CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
Llegamos a casa de Archie Becker poco antes de las siete de la noche.
El sol había empezado a ponerse, pero los niños de todas las edades seguían jugando en la calle.
Becker vivía solo en Bloomfield Hills, una zona residencial tranquila al norte de Birmingham.
Solis y Madero nos esperaban aparcados enfrente en un coche camuflado marrón.
Al otro lado de la calle había un coche patrulla, tal como habían dicho.
Cuando me acerqué a su coche, los detectives salieron.
—Lo seguimos desde el trabajo —dijo Solis—. Lleva en casa unos cuarenta minutos.
—Gracias. Esperen fuera, por favor.
Wilkinson y yo seguimos por el camino de entrada hacia la casa de una sola planta. Llamamos al timbre.
Un hombre pulcramente vestido abrió la puerta. Se le cayeron los hombros en cuanto nos vio.
—¿En qué puedo ayudarles? —preguntó con sequedad.
—¿Archie Becker? Soy la agente Kane. Este es el agente Wilkinson. Esperábamos poder hacerle unas preguntas.
Becker dejó caer la cabeza hacia un lado y soltó un suspiro sonoro.
—Miren, agentes. Ya he respondido un montón de preguntas a los dos que están sentados en el coche —dijo, señalando hacia fuera.
—Lo sé, señor Becker, pero no ha respondido a las nuestras.
Soltó otro suspiro y puso los ojos en blanco. Su actitud estaba empezando a sacarme de quicio.
—Supongo que querrán algo de beber —dijo mientras abría la puerta de par en par y nos hacía pasar.
«En realidad, me encantaría darte un puñetazo a ver si así entras en razón».
Wilkinson y yo intercambiamos una mirada antes de seguirlo.
—¿Qué puede decirnos sobre los Redline Rogues o los RR?
Becker ni se molestó en traernos nada de beber; simplemente se sentó en el salón. Nosotros nos quedamos de pie.
—Les repetiré lo que les dije a los dos detectives de fuera. No tengo ni idea de qué me están hablando.
—¿No es cierto que trabajó con Marian Ward, Dennis Walters y Rick Tanner en GM durante los años ochenta?
—Es cierto. Pero trabajé con mucha gente. Es habitual que los ejecutivos del sector del automóvil se muevan entre las tres grandes.
—Es consciente de que los tres están muertos. Los asesinaron.
Becker bajó la mirada, luego la alzó, pero evitó mirarme a los ojos.
—Sí, claro. La noticia me ha afectado mucho. No pasé mucho tiempo con ellos después de dejar GM, pero seguía considerándolos amigos.
—Señor Becker, tenemos motivos para creer que quien los mató podría intentar hacerle daño a usted también.
—¿Por qué? —preguntó, tensándose de repente—. Yo no he hecho nada.
—Eso es lo que estamos intentando averiguar. Sabemos que era miembro de los RR. ¿Quién más lo sabía? Piense , señor Becker. ¿Quién podría guardarles rencor a usted o a ellos?
Becker se pasó las manos por el poco pelo que le quedaba.
—Miren, parecen un disco rayado. Ya he respondido a estas preguntas.
—Entonces debería resultarle más fácil la segunda vez. ¿De qué tiene miedo? Podemos protegerle.
Becker echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—¿Como protegieron a los demás?
Vaya boquita que tiene este tío . Solis tenía razón; era un auténtico capullo.
—Mire, no necesito su ayuda.
—Qué curioso, porque que yo sepa, usted se llama Archie Becker, no Chuck Norris.
Becker me lanzó una mirada digna de un adolescente malcriado.
—Si me disculpan, tengo trabajo que hacer.
Puede que hubiéramos salido de su casa, pero no pensábamos perderlo de vista. Di unos golpecitos en la ventanilla de Solis.
—Este tío tiene un problema de actitud y ganas de que lo maten.
—Te lo dije.
—Quiero que empiecen a entrevistar a todos los altos ejecutivos. Empiecen por GM. Quizá así consigamos hacer salir a los otros dos.
Liberamos a los detectives y mandamos al coche patrulla de vuelta antes de aparcar más abajo en la calle. Con solo tres de los RR vivos, quería asegurarme de que siguiera siendo así.