CAPÍTULO 20
Todo el mundo dirigió su mirada hacia los guerreros que se acercaban a ellos.
Tanto un bando como otro no entendía qué estaba pasando ni sabían si eran aliados o nuevos enemigos, pero el sonido del cuerno vikingo era claro.
Este retumbaba entre los muros del castillo y en el pecho de los guerreros, provocando que más de uno se quedara totalmente pálido.
Antes de poder verles la cara, Alasdair contó un centenar de guerreros que cabalgaba a ellos con seguridad, liderados por un hombre de pelo claro y recogido en trenzas. Este era quien hacía sonar aquel cuerno, y Alasdair lo reconoció enseguida.
—Es Gaven MacPherson.
—¿El laird que se enfrentó al mismísimo rey por amor? —preguntó Cora, estupefacta.
Alasdair asintió y entornó los ojos para ver mejor desde la distancia. Las gotas de lluvia se le metían en los ojos y no podía ver con claridad a aquellos que se acercaban. Y sus cejas se arquearon con estupefacción.
—No solo viene su estandarte, también el Sinclair. Cameron Sinclair cabalga al lado de MacPherson.
En ese momento, Cora sintió que su corazón se paraba de golpe.
Ella también había entornado los ojos para ver mejor y al lado de Gaven y Cameron cabalgaba un rostro que conocía a la perfección y que llegó a pensar que no volvería a ver jamás.
Lo vio más serio que nunca y aferrando las riendas de su caballo con fuerza.
Su ceño estaba fruncido y guardaba una seguridad aplastante que no había visto nunca en él.
—¡Es Arran! —vociferó Cora dirigiendo su mirada a Alasdair—. ¡Arran viene con ellos!
Poco a poco, el rostro de su hermano se fue dibujando de forma más clara a medida que el grupo de guerreros se iba acercando.
—Pero ¿qué hace con los MacPherson y los Sinclair? —preguntó Alasdair, impresionado.
—No tengo ni idea, pero me alegro de que estén aquí.
Cora miró a Alasdair con cierta esperanza dibujada en sus ojos. Hasta entonces, habían creído que iban a morir, y si los recién llegados habían llegado hasta allí tal vez era para ayudarlos en la batalla.
Vieron a Arran adelantarse a los demás y colocarse al lado de Cameron y Gaven. Estos desenvainaron las espadas y miraron a sus hombres por encima del hombro.
—¡Los Chattan necesitan nuestra ayuda! —vociferó Cameron—. ¡Luchad sin descanso!
Un fuerte rugido escapó de los guerreros que iban con ellos, pero Gaven hizo sonar de nuevo el cuerno vikingo, provocando que Caleb Comyn y los guerreros Ross se miraran entre ellos con cierto temor ante la brutalidad de los guerreros MacPherson, conocidos por el entrenamiento vikingo al que este solía someterlos.
Y cuando estos cabalgaron hacia ellos para ayudarlos, pudieron reaccionar y se lanzaron de nuevo contra sus enemigos.
Alasdair empujó a Cora hacia un lugar en el que había menos guerreros con la intención de protegerla.
Hacia ellos corrió el mercenario que había atacado el castillo Chattan, pero Alasdair y Cora lo recibieron con sus espadas.
En cuestión de segundos, el páramo frente al castillo se había convertido en un campo de batalla en el que los colores de los tartanes se entremezclaban y apenas podía verse quién era quién.
Los lamentos entre los guerreros se elevaron, pero esta vez no pertenecían a los Chattan o MacBean, sino a los Comyn o los Ross, al igual que los mercenarios que trabajaban para este último.
El sonido de las espadas provocaba que el de la lluvia apenas se escuchara. El suelo bajo sus pies estaba completamente embarrado, haciendo que el color de la sangre derramada se confundiera con el de la tierra.
Poco a poco, los recién llegados lograron que la diferencia entre los Chattan y los Ross comenzara a disminuir.
Los primeros estaban a punto de vencer en la batalla y, en cuestión de segundos, los guerreros Ross, Comyn y los mercenarios vieron muy reducidas sus filas, quedando únicamente Caleb Comyn y el laird Ross.
La tierra a su alrededor estaba llena de muertos cuando Cora mató al último guerrero que se había lanzado contra ellos.
Tanto su rostro como el de Alasdair se encontraba manchado de sangre fresca de sus enemigos, pero no les importaba su imagen en ese momento, ya que la batalla había dado un giro importante en cuestión de minutos y habían logrado vencer a sus enemigos.
De no ser por la ayuda de los MacPherson y los Sinclair, habrían muerto sin remedio.
Los recién llegados siguieron luchando durante unos minutos más mientras Alasdair agarraba a Cora del brazo y la protegía de quien pudiera querer hacerle daño.
Desde donde se encontraban, se habían quedado sin enemigos, por lo que pudieron darse un ligero respiro mientras observaban cómo caían los últimos combatientes.
—Aún no puedo creer lo que ha pasado —murmuró Cora con el aliento entrecortado y la cara manchada de sangre enemiga.
Alasdair asintió.
—Yo tampoco. Realmente pensaba que íbamos a morir…
La joven lo miró de reojo y le sonrió.
—¿Ves como sí se pueden cambiar las visiones?
—Ahora mismo me importan una mierda las visiones. Solo quiero abrazarte y besarte.
Cora rio y se lanzó a sus brazos. La joven sintió sus labios como si fuera la primera vez que podía degustarlos.
Habían pasado auténtico terror al pensar en que jamás volverían a besarse o abrazarse, por lo que ese primer beso después de la batalla le supo a gloria, a cielo, a algo indescriptible que no podía dejar de sentir.
Lo necesitaba para siempre. Alasdair la estrechó con fuerza entre sus brazos, levantándola del suelo, y profundizó el beso.
La penetró con la lengua mientras no podía evitar que lágrimas de felicidad escaparan de sus ojos.
Jamás pensó que alguna de sus visiones pudiera cambiar y no llevarse a cabo.
Por ello, necesitaba sentir a Cora más que nunca.
A pesar de que la batalla había durado menos de lo que imaginaba, para él parecían haber pasado años.
Pensar en que alguien pudiera hacerle daño y no llegar a salvarla era algo que lo carcomía por dentro.
La dejó en el suelo y se separó ligeramente de ella para mirarla. Tenía el rostro manchado de la sangre de sus enemigos, pero estaba más hermosa que nunca.
—Te amo, Cora.
—Yo también, Alasdair. Gracias por tu protección todos estos años.
El guerrero asintió y la soltó mirando hacia el cielo y agradeciendo que hubieran salido indemnes. Cerca de él, su padre se acercó ligeramente cojeando. Había sido herido en su pierna derecha, pero el resto del cuerpo parecía estar en perfectas condiciones.
Más lejos de ellos, Rowan abrazaba a Gillian, mientras que Sloan regañaba a Morag por haberse interpuesto entre el filo de una espada y él, logrando ganarse un corte en el brazo.
Desde su posición, Cora no podía dejar de sonreír. Habían logrado sobrevivir y habían acabado con sus enemigos. Vio cómo el laird MacPherson agarraba con fuerza a Caleb, el hermano de Gillian, y lo ponía de rodillas frente a Rowan. Rápidamente, Alasdair y ella se acercaron para ver qué ocurría.
—Me parece que tenéis una deuda entre vosotros… —dijo el vikingo clavando su mirada penetrante en Rowan.
Sin embargo, fue este quien señaló a su esposa.
—Es ella quien debe hacerlo.
Gillian miró a Rowan antes de levantar la espada que portaba en su mano. Caleb la observaba arrodillado frente a ella mientras el propio laird MacPherson y uno de sus hombres lo sujetaban con fuerza para que no se moviera.
—Vamos, hermanita. Muéstrame que tienes cojones para hacerlo… ¿O eres tan simple como pensaba?
Gillian lo miró con tristeza.
—Es una pena que te encuentres en esta situación, Caleb. Realmente te quería. Pensaba que nos protegíamos de verdad, no que era puro fingimiento.
Su hermano escupió a sus