CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
Dado que Hardin había admitido que lo vigilaban, tenía que asumir que a nosotros también. Quienquiera que fuese el responsable del encubrimiento estaba decidido a que siguiera siéndolo. Todas las personas con las que hablábamos o no querían abrir la boca o parecían tener miedo de algo.
Tras la revelación sobre los Redline Rogues, Claire, la hermana de Eddie Bass, se convirtió enseguida en persona de interés.
Tenía el presentimiento de que «El Motor» podría haber sabido de los RR.
Y si era así, confiaba en que se lo hubiera mencionado a Claire o a su hija.
Menos mal que Hardin me había enviado la dirección de Claire por email el día después de conocernos.
El viaje hasta Mansfield, en Ohio, nos llevó poco menos de tres horas. Nos habían dicho que vivía sola a las afueras de la ciudad, en una vieja granja.
Cuando llegamos, la casa parecía mucho más vieja de lo que había imaginado. Era pintoresca y acogedora, y la madera tenía ese aspecto envejecido que está tan de moda en la vida campestre de los Hamptons. Aun así, me habría venido bien un casco para entrar.
Wilkinson aparcó el Yellow Jacket frente a la casa.
Aparte de unas gallinas picoteando por ahí, no parecía haber otras señales de vida: ningún ruido proveniente de la casa ni de sus alrededores.
Claire vivía apartada de la carretera, al final de un camino de tierra de unos cuatrocientos metros. No tenía vecinos.
La puerta mosquitera traqueteó cuando llamé. Wilkinson intentó asomarse por una de las ventanas. Fue entonces cuando oímos una voz a nuestra espalda.
—¿Puedo ayudarlos?
Nos dimos la vuelta. Ante nosotros había una mujer mayor vestida con vaqueros y camisa de franela roja. Llevaba un sombrero de ala ancha y un pañuelo azul y blanco atado al cuello. Pero lo que realmente captó mi atención fue la escopeta del calibre 12 que sostenía en las manos.
—Tranquila, señora —dijo Wilkinson.
—¿Claire Bass? —pregunté.
—Sí, soy yo —respondió con calma, sin vacilar. Tenía los ojos entrecerrados y el dedo en el gatillo.
—Somos agentes del FBI. No tiene nada que temer. Solo queremos hacerle unas preguntas.
Se mantuvo en silencio, concentrada.
—Vamos a sacar las identificaciones de las chaquetas, ¿de acuerdo? —dije.
No nos quitó ojo. El brazo le temblaba un poco. O la escopeta empezaba a pesarle, o era algún tic incontrolable. No quería averiguarlo. Se acercó unos pasos y se inclinó para examinar nuestras identificaciones.
Satisfecha, bajó la escopeta.
—Lo siento, pero vivo sola y soy vieja. Tengo que andarme con cuidado.
—Lo entendemos —dije—. Nos pilló desprevenidos.
Claire soltó una risita.
—Es una habilidad muy útil.
Se limpió los zapatos en un felpudo gastado antes de entrar en la casa.
—Pónganse cómodos mientras preparo café.
Era imposible ignorar la decoración. El interior de la casa de Claire estaba abarrotado, aunque con orden, de pequeñas figuritas Hummel. Donde había hueco, un niño o una niña llevaba un cubo de agua, rezaba o recogía flores.
Quince minutos después, Claire volvió a la sala arrastrando los pies, con tres tazas que dejó sobre la mesa de centro. Aparentaba sesenta y tantos años y se la veía ágil, aunque no se mantenía del todo erguida.
—¿Alguno de ustedes toma leche o azúcar con el café? —preguntó, deteniéndose frente a su mecedora.
Ambos negamos con la cabeza y la observamos sentarse y empezar a mecerse despacio.
—Claire, soy la agente Abby Kane, y este es el agente Trey Wilkinson. Estamos investigando una serie de asesinatos que han tenido lugar en Detroit...
—Yo no fui —respondió de inmediato.
Le lancé una mirada rápida a Wilkinson antes de hablar.
—Lo sabemos. Estamos aquí para hablar de su hermano, Eddie Bass.
—Está muerto. Así que él tampoco fue.
Sonreí.
