Corktown (Thriller del FBI de Abby Kane 1) CAPÍTULO TREINTA Y UNO
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CAPÍTULO TREINTA Y UNO

El pequeño bar situado en la parte trasera del centro comercial estaba a punto de cerrar cuando la puerta principal se abrió de golpe y salió un bullicioso Rick Tanner.

El ingeniero jefe de GM amaba algo más que los coches: las mujeres.

Con su esposa fuera de la ciudad, visitando a su hermana y al recién nacido de esta, Rick se dio el gusto.

Colgada de su brazo iba una morena risueña, con un vestido negro corto y tacones a juego. Ella le hacía arrumacos mientras él la manoseaba sin disimulo. Cuando el gato no está, los ratones bailan , pensó.

Rochester Hills quedaba a dos localidades de Birmingham, lejos de su barrio. Eso le facilitaba llevarse a una chica del bar a casa sin preocuparse de que alguien lo viera.

Esa noche alguien sí lo vigilaba.

Preston Carter observaba a la pareja desde su vehículo. Los toqueteos juguetones, los besos fugaces… Ella estaba haciendo un trabajo excelente con Rick el Capullo. Preston no había podido evitar ponerle un apodo; al fin y al cabo, el tipo estaba manoseando a su esposa.

Los dos cruzaron el aparcamiento, subieron a un Cadillac Escalade negro y se marcharon.

Preston arrancó y siguió al todoterreno.

No tenía prisa ni se molestó en mantener el ritmo.

Sabía exactamente adónde iban. Para cuando aparcó frente a la casa de Rick, los dos ya habían bajado del Escalade y entrado.

Preston esperó inadvertido en el vehículo, aparcado bajo un gran arce, tamborileando con paciencia sobre el volante de cuero mientras tarareaba. No dejaba de mirar el móvil como una adolescente. Pasó casi una hora hasta que el teléfono emitió un pitido.

—Estoy lista para ti —decía el mensaje.

Preston bajó del vehículo y cruzó la calle a paso rápido.

Un hormigueo le recorrió la piel a medida que se acercaba a la casa.

En cuestión de segundos estaba en el porche.

Entró en silencio y cerró la puerta con cuidado tras de sí.

Oía gemidos —la voz de un hombre— procedentes del piso de arriba.

La moqueta de las escaleras amortiguaba sus pasos mientras subía.

Con cada peldaño, el pecho se le tensaba más, amplificando los latidos de su corazón.

Adoraba los prolegómenos; eran casi tan emocionantes como el acto en sí.

Avanzó por el pasillo oscuro hacia el dormitorio principal.

La puerta estaba entornada y una franja de luz se filtraba hacia el pasillo.

La empujó para abrirla; junto a los pies de la cama estaba su hermosa esposa, desnuda salvo por los tacones y unos guantes de látex.

Ella se agachó a recoger el vestido del suelo.

—No —dijo Preston—. Quédate como estás. Me encanta.

Katherine le dedicó una sonrisa diabólica a su marido mientras lo amenazaba con el dedo en un gesto juguetón. Preston la besó mientras le rodeaba la cintura por detrás, le agarró una nalga con cada mano y apretó.

—Te deseo —susurró.

—Podrás tenerme cuando terminemos aquí —respondió ella.

Preston besó a su esposa una vez más antes de mirar hacia la cama, donde Rick el Capullo yacía inconsciente, desnudo y atado.

—No parece muy excitado.

Katherine miró los genitales de Rick.

—Mmm, antes daba señales de vida. Supongo que arrancarle el cuero cabelludo le cortó el rollo —se rio.

La coronilla de Rick era un amasijo calvo y ensangrentado.

No bastaba para matarlo, pero debía de ser tremendamente doloroso.

Preston metió la mano en la chaqueta y sacó su propio par de guantes de látex y un bisturí nuevo.

Se los calzó de un tirón y retiró el capuchón de seguridad de la pequeña pero letal hoja.

Un rato antes, Rick Tanner no tenía ni idea de lo mal que se iban a poner las cosas cuando se llevó a casa a la mujer del bar.

Incluso cuando ella lo desnudó y lo ató, él se lo estaba pasando en grande.

Ella se había puesto en cuclillas sobre su cara y lo había provocado, manteniéndose justo fuera del alcance de su lengua.

Él había estado tan embelesado con las vistas que no se había dado cuenta de que la sonrisa de ella había desaparecido.

Solo gimoteó y le suplicó que volviera cuando ella se apartó.

Ella había sacado un par de guantes de látex beige del bolso y luego una mordaza de bola que le había colocado con suavidad.

Al mismo tiempo, le agarró la erección con delicadeza.

A él no le hacía gracia la mordaza, pero ¿cómo iba a resistirse?

Ella le tenía la polla en la mano. Siguió el juego: nada de qué preocuparse.

Diversión inofensiva. Si hacía nada tenía las mejores vistas de la casa.

¿Qué amenaza podía suponer aquella mujer? Estaban jugando a un juego, ¿no?

Nada podría haberlo preparado para lo que vino después.

Ella levantó la mano y dejó ver una pequeña hoja quirúrgica.

Los ojos de Rick se abrieron de par en par; la sonrisa de Katherine, también.

Ella saltó sobre la cama y se dejó caer sobre su pecho, expulsándole el aire de los pulmones.

Aunque él luchaba por recuperar el aliento, no perdió de vista la amenaza que ella sostenía.

Ella se restregó contra su pecho, arriba y abajo, gimiendo.

¿Qué demonios está pasando? , pensó. Antes de que se diera cuenta, ella le había colocado la hoja contra un lado de la cabeza.

Katherine bajó la mirada hacia Rick y se dio cuenta de que en realidad no necesitaba la mordaza.

Rick Tanner era de los que lloran, no de los que gritan.

Acto seguido, empezó a cortar la carne. No tardó mucho en sostener el cuero cabelludo de él frente a su cara para que lo contemplara.

Él gritó, y ella se rio. Le susurró al oído:

—¿Todavía te pongo?

—¡Despierta! —gritó Preston, y le dio una bofetada al hombre inconsciente.

Rick abrió los ojos y parpadeó repetidamente hasta que logró enfocar al hombre sentado en el borde del colchón. Al ver otra hoja, se le saltaron las lágrimas, acompañadas de gemidos ahogados. Cuanto más lloraba, más sangraba. Buabuá.

Preston se deslizó hacia los pies de la cama.

Agarró la cara interna del muslo de Rick y le seccionó la arteria femoral.

El chorro instantáneo de rojo espeso le salpicó la cara de puntitos.

Hizo lo mismo con la otra pierna. Rick gritó sin control al ver el mini géiser de vida que brotaba de ambas piernas.

Preston agarró a Rick por la cara, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos.

Se inclinó hacia él sin apartar la mirada ni un instante.

Levantó el bisturí y lo sostuvo a un lado.

Los ojos de Rick se desviaron hacia la hoja, pero Preston le dio un tirón de la cabeza para recuperar su atención.

Quería ver el terror en los ojos de Rick cuando le rajara el cuello al capullo.