo muertos?
—¿Qué hay de Becker?
—Lo localizamos en Ford. Es uno de sus mejores ingenieros. Niega saber nada del RR. También rechaza cualquier ayuda de la policía. De todos modos, pusimos un coche patrulla en la puerta de su casa, para disuadir visualmente por si nuestro tipo va a por él. Pero no está colaborando.
—Vigílalo hasta que podamos regresar. Quiero interrogarlo personalmente.