—Eso también lo sabemos. Tenemos entendido que su hermano era un firme defensor de GM mientras trabajaba allí.
—Lo llamaban El Motor. Le encantaba trabajar para esa empresa. Poder ganarse la vida y mantener a su familia lo llenaba de orgullo. Terrible lo que le hicieron.
—Se refiere a la empresa, ¿verdad?
—¿De quién más iba a hablar, querida? No solo él, toda la ciudad quedó destrozada.
—¿Fue entonces cuando se mudó aquí, con su hija? —pregunté.
—Sí. Su esposa, Christine, ya había fallecido. No tenía sentido quedarse en aquel pueblo. Le afectó muchísimo. Empezó a beber... Me preocupaba mucho.
—Entonces se mudó aquí, ¿a Ohio?
—Al final conseguí convencer a ese cabezota.
Claire se quedó absorta en sus pensamientos antes de continuar.
—Solo llevaba aquí poco más de un año cuando falleció.
Claire siguió meciéndose y dando sorbos.
—Claire, ¿alguna vez Eddie le habló de los Redline Rogues?
Se tomó un momento antes de responder.
—No que yo recuerde. ¿Qué es eso?
—Un grupo de ejecutivos de GM. Corre el rumor de que fueron los responsables de cerrar la planta de Flint.
Pensé que era mejor no mencionar sus nombres ni que tres de ellos estaban muertos.
—Ah, habla de los Buenos Chicos —dijo—. Así los llamaba Eddie. El caso es que se los encontró una noche tarde en la planta; había olvidado algo en su taquilla. Fue entonces cuando oyó a un grupo de personas cuchicheando.
—¿Los conocía? —pregunté.
Claire negó con la cabeza.
—No, pero se acercó sin hacer ruido y los escuchó. Dijo que solo pilló retazos. Tenía mal oído —hizo un gesto—, pero juró que estaban hablando de cerrar la planta. Eddie fue quien corrió la voz antes de que la empresa dijera nada. Todos pensaron que eran disparates hasta que ocurrió.
La historia de Claire respaldaba lo que Hardin nos había contado antes. Las piezas empezaban a encajar. Empecé a creerme nuestra propia versión: alguien quería vengarse por lo que habían hecho los RR.
—¿Eddie mencionó cómo eran?
—Desde donde estaba escondido, dijo que no podía verlos bien. Pero estaba seguro de que había hombres y mujeres. Que yo sepa, nunca le contó a nadie de dónde había sacado la información sobre el cierre de la planta. Si quieres mi opinión, algo lo tenía asustado.
Miré alrededor, pero no vi fotos de él ni de su hija.
—¿Y la hija de Eddie? ¿Cree que se lo mencionó?
—¿Te refieres a Lisa? —Claire se encogió de hombros y dio otro sorbo a su café.
Wilkinson anotó el nombre en su libreta.
—Disculpe, no teníamos su nombre. ¿Sabe dónde podemos encontrarla? —preguntó él.
—No sé dónde está. Nunca nos llevamos bien. Se fue de casa a los diecisiete.
—¿Tiene una dirección o un número de teléfono?
Claire apuró el café. Se levantó y recogió nuestras tazas de camino a la cocina. Miré a Wilkinson.
—Parece que la charla ha terminado.
—Ni dirección ni número. Podría estar en cualquier parte —dijo él.
Intenté mantenerme optimista.
Claire volvió de la cocina con un paño en la mano. Wilkinson y yo nos levantamos.
—¿Tiene alguna idea de cómo podemos contactar con Lisa?
—¿Creen que ella mató a esas personas?
—No, en absoluto —dije—. Solo estamos intentando reunir toda la información posible.
—Era una chica callada. Amable con casi todo el mundo. Pero a mí no me engañaba. Esa chica tenía una vena cruel que asomaba de vez en cuando.
—¿De qué manera?
—Cualquier tontería la hacía estallar. Una vez le ordené el armario. No volví a hacerlo nunca más . —Claire se agachó y le pasó el paño a la mesa de café. Luego se acercó a un escritorio y anotó algo.
—Podrían probar en Flint. Es de allí —dijo mientras abría la puerta principal. Me pasó un papel con un nombre y una dirección cuando salíamos de la casa.