CAPÍTULO DIECINUEVE
Para cuando aparcamos en el aparcamiento junto a la comisaría, el índice de calor había alcanzado los treinta y seis grados.
La humedad tampoco ayudaba. Fue como salir de un coche con aire acondicionado y entrar directamente en una sauna.
Estuve un rato arreglándome el pelo hasta que reparé en un quiosco en la esquina. —Voy a comprar un periódico.
—¿Un poco de lectura ligera? —preguntó Wilkinson cuando volví.
—Podría decirse —hojeé el Detroit Free Press hasta encontrar la sección de automóviles—. Este es con quien tenemos que hablar.
Wilkinson miró hacia donde señalaba. —¿Un columnista de la industria del automóvil?
—¿Quién mejor para saber todo lo que hay que saber sobre la industria del automóvil? Podría ayudarnos a acotar la búsqueda de nuestro hombre o indicarnos algún suceso que merezca la pena investigar.
Nada más abrir las puertas de la comisaría, una ráfaga de viento ártico nos envolvió.
Era refrescante, pero volví a ponerme la chaqueta.
Íbamos hacia la oficina del teniente, y él era la última persona ante la que quería que se me marcaran los pezones.
Sí, soy de esas mujeres. Si sopla el viento, se me nota todo. Tiene sus pros y sus contras.
Wilkinson se detuvo a la puerta de nuestra oficina. —Mira, yo empiezo a localizar a este tipo. Luego quedamos.
—Vale. Nos vemos luego —dije, y seguí adelante.
Llamé con los nudillos a la puerta de White.
—Agente Kane. Pase —me indicó que me sentara—. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Tengo preguntas. Espero que usted tenga respuestas.
—Dispare —dijo reclinándose en la silla.
—Esta mañana he hablado con Michael Garrison...
—Ya lo sé.
—Las noticias corren rápido por aquí.
White se limitó a mirarme inexpresivo. Esperaba que su trabajo no consistiera en darme la razón como a los locos. —Niega haber matado a nadie salvo a un puñado de rehenes en el banco.
—¿No niegan todos los reclusos los cargos en su contra?
—A algunos de los rehenes les dispararon aquel día. Al resto los acuchillaron y los dejaron desangrarse hasta morir. En mi experiencia, los asesinos en serie no cambian su modus operandi por capricho. Quizá con el tiempo, por algún motivo de peso.
—Las dos víctimas que sobrevivieron declararon que vieron a Garrison disparar a esas personas.
—Teniente White, no discuto eso. Creo que Garrison disparó a un puñado de rehenes aquel día. Lo que cuestiono son los demás. Que yo sepa, no tiene conocimientos médicos ni experiencia. Esas incisiones tuvieron que ser precisas y se hicieron deprisa.
—Agente Kane, todos aquí valoramos su experiencia con asesinos en serie. Tiene un historial que la mayoría de los agentes matarían por tener. Pero no entiendo por qué pierde el tiempo con un caso que ya está cerrado.
Empecé a irritarme. White parecía buen tipo y probablemente se limitaba a acatar órdenes. Los polis leales hacen eso: se pliegan y tiran para adelante. No cuestionan.
—Teniente, también me he enterado de que los agentes del FBI que trabajaron en el caso Garrison dejaron de investigar en cuanto la Policía de Detroit lo detuvo. El agente especial Tully me dijo que recibió aviso de su departamento de que el caso estaba controlado y que ya no necesitaban su ayuda.
—Teníamos la situación controlada. Les agradecimos su ayuda. ¿Qué más quiere saber? Si no cerraron bien sus casos, es problema suyo, y debería preguntarles a ellos.
—Es que no cuadra: que Garrison se tomara la molestia de matar a los rehenes de dos formas distintas y que confesara todos los asesinatos anteriores. No he visto ninguna prueba hasta ahora que lo sitúe en ninguna de esas escenas del crimen.
El teniente se removió en el asiento. —Agente Kane, ¿qué quiere de mí? —preguntó. Había ladeado la cabeza. Las arrugas de la frente se le marcaron más—. ¿Qué me está preguntando?
—Le pido la verdad.
—¿La verdad? —su voz bajó notablemente—. ¿No es eso lo que todos queremos? —chasqueó la lengua—. La verdad es lo que creemos. ¿Cree que los problemas que tiene con el caso Garrison le impedirán atrapar al asesino?
—No.
White se inclinó sobre el escritorio y me cogió una mano, sosteniéndomela con suavidad entre las suyas. —Si atrapa al asesino, agente Kane, todo se resolverá solo.
Antes de que pudiera soltarme, le agarré la mano. —Espere. ¿Qué quiere decir con eso?
White tenía los ojos vidriosos y cansados. Si algo estaba pasando aquí, un encubrimiento, White probablemente lo sabía. Tras mirarme fijamente unos segundos, pareció derrumbar el muro que había levantado.
—He trabajado para el Departamento de Policía de Detroit toda mi vida.
Me encanta este trabajo. Creo que marcamos una diferencia en esta ciudad.
Estoy a un año de jubilarme y cobrar la pensión.
Tengo una hija que se casa la primavera que viene y una boda que pagar.
Estoy ayudando a mi hijo y a su mujer a comprar su primera casa.
Puede que esto que está pasando aquí no me guste más que a usted, pero aún necesito mi trabajo.
White se recostó en la silla y soltó un hondo suspiro. Era un viejo derrotado que intentaba llegar a la jubilación.
—¿Puede...? Espere, olvide eso. ¿Me ayudará? —pregunté en voz baja.
—No puedo responder a todas sus preguntas, pero intentaré ayudarla en lo que pueda. Eso sí, tiene que entender la situación en la que me encuentro.
Asentí. Esperaba que él entendiera la situación en la que me encontraba yo .