CAPÍTULO SIETE
Pasaba con creces de la medianoche cuando salimos de la escena del crimen. Ir desde los suburbios hasta el centro esa noche no nos apetecía nada. Así que encontramos un hotel en la zona y cogimos dos habitaciones.
A la mañana siguiente, salimos del vestíbulo poco antes de las ocho. Fuera ya hacía veintinueve grados. Supuse que en la ciudad haría aún más calor, y la humedad empezaría a ensañarse con mi pelo.
Según el conserje del hotel, la Comisaría Central quedaba todo recto desde Birmingham: unos cuarenta minutos por la avenida Woodward. Wilkinson conducía nuestro coche de alquiler, como siempre.
—Sabes, podríamos haber salido más tarde si no estabas preparada.
—¿De qué hablas? —pregunté mientras me maquillaba—. Estaba lista.
—No lo parece.
—Oh, Wilky, deja de ser tan gruñón. Sé que te gusta verme pintarme los labios —dije sonriendo mientras subía la visera.
—Además, deberías aprender a conducir de una vez —dijo, lanzándome una mirada.
—Pero si se te da de maravilla.
—No me hagas la pelota. Tienes que aprender.
—Sabes, cuando era detective en Hong Kong...
—Otra historia de Hong Kong. Esto promete.
—¿Vas a dejarme terminar o vas a seguir poniendo los ojos en blanco como una adolescente? —dije, mirándolo con una ceja enarcada.
—Vale. Habla.
—Mis compañeros siempre conducían porque, en mi cultura, los hombres conducían —me señalé el pecho—. Yo quería conducir. No me dejaban.
—Te enseñaré a conducir cuando volvamos a San Francisco. Insistiré en que conduzcas a partir de entonces para compensar todas las veces que te discriminaron en Hong Kong.
—Genial. Qué ganas —me crucé de brazos—. Espero que tengas paciencia. Aprendo despacio.
Dicen que cuando discutes con alguien del sexo opuesto, es que te gusta. ¿De verdad nos gustábamos? Quizás. Además, todavía no sabía cómo decirle que había sacado el carné de conducir hacía tres meses. ¿Qué puedo decir? Me gustaba ir de copiloto.
Señalé un McDonald's.
—Para en el autoservicio.
—¿Por qué?
—Porque siempre te pones así cuando no has tomado el café de la mañana.
—¿Así cómo? —se burló Wilkinson.
—Exactamente —dije—. Además, me vendría bien agua caliente para el té.
Siempre llevaba encima una latita de té en hojas: Tieguanyin. Aunque había heredado de mi padre el gusto por el Jameson, mi madre se encargó de que me volviera adicta al elixir verde. Quizás eso explicaba el color de mis ojos.
—Debió de ser duro para ti al principio —dijo después de unos sorbos.
—¿A qué te refieres?
—Ya sabes, cuando entraste en la policía.
—No fue fácil, pero me las arreglé.
—Ya lo creo. Inspectora Jefe a cargo del Crimen Organizado, ¿no?
—Oficina de Crimen Organizado y Tríadas. ¿A qué viene el interés repentino?
—Bueno, no has hablado mucho de eso.
—¿Qué quieres saber? ¿Que cuando conseguí el puesto no hubo ronda de copas ni almuerzo de celebración? ¿Que corría el rumor de que las únicas órdenes que los hombres querían oírme gritar eran «Más fuerte» y «No pares»?
—No, para nada. Eso es terrible.
Me volví hacia Wilkinson.
—Lo siento. Mira, sé que tú no eres como esos hombres. Fue una época agridulce en mi vida.
—¿Siempre fue así?
—No, en realidad mejoró cuando salvé a mi antiguo compañero de que le volaran la cabeza.
—¿Qué pasó?
—Mi departamento tenía en el punto de mira a una pequeña banda de Tríadas en el distrito de Sham Shui Po.
El plan era pillar a todos los miembros posibles en seis ubicaciones distintas antes del amanecer.
A mi antiguo compañero y a mí nos tocó la misma residencia.
Echamos la puerta abajo con un ariete y los pillamos durmiendo.
Fue una redada bastante fácil hasta que vi a un chaval saltar por una ventana con mi compañero pisándole los talones.
—Y tú saltaste detrás de los dos por la ventana.
—Sí. En fin, corrí por un callejón hasta que llegué a una puerta abierta. Dentro, vi a mi compañero con los brazos en alto y una escopeta a centímetros de su cara.
—¿El tipo pilló desprevenido a tu compañero?
—Sí, no me preguntes cómo. Miré los ojos inquietos del pandillero y supe lo que estaba pensando: «Volarle la cabeza a este tío y luego acabar con la chica».
—¿Qué pasó?
Solté una risita y negué con la cabeza.
—¿Qué tiene tanta gracia?
—No sé en qué estaba pensando, pero salté hacia un lado como en esa película, la de Keanu Reeves...
—Espera, ¿te refieres a Matrix ?
—Sí, solo que yo tenía una sola pistola.
Wilkinson se rio y dio unos golpes en el volante con las palmas. —No me jodas. Dime que no hiciste la puta escena de Matrix para salvar a tu compañero.
—Lo hice. ¿Y sabes qué? Funcionó.
Wilkinson negó con la cabeza; todavía tenía una sonrisota. Yo también me estaba riendo. Al oírme contar la historia, sonaba increíblemente estúpida.
—¿Y qué pasó después? —preguntó.
Me tomé un momento para recuperar el aliento.
—Bueno, ese movimiento estúpido pilló al tipo desprevenido.
Se quedó tan flipado que me dio tiempo a adelantarme.
Pude disparar dos veces antes de estrellarme contra el suelo con el hombro.
El primer disparo le destrozó la mano del gatillo. El segundo le dio en plena cara.
—Mentira. ¿En serio?
—Si hubiera fallado, ¿de verdad crees que estaría en este coche sentada a tu lado?
Wilkinson me miró y sonrió. —Joder, eres la hostia.
Los dos nos partimos de risa otra vez.
Vale, sí que nos llevamos bien, pero somos profesionales. Nos respetamos, y ahí se queda la cosa.