CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
A la mañana siguiente, llegamos a Coney Island a las nueve en punto, justo como Hardin había indicado. Lo localicé en un reservado al fondo del restaurante, mordiéndose las uñas. Parecía asustado y con cara de haber dormido poco.
Me deslicé en el asiento frente a él. Wilkinson giró una silla y se sentó en la entrada del reservado.
—¿Les traigo algo? —preguntó una camarera.
—Café para mí. Agua caliente para ella, por favor —respondió Wilkinson.
Saqué una latita con mi té de hojas sueltas y la dejé sobre la mesa.
Hardin llevaba varios días sin afeitarse y olía a que le hacía falta una ducha.
—¿Qué está pasando? Antes dijiste que alguien te estaba siguiendo.
—No tengo mucho tiempo. En los ochenta, había un grupo de ejecutivos jóvenes en GM, tipos prometedores con mucho futuro. Según tengo entendido, formaron un pacto en secreto y llegaron a ser muy influyentes en la empresa. Corrían rumores sobre ellos, pero nadie sabía quiénes eran.
—¿Un pacto secreto?
—Sí, se hacían llamar los Redline Rogues, o RR.
—Elliot, no entiendo —dije, negando con la cabeza—. ¿Qué tiene que ver esto con nuestra investigación?
—Los cierres de plantas en Flint fueron cosa de los RR.
La camarera volvió y dejó dos tazas en la mesa. Apenas le prestamos atención. —Sí, ¿y...?
Hardin juntó las manos. —Cerrar plantas no es popular. No es lo primero que se le ocurre a una empresa cuando necesita ahorrar.
—Pero eso forma parte del negocio, ¿no? —Seguía sin ver adónde quería llegar Hardin.
—Sí. Pero los RR defendieron el proyecto. Presionaron para que se llevara a cabo. Convencieron a los jefes de GM de entonces de que era lo mejor para la empresa.
Me eché hacia atrás, intrigada. —¿Cómo?
Hardin se encogió de hombros. —Eso no lo sé, pero imagínate cómo cabrearía esto a alguien.
Miré a Wilkinson, pero no logré descifrar si se tragaba la historia. —¿Qué pasó con los RR? —pregunté.
—Supuestamente hicieron grandes carreras. Todo era por interés personal. No me extrañaría que otros de fuera del grupo también se beneficiaran.
—¿Cuántos eran en ese grupo de RR?
—Eran seis. —Hardin echó otro vistazo rápido al restaurante—. Tengo que irme.
—Espera. ¿Alguno de ellos era una de nuestras víctimas?
—Se me acabó el tiempo. —Hardin se levantó. Sacó un papel del bolsillo de la camisa y lo dejó sobre la mesa—. Te mando un mensaje con los demás cuando los tenga —dijo mientras se dirigía hacia la puerta.
Cogí el papel.
Wilkinson observó el papel mientras bebía el café. —¿Qué dice?
—Hay cuatro nombres. Tres son nuestras víctimas. El otro es Archie Becker.
—¿Le crees? —preguntó.
—Ahora mismo, no sé qué creer. Este caso es cada vez más extraño.
Llamé a Solis y Madero y los puse al día. Quería que localizaran a Archie Becker para interrogarlo y ponerlo a salvo. Por lo que sabíamos, el asesino podría tenerlo en el punto de mira en ese mismo momento.