CAPÍTULO DIECIOCHO
No nos quedamos en la escena del crimen más de lo necesario.
Había visto suficiente para saber que tenía más preguntas que respuestas.
No era la mejor forma de resolver un caso.
Aunque los imitadores no suelen evolucionar, me preocupaba que el nuestro sí lo hubiera hecho.
Ahora teníamos cinco cuerpos y ninguna pista sólida.
Si nuestro imitador era realmente otro psicópata brillante, la cosa no pintaba bien para la ciudad.
Al volver al coche, noté que los mirones seguían plantados en las entradas de sus casas, cuchicheando entre ellos.
Sus susurros lo decían todo. Estaban aterrorizados.
No estaban acostumbrados a que un homicidio apareciera en su patio trasero.
Detroit se había colado en su pequeño rincón seguro del mundo.
La prensa también había llegado. Un enjambre de reporteros nos rodeó a Wilkinson y a mí.
—Detective, ¿qué ha pasado aquí? Hemos oído que ha habido un doble asesinato.
¿Cómo demonios consiguen la información tan rápido?
—Sin comentarios —dijo Wilkinson con tono seco.
La misma mujer insistió.
—Vamos, detectives, dígannos algo.
Sonreí a la multitud antes de corregir a quien había hablado.
—Es agente, no detective.
—¿Agente? ¿Por qué está involucrado el FBI? ¿Hay alguna conexión entre lo que ha sucedido aquí y el asesinato de Marian Ward?
Las preguntas se sucedían sin parar. Me detuve y me volví hacia la reportera.
—Estamos colaborando con la policía de Grosse Pointe en la investigación. Por ahora, no hay pruebas que indiquen una conexión con la muerte de la señora Ward. Eso es todo. Gracias.
Wilkinson se inclinó hacia mí mientras nos alejábamos.
—Sabes que no deberíamos hablar con los medios.
—Es un mal hábito que tengo —dije mientras lo miraba y esperaba una respuesta.
No dijo nada, solo miró al frente y espantó una mosca.
El coche pitó y mi puerta se desbloqueó. Habíamos acabado apodando a nuestro coche de alquiler el Yellow Jacket. Me había reído la primera vez que vi el MINI Cooper amarillo. Ahora pensaba que quedábamos genial en él.
Tras unos momentos de silencio, Wilkinson habló.
—La conexión con la industria del automóvil es nuestra primera pista de verdad —dijo.
—Es algo en lo que hincar el diente.
—¿Crees que importa que las víctimas trabajen en empresas diferentes?
—Qué va. Supongo que los ejecutivos del sector en esta ciudad cambian mucho de empresa.
—Hace unos años, vi un documental sobre la ciudad de Flint.
—¿Ah, sí? —pregunté justo cuando me entró un ataque de bostezos—. Perdona. Y ese documental...
Wilkinson me lanzó una mirada rápida antes de empezar.
—Bueno, era a finales de los setenta. En Flint, todo el mundo trabajaba en las fábricas o vivía de quienes lo hacían.
Entonces GM empezó a cerrar plantas. El efecto fue desastroso.
Prácticamente toda la ciudad echó el cierre.
De repente, todo el mundo se quedó en la calle.
Según el documental, la ciudad nunca se recuperó.
¿Una ciudad entera? Alguien que hubiera vivido aquello podría desarrollar un odio profundo hacia GM, quizá incluso hacia las tres grandes.
Me imaginaba a nuestro hombre como exempleado.
Lo que no acababa de entender era cómo un obrero de fábrica adquiere la destreza para desangrar un cuerpo en segundos.
¿Sería cazador? Me devanaba los sesos en busca de otros ángulos.
De momento, el del trabajador descontento parecía prometedor.
Wilkinson tamborileó en el volante.
—¿En qué piensas?
—Creo que tenemos que sentarnos con el teniente y aclarar qué demonios está pasando aquí. Y también creo que nos vendría bien hablar con la prensa.
—Acabas de hacerlo.
—Esa no es la prensa que tenía en mente.
Wilkinson entró en un parque cerca del lago.
—¿Qué haces? —pregunté.
—He pensado que podíamos pasarnos por donde encontraron al pescador muerto. Esto es Pier Park.
Entramos en el aparcamiento. La mitad del terreno que sobresalía de la costa estaba reservada para amarres. La otra mitad era un pequeño parque.
—Parece que entre semana esto está muerto —dije.
—Por allí —señaló Wilkinson—. Cerca de la esquina del fondo. Encontraron el cuerpo dentro de ese cenador.
—A juzgar por el aspecto de este sitio, diría que nuestro asesino tuvo tiempo de sobra para hacerle tres cortes a su víctima.