CAPÍTULO 20 #2
Cameron tiró del pelo de Ross para levantarle la cabeza y, en ese instante, todas las miradas de los supervivientes se dirigieron hacia Alasdair.
Durante toda su vida había soñado infinitas veces con ese momento.
Siempre había deseado quitarle la vida a la persona que había provocado que la suya cambiara radicalmente, que estuviera solo, lejos de su familia y que no hubiera podido disfrutar del calor de su gente.
Y ahora que había llegado, casi debía darle las gracias por ello, pues de no ser por él, tal vez jamás habría conocido a Cora ni se habría enamorado de ella.
El guerrero se adelantó, tomado de la mano de su futura esposa, y ambos se situaron frente a Ross, que dejó escapar una risa lacerante.
—Qué pareja más bonita… —escupió sangre.
—Hay algo que quiero que te quede claro ahora que vas a morir, Ross —comenzó diciendo Alasdair—.
Si hubieras escuchado simplemente la profecía y te hubieras quedado parado, tal vez jamás se habría cumplido.
Yo habría vivido tranquilo en mi hogar, junto a mi familia, y Cora no habría sufrido las pérdidas de su familia.
Sin embargo, decidiste que era mejor perder el juicio y llevar a todos a la guerra.
Aquí tienes tu última batalla. Aquí tienes el final de esa visión en la que tú morías.
Aquí tienes nuestra victoria sobre los Ross.
El laird volvió a escupir a los pies de Alasdair y elevó su mirada hacia Cora.
—Hagas lo que hagas, siempre serás la furcia de MacGillivray. Nunca podrás quitarte esa deshonra de encima. Serás la culpable de la caída de mi clan, de los Comyn y los MacGillivray, porque tu querido amante jamás sabrá hacerlo.
Alasdair lo golpeó, provocando que perdiera el aliento. Mientras Ruairidh tosía, Cora miró hacia atrás, concretamente hacia Morag. Esta observaba con atención la escena y totalmente en silencio. Sin embargo, Cora le hizo un gesto para que se acercara a ellos.
—Nosotros no somos los únicos que hemos sufrido por tu maldita culpa, porque tú eres el único culpable de todo, no yo —comenzó diciendo la joven—.
Aquí está la mujer a la que le arrebataste a su familia, pero también su inocencia y su infancia.
Lograste romperla tanto que dejó de ser ella para convertirse en la guerrera que hoy ha luchado aquí.
Ross miró a Morag y sonrió con los dientes llenos de sangre.
—Eras tan dulce, muchacha… —le dijo con saña.
Morag lo pateó en la boca, arrancándole un gemido de dolor. Le partió el labio y varios dientes cayeron de su boca cuando la abrió para dejar salir la sangre que manó de esta.
—No hay suficientes demonios en el averno para recibirte, Ruairidh Ross, pero al menos podrás reunirte con la zorra de tu hija.
El aludido sonrió al cabo de unos segundos y miró a los tres.
—¿Cuál de vosotros tendrá los arrestos para matarme? ¿Tal vez ninguno?
Tanto Alasdair como Cora y Morag se miraron entre ellos, pero fue el primero quien respondió.
—Tranquilo, podemos hacerlo los tres.
Morag rodeó a Cameron y se puso a su lado, entre este y su guerrero, justo a la espalda de Ross. Después, Cora y Alasdair se colocaron a cada lado del laird y los tres lo apuntaron con sus armas.
—Recibe el único castigo que merece la gente como tú, Ruairidh Ross, por todo el daño que nos has hecho.
Y cuando este levantó la mirada a Alasdair para responderle, los tres lo atravesaron con sus espadas.
En ese momento, Cameron y su guerrero lo soltaron y dieron un paso atrás. El laird Ross apenas tuvo un instante en el que poder seguir regando veneno en la tierra, pues sus ojos se cerraron de golpe, cayendo a los pies de todos.
Después, Cameron le estrechó la mano a Alasdair.
—Así que tú eres el heredero que desapareció hace años… La que has liado…
Alasdair acabó sonriendo y señaló tanto a Gaven como a Cameron.
—Vosotros lo hicisteis peor…
Gaven se acercó a Cameron y le dio una palmada en la espalda.
—En eso tiene razón. Debe de ser algo más grave para que alguien logre superarnos.
Su amigo le dedicó una sonrisa, pero rápidamente señaló a Arran con la cabeza.
—Vuestro hermano acudió al clan Sinclair para solicitar asilo y allí nos contó lo que estabais pasando.
—Yo ya me he adelantado a la explicación, amigo —bromeó Gaven.
En ese momento, Cora se acercó al laird MacPherson y miró el cuerno vikingo de cerca.
—¿Cómo es posible que algo tan pequeño provoque ese ruido infernal?
Gaven soltó una carcajada.
—Supongo que parte de mi sangre viene del infierno, muchacha.
La joven lo miró arqueando una ceja.
—Mucha gente os admira.
Gave miró a Cameron y ambos se encogieron de hombros.
—No hemos hecho nada para ganarnos semejante admiración.
La joven sonrió y se alejó de ellos para dejarlos hablar con Rowan, que se había acercado.
Alasdair y ella se hicieron a un lado para evitar respirar la sangre del laird Ross y poder reponerse ligeramente de la batalla. Sin embargo, Cora sentía sobre ella una poderosa y fría mirada acerada.
—No dejaré que vuelva a golpearte —murmuró Alasdair con sus clavados sobre Arran.
Su hermano la miraba con atención desde el lugar donde se había quedado parado. Apenas se había movido más que un par de metros, y fueron para alejarse de ellos y evitar a Sloan cuando este lo miró una vez.
En los ojos de Arran se pudo leer la tristeza que manaba de ellos, pero también el arrepentimiento más profundo que podía habitar en el interior de una persona.
No obstante, era tal la vergüenza que sentía que no quería acercarse a ninguno de ellos, sino comprobar que se encontraban bien después de la batalla.
Cora fue la única que tuvo los arrestos para aproximarse a él, con Alasdair pegado a su espalda y la mirada de Sloan puesta sobre ellos, ya que aún recordaba lo que había sucedido en el castillo antes de que este se marchara.
—Gracias, Arran. Sin vuestra ayuda no habríamos sobrevivido.
El aludido la miró con seriedad y asintió.
—Algo me dijo que tendríais problemas, así que por eso decidí contárselo al laird Sinclair.
La voz de Arran sonó demasiado extraña, diferente, más parecida a la de Sloan, tan seria y profunda, que a la del difunto Kester. Sin lugar a dudas, su corazón no había sanado a pesar del paso de los días, pero Cora lo aceptó.
—Igualmente, gracias.
Arran se encogió de hombros, restándole importancia.
—Estáis juntos…
No fue una pregunta, sino una afirmación de su hermano.
Alasdair asintió y lo miró cuadrando los hombros. Aún recordaba lo que le había hecho a Cora en el entrenamiento y no había podido perdonárselo.
—Sí.
—¿Y tú eres el nuevo laird MacGillivray?
—Sí, al fin vais a poder libraros de mí.
Arran sonrió con tristeza.
—Eso se lo tendrás que decir a los demás. Yo no voy a volver a mi clan.
Cora frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque ya no está Kester.
—Quedan los demás.
—Junto con los recuerdos. Prefiero irme con los Sinclair. Allí viviré lejos de la nostalgia.
Cora intentó no mostrar su decepción.
—Como gustes.
Arran asintió y se alejó de ellos para acercarse a sus nuevos compañeros. La tristeza sí se reflejó entonces en los ojos de Cora, que se giró hacia Alasdair. Este puso las manos en sus hombros y los frotó ligeramente.
—Es su decisión.
—Lo sé.
Alasdair posó una mano bajo su barbilla y le elevó el rostro.
—No podemos pensar en las decisiones de los demás, pero sí en las nuestras. Estamos vivos y eso solo quiere decir una cosa…
—¿Qué? —preguntó la joven.
—Que espero que te cases conmigo en cuanto regresemos a casa…