CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
Un día entero revisando expedientes convertiría el cerebro de cualquiera en materia muerta.
Wilkinson y yo necesitábamos un descanso: filetes y un par de botellas de buen vino.
White nos recomendó el London Chop House, una leyenda de Detroit, a solo unas manzanas de la comisaría.
No nos entretuvimos con la carta de vinos y pedimos una botella de tinto.
—Por el FBI —dijo Wilkinson alzando su copa.
Choqué mi copa contra la suya y sonreí. Ya íbamos por la segunda. El vino estaba lleno de sabor, intenso y delicioso, perfecto para los chuletones madurados que acabábamos de pedir. Me quité un tacón y le di un golpecito juguetón a Wilkinson con el pie.
—Alguien ha bajado la guardia y ha decidido relajarse —dijo, sonriendo.
—Quizá ya sea hora de que me relaje, Wilky.
No estaba segura de lo que estaba haciendo ni adónde llevaba aquello. Solo sabía que nos llevábamos muy bien.
Se inclinó y tocó su copa contra la mía.
—Brindo por eso.
Me quité el otro zapato y pensé en voz alta:
—Me vendría muy bien un masaje de pies...
Wilkinson se rio.
—Si te terminas toda la cena, veremos lo del masaje.
El contacto visual constante de Wilkinson me hacía soltar risitas y sentir una ligereza en el pecho. De repente deseé que no estuviéramos sentados uno frente al otro.
—¿Cómo lleva tu familia que estés fuera? —preguntó.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono empezó a vibrar. Eché un vistazo y sonreí.
—Hablando de la familia.
Lucy me había enviado un mensaje preguntando si podía quedarse despierta hasta tarde. Le contesté que se fuera a dormir y que hablaría con ella mañana.
Miré de nuevo a Wilkinson, que no había dejado de sonreír.
—Es la pequeña, Lucy. Desde que le enseñé a enviar mensajes, no ha parado.
—Debe de ser duro estar lejos de ellos.
—Lo es. Este es el primer año de Lucy en una escuela estadounidense, en preescolar. Cada día es una aventura para ella. Es genial escucharla hablar de lo que ha aprendido.
—¿Y el mayor? ¿Está llevando bien el cambio?
Asentí mientras llevaba la copa de vino a los labios y daba un sorbo.
—Se ha adaptado rápido. Está en tercero de primaria, así que el colegio no es gran cosa. Le encanta la ciudad y tiene algunos amigos en el barrio. No tengo de qué preocuparme con él.
—Me alegro de oír eso.
—Po Po, por otro lado —incliné la cabeza de un lado a otro—, es otra historia. Aunque sé que tiene buenas intenciones.
—¿Y Hong Kong?
—Hong Kong, no lo echo de menos. No hay nada allí para mí.
—¿Y tus padres?
—Se mudaron al norte, a Harbin, hace años, cuando mi padre se jubiló. Pensó que sería genial dirigir el gran festival de hielo que organiza la ciudad cada año.
Wilkinson nos rellenó las copas.
—¿Alguna vez has pensado en dedicarte a otra cosa?
«¿Qué, como casarme contigo y mudarnos al sur de Francia a retozar desnudos por el campo?»
—Constantemente —me reí mientras alzaba la copa—. Brindo por averiguarlo algún día.
Apenas había dado un sorbo cuando mi teléfono sonó de nuevo. Esta vez era una llamada.
—Agente Kane.
—Agente. Soy Elliot Hardin.
Le dije el nombre del columnista a Wilkinson moviendo los labios sin emitir sonido.
—Sr. Hardin. No reconocí el número.
—Le llamo desde uno de esos teléfonos desechables. Tengo motivos para creer que me están vigilando.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—Digamos que hurgar ha alborotado el avispero. Creo que alguien entró en mi casa el otro día, y un coche extraño estuvo aparcado frente a la casa toda la noche.
—¿Lo ha denunciado?
—No se preocupe por mí, agente. Escuche, no tengo mucho tiempo. Tengo información para usted.
—¿De qué se trata?
—Por teléfono no. Mañana. Véame en el restaurante Coney Island, en la Catorce con Maple. A las nueve en punto. No llegue tarde.
Antes de que pudiera decir nada, Hardin colgó.
—¿De qué iba eso? —preguntó Wilkinson.
—No estoy segura, pero mañana lo averiguaremos.
Nuestros filetes llegaron poco después. Intentamos salvar la velada, pero la llamada nos había devuelto la cabeza al modo trabajo. Habíamos tenido un buen fuego encendido, y Hardin había venido a mearse en él.