CAPÍTULO TREINTA
Todo el mundo conocía a Stevie Roscoe. Nacido y criado en Detroit, creció en las mismas viviendas sociales de Brush Park que Diana Ross y Smokey Robinson.
Quizá no tuviera una voz de oro, pero Stevie poseía algo igual de poderoso: un pico de oro.
Era capaz de convencer a cualquiera, incluso a alguien que acabara de conocer, de que hiciera algo por él.
Se decía que Stevie podía convencer al arzobispo de Detroit de desviar donaciones y entregárselas si se lo proponía.
Y lo había hecho.
Era encantador. Ese era su talento: la capacidad de hacer que quienes lo rodeaban cumplieran su voluntad, y nunca para nada bueno. Decir que era moralmente corrupto ni siquiera empezaba a describir lo negra que tenía el alma.
Stevie entraba en el vestíbulo del Edificio Ciudad-Condado un poco antes de las ocho cada mañana y sonreía a cada persona con la que se cruzaba. Siempre añadía un «¿Qué tal?» o un «Tienes buen aspecto». La respuesta le traía sin cuidado.
Luego entraba en el ascensor y subía hasta el undécimo piso en solitario, como prefería. Siempre saludaba a la asistente administrativa, Louisa Sweeney, con un gesto del dedo y una sonrisa. Ella nunca le hacía caso, la única a la que se lo permitía.
Tras cerrar la puerta, Stevie tomaba asiento en la misma silla en la que llevaba sentándose los últimos doce años y esperaba con paciencia. Aquel día, su mente se fue por otros derroteros, y Stevie estaba en las nubes cuando una voz atronadora lo arrancó de su ensimismamiento.
—¡Stevie! —gritó el caballero detrás del escritorio. Había colgado el teléfono y lo miraba fijamente—. ¿Qué coño es esa mierda que me cuentan de que esa agente ha intentado hablar con Garrison otra vez?
—Ya está resuelto.
—¿Qué coño quieres decir con «resuelto»? No me vengas ahora con gilipolleces —dijo el hombre, señalándolo con el dedo y arqueando una ceja.
Stevie sonrió.
—Nunca te he fallado, y no pienso empezar ahora. Garrison no será un problema, y eso es todo lo que necesitas saber.
—Me siguen llegando rumores de que está investigando el caso antiguo.
—Eso no te lo voy a negar. Es una zorrita tenaz —dijo Stevie. Se levantó y se acercó al mueble bar—. ¿Whisky escocés?
Su jefe asintió, y Stevie sirvió dos vasos.
—¿Cuánto le falta para atrapar al imitador?
—Por lo que me cuentan, está avanzando. El problema es que también está avanzando en el caso antiguo.
—¿Y el otro agente?
—Ese no me preocupa. La chica es el cerebro del grupo. Subestimamos lo tenaz y persistente que es. Estoy haciendo algunos cambios —dijo Stevie, y le pasó un vaso a su jefe.
—¿Quién la está vigilando?
—Yo, ahora. Llevo un tiempo haciéndolo.
—Bien. Sé que no tengo que decirte lo importante que es que nada salga a la luz. Quiero que te deshagas de todo lo relacionado con el caso antiguo. Tendría que haberse hecho hace años.
—Me encargo yo personalmente —dijo Stevie con una sonrisa de suficiencia, y dio un sorbo a su copa.
El hombre sentado al otro lado del escritorio dejó el vaso y se inclinó hacia delante. Entrecerró los ojos.
—No la cagues, Stevie. Tienes que contener esta mierda, porque si sale a la luz y me salpica, me voy a llevar por delante a todos los hijos de puta implicados. ¿Entendido?
Stevie asintió y se secó las palmas en los pantalones. Hora de apretar las tuercas. A mucha gente no le caía bien Stevie; algunos incluso le temían, y con razón. Como jefe de gabinete, tenía mucho poder. Pero hasta Stevie le temía a alguien: Leon Briggs, alcalde de Detroit.