Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Una semana. Ese era el plazo que Alasdair le dio a Rowan para casarse con Cora cuando llegaron a su casa, y por fin se había cumplido.

Durante los días anteriores, los clanes Chattan, MacBean y MacGillivray se habían dedicado a reconstruir el clan Comyn y el Ross.

Habían elegido al que podría ser un buen laird para ambos clanes y así evitar problemas futuros con ellos.

De la misma forma, Rowan había enviado una misiva a los Gunn y los Urqhart para explicarles qué había sucedido en los años anteriores, indicándoles que todo era culpa de Ruairidh Ross y que este ya estaba muerto.

Habían pedido disculpas por todas las muertes injustas durante ese tiempo y habían solicitado la unión por fin de todos los clanes y la disolución de la guerra de una vez por todas.

Igualmente, Rowan había enviado también una misiva al propio rey para indicarle qué había sucedido con los Ross y el motivo por el que se habían enfrentado, matando a este, al nuevo laird Comyn y a los impostores Adam y Neil MacGillivray.

Le habían indicado que el antiguo laird seguía vivo y que había cedido la jefatura de su clan a su hijo perdido, Alasdair.

Aún no habían recibido noticias de los diferentes clanes o del rey, pero todos confiaban en que las rencillas llegaran a su fin de una vez por todas.

Por su parte, Alasdair había cabalgado sin descanso hacia su clan para presentarse allí a informarles de que los traidores habían sido asesinados y que una nueva etapa llegaba al clan MacGillivray.

Junto a su padre y la propia Cora, habían recorrido aquellas tierras que hacía años que no había vuelto a pisar, y la emoción los dominó a ambos.

Alasdair siempre había creído que jamás volvería a su verdadero hogar, por lo que cuando vio el castillo a lo lejos, no había podido evitar parar a admirarlo.

No había cambiado absolutamente nada y sintió un pinchazo en el pecho al ver que regresaba por todo lo alto, con su verdadera identidad por delante y sin esconderse.

Pero lo mejor de todo era que regresaba junto a su padre y al lado de la mujer que amaba.

Durante un par de días, estuvieron arreglando las cosas e intentando averiguar si sería bien recibido como jefe del clan, pero lo que no esperaba era la acogida que iba a tener.

Como si todo el mundo lo hubiera estado esperando durante años, Alasdair recibió el cariño de todos.

Descubrieron que sus hermanos habían sido unos auténticos tiranos en el clan, llegando incluso a matar a los suyos por placer.

Alasdair le enseñó a Cora lugares que conocía de cuando era pequeño, y la joven se dejó imbuir por él en toda esa maraña de sentimientos.

Lo observó contarle todo y parecía volver a ser un niño.

Incluso tuvo la impresión de que el guerrero era una persona totalmente diferente a la que conocía, pues sonreía a cada instante y había dejado la seriedad tan solo para los momentos en los que se presentaba ante los señores del clan.

Cora descubrió que le gustaba demasiado aquella nueva personalidad de Alasdair. Parecía que el guerrero se había quitado un peso de encima después de la muerte de Ross, y su relación con él había cambiado por completo, llegando a sentirse aún más enamorada frente a esa versión tan encantadora.

Y después de todas las gestiones que habían tenido que llevar a cabo durante esa semana de tregua a Rowan para permitirle casarse con Cora, el día de la boda había llegado.

Los novios se encontraban en la capilla del castillo Chattan después de que todo el mundo se hubiera acercado a darles la enhorabuena.

A pesar de que Cora había echado terriblemente de menos a su hermano Arran, le había sorprendido saber que este le había enviado un ramo de rosas, pero seguía sin poder ir al castillo, ya que los numerosos recuerdos se agolpaban en su mente.

En el momento en el que todos se marcharon de la capilla para ir al salón y dar comienzo a la celebración, Alasdair y Cora se miraron un segundo en silencio.

La joven se había puesto un vestido precioso que guardaba su madre en lo más profundo de su baúl.

Muchas veces le había recordado que le gustaría que se lo pusiera el día de su boda, pero Cora estaba segura de que jamás lo llevaría, ya que no pensaba casarse con nadie.

Sin embargo, lo había buscado para la ocasión y, por la expresión de Alasdair al verla, sabía que le quedaba como un guante y realzaba su belleza.

Se trataba de un vestido de color verde esmeralda, a juego con sus ojos.

Tenía el cuello en forma de barco y ribetes dorados en los bordes.

El cinturón que llevaba atado a la cintura era de color marrón y hacía resaltar la impresionante figura de la joven.

Su pelo rojo estaba suelto y caía por su espalda como una cascada, pero, al contrario que en otras ocasiones, ya que esa era muy especial, llevaba una corona de flores que la propia Gillian le había hecho expresamente para la boda.

Tal y como Alasdair la había visto en sueños, Cora llevaba un ramo de flores en las manos. Las heridas de su cuerpo y su rostro casi habían desaparecido tras esa semana, dejando únicamente una ligera marca que se quitaría con el tiempo. Sin embargo, Alasdair la vio más hermosa que nunca.

La emoción lo dominaba por completo. Jamás en su vida se había sentido tan pleno y feliz.

Tenía el pecho repleto de amor por ella.

La amaba tanto que no podía dejar de mirarla.

Durante años había soñado con ese momento, deseando que pudiera convertirse en realidad, pero la relación que habían tenido hasta entonces casi lo hacía imposible.

No obstante, desde que descubrió que ella también lo amaba sabía que ese amor sería para siempre.

Alasdair tocó su rostro y sonrió ampliamente. Todo a su alrededor se había quedado en silencio, por lo que acercó sus labios a los de la joven y la besó lentamente.

—Olvidas que estamos en la capilla… —le dijo la joven cuando se separó levemente.

Alasdair sonrió aún más y se encogió de hombros.

—Creo que, después de todo lo que el destino nos ha hecho pasar durante estos años, tenemos derecho a besarnos donde nos plazca. Ahora nos debe una vida larga y llena de buenos momentos, pues ya hemos pasado por los malos.

Cora asintió y se aferró al manto que cruzaba su hombro.

Alasdair estaba realmente atractivo ese día.

Desde que se había descubierto su verdadera identidad, llevaba los colores del clan MacGillivray.

Lo hacía con orgullo, pero siempre aceptando su etapa en el clan Chattan.

Por ello, su kilt llevaba los colores MacGillivray, aunque su manto portaba los del clan Chattan.

Su pelo había intentado ser domado durante la mañana, pero Alasdair perdió la paciencia después de media hora intentando peinarlo.

Había recortado su barba y llevaba una camisa nueva que parecía hincharse cada vez que se movía, pues sus músculos llenaban cada espacio de tela.

Sus ojos azules se mostraban pícaros, nada que ver con la seriedad que solía acompañarlo siempre.

Había cambiado por completo y en ellos había un brillo especial que indicaba que, por primera vez en su vida, se sentía pleno y feliz.

Y se lo demostró besándola de nuevo, aunque un carraspeo cerca de ellos los interrumpió. Ambos llevaron la mirada hacia el recién llegado y Cora sonrió ampliamente.

—¡Nic!

Desde la batalla en tierras Ross, la joven no había vuelto a verlo, pues había sido herido en una pierna y había perdido mucha sangre. No obstante, durante esa semana parecía haberse recuperado ligeramente para acudir al final de la ceremonia y así felicitarlos.

Cora se acercó a él y lo abrazó. El rostro del guerrero seguía ligeramente pálido después de todos esos días convaleciente, pero no se habría podido perdonar nunca el hecho de no acudir a la boda, aunque solo fueran unos minutos.

—Me alegro mucho por vuestra unión. Os lo merecéis.

La voz de Nic sonó ligeramente incómoda, pero verdaderamente feliz. Cora se separó de él y le dio un beso en la mejilla.

—Muchísimas gracias por venir. Pensaba que aún no te habías recuperado del todo.

Nic se encogió de hombros y se apoyó en uno de los bancos de la capilla.

—No podía perderme este momento. Estás preciosa…

Cora sonrió en el momento en el que Alasdair carraspeó para llamar la atención sobre él.

A pesar de las diferencias entre ellos por el amor de la joven, el nuevo laird MacGillivray no podía evitar sentirse agradecido al guerrero por haber luchado por ellos.

Y, aunque nadie lo sabía, se había acercado a su casa para ver cómo se encontraba.

Nic se aproximó a él cojeando y le estrechó la mano.

—Enhorabuena, MacGillivray.

Alasdair asintió.

—Gracias. Me alegro de verte mejor.

Nic se encogió de hombros.

—Esto no es nada. Me quedará una bonita cicatriz en el muslo, pero estoy vivo.

—Si alguna vez te cansas de los Chattan, tienes un hueco entre los míos en el clan MacGillivray.

Nic sonrió.

—¿Después de haber golpeado a su laird me quieren entre los suyos? Vaya, sí que es blando su nuevo jefe…

Alasdair sonrió y torció la cabeza.

—Ten cuidado, porque puede ser que su nuevo laird te golpee, aunque sigas convaleciente, porque has abrazado demasiado fuerte a su esposa…

Cora resopló y puso los ojos en blanco.

—¿Vais a empezar de nuevo?

Nic negó con la cabeza y dio un paso atrás.

—Bueno, tal vez no está mal que tu esposo comience vuestro matrimonio con un labio partido…

Cora negó con la cabeza.

—No tenéis remedio…

—Lo que no tengo son muchas fuerzas para seguir aquí en pie. Tengo que irme.

Alasdair le dio una palmada en la espalda.

—¿Necesitas que alguien te acompañe a casa?

—¿Para que después presumas de que soy un hombre débil? Ni hablar…

Nic se despidió de ellos y se alejó cojeando de la capilla, dejándolos solos de nuevo.

En ese instante, Alasdair la miró con una sonrisa y señaló hacia la puerta.

—Creo que nos esperan en el salón para celebrar nuestra boda.