Corktown (Thriller del FBI de Abby Kane 1) CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

Esa misma noche.

—Ya estoy en casa.

—¡Paaapiii!

Los dos niños corrieron por el pasillo de baldosas hasta la puerta principal, y el hombre alto los alzó en brazos, uno a cada lado.

—¿Dónde estabas? —preguntó el mayor.

—Papá tenía que ocuparse de unos asuntos. Cosas aburridas, no te interesarían. Pero ya estoy en casa —dijo Preston Carter, mirando el reloj—. Ya deberíais estar en la cama.

Una mujer con gafas de montura metálica entró en el vestíbulo.

Tenía el cabello castaño, que le caía justo por debajo de los hombros, y unos ojos de un azul más oscuro que el de una laguna.

Llevaba vaqueros ajustados y una blusa transparente, y su cuerpo no mostraba señal alguna de haber tenido hijos.

—Querían quedarse despiertos hasta que llegaras.

Katherine Carter besó a su marido mientras él dejaba a los niños en el suelo.

—¡Puaaaj! —se quejaron.

—Venga, Jackson, Lorenzo. ¿Qué acordamos hacer en cuanto llegara papá?

—Lavarnos los dientes y prepararnos para dormir —dijeron al unísono.

El pequeño suplicó:

—Mami, ¿no podemos quedarnos despiertos un poquito más con papá?

Ella miró a su marido. Él decidiría.

—Esto es lo que haremos: vosotros dos vais a lavaros los dientes, y yo iré a leeros un cuento antes de dormir. ¿Os parece bien?

Los dos niños vitorearon y subieron las escaleras a la carrera. Cuando desaparecieron, Katherine se volvió hacia su marido.

—Hemos cenado espaguetis. ¿Te preparo un plato?

Él se dio unas palmaditas en el estómago y negó con la cabeza.

—Suena tentador, pero paré a comer algo de camino a casa. Creo que voy a explotar.

—Bueno, puedes llevártelo mañana para comer.

Preston señaló hacia arriba.

—Voy a refrescarme y a acostar a los niños. Ahora bajo.

Katherine sonrió antes de darse la vuelta y volver a la cocina.

Se habían conocido cuando ella era estudiante de primer año en la Universidad de Oakland.

Enseguida los cafés de la tarde se convirtieron en cenas entre semana, y luego en escapadas de fin de semana.

Salieron durante cinco años hasta que ella se quedó embarazada. Fue entonces cuando decidieron casarse.

Preston subió las escaleras de dos en dos, señal de que seguía en forma a los cuarenta y cinco años, incluso después de un par de perritos calientes con chile. Se detuvo en el baño del pasillo, donde sus hijos estaban lavándose los dientes.

—Daos prisa y elegid un libro. Nos vemos en la habitación de Jackson en unos minutos.

Continuó por el pasillo hasta el dormitorio principal y cerró la puerta tras de sí.

Colgó la chaqueta, se quitó los pantalones y se puso una camiseta limpia y un pantalón de chándal.

En el baño principal, Preston se lavó las manos y se echó agua en la cara.

Se pasó la mano por el espeso cabello rubio, comprobando el largo y buscando alguna cana.

Se detuvo justo antes de salir de la habitación y se dirigió a la cama, de donde sacó una pequeña caja metálica que guardaba debajo de su lado.

Manipuló la cerradura de combinación un momento hasta que se abrió.

Dentro había dos cajas de bisturíes desechables y una caja con guantes de látex.

Sacó dos guantes y eligió un bisturí. Luego abrió el armario y los guardó en el bolsillo interior de la americana. Siempre hay que estar preparado.

Salió del dormitorio.

—¿Qué vamos a leer, chicos?