Corktown (Thriller del FBI de Abby Kane 1) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

—Estoy cachonda —dijo ella.

—Vuelvo de Kalamazoo —dijo él.

—Es domingo por la noche. ¿Por qué no estás en casa? —ronroneó al teléfono, arrastrando la última palabra—. Necesito que te ocupes de mí.

—Estoy a tres horas.

—Date prisa.

Recién divorciada, Marian Ward había empezado a disfrutar de su vida de soltera ahora que sus hijos estaban en la universidad.

Todo mejoró cuando conoció a Paul Poole, un ingeniero de Ford.

Él le había hecho experimentar su primer orgasmo a gritos, además de abrirle los ojos al maravilloso mundo del BDSM.

No se cansaba de los azotes, las pinzas y el estilo de vida lleno de juguetes. Desde el principio, quedó enganchada.

Marian se plantó ante su espejo de cuerpo entero con marco de roble, completamente desnuda, salvo por los colgantes de bisutería que llevaba al cuello y en las muñecas.

Giró sobre sí misma, se inclinó y adoptó otras poses seductoras.

Nada mal para una mujer de cuarenta y seis años.

Sin duda alguna, la morena de metro setenta redefinía el concepto de MILF.

Marian estaba tremendamente orgullosa de su vientre firme y su trasero tonificado.

Sus visitas matutinas al gimnasio mantenían esas zonas a raya y su agenda social llena.

Se había operado el pecho, pero nadie podía culparla: la edad y dos hijos lo hacían inevitable. Además, ahora tenía vida.

Entró en su vestidor y se dirigió hacia la pared del fondo, donde había cuatro cajones a medida.

Fue a por el tercero y lo abrió. Tenía trece centímetros de profundidad y estaba forrado de terciopelo negro.

Dentro, cuidadosamente dispuestos, había todo tipo de juguetes vibradores.

También tenía esposas metálicas y de peluche, látigos, plumas, cadenas, antifaces, mordazas y un surtido de disfraces provocativos.

Marian se sentía especialmente traviesa aquel día y sacó su plug anal favorito, el de cristal de seguridad transparente con una base de colores enjoyada.

Llevando la mano hacia atrás, insertó lentamente el juguete hasta que encajó en su sitio, dejando solo la base brillante a la vista.

Luego se paseó por la habitación, contoneando las caderas de un lado a otro.

A menudo fantaseaba con pasar el día en el trabajo con el juguete puesto, pero todavía no se había atrevido.

La belleza danzante bajó de nuevo a la cocina, donde descorchó una botella de cabernet sauvignon y hojeó el correo del sábado. Como tenía tiempo de sobra, la espera solo aumentaba su deseo. Cogió la botella y una copa y volvió a subir. Un buen baño relajante no le vendría mal.

Marian disfrutó de cada instante en el agua cálida y espumosa. Mientras tanto, fumaba perezosamente un porro, otra cosa que Paul le había descubierto. No tardó en empezar a imaginar escenarios para la noche. Le gustaba Paul y le agradecía que la hubiera ayudado a abrirse sexualmente.

Con los ojos cerrados y la mente flotando, pensó en Paul y en lo bien que conocía su cuerpo. Le encantaba cómo la hacía estremecer cuando le rozaba los labios con un beso. Y más aún cuando su lengua recorría su cuello con pequeños toques.

Aunque estaba completamente sumergida en la bañera, aún podía sentir cómo aumentaba su humedad. Con los ojos cerrados y el cuerpo lánguido, dejó que sus dedos exploraran cada rincón de su cuerpo. Dios, qué bien sienta esto.

Sí, todo era maravilloso en ese momento. Marian estaba en la gloria, disfrutando de cada instante... hasta que cayó en la cuenta de algo. Si tenía ambas manos ocupadas con los pezones, ¿de quién era entonces la mano que tenía entre las piernas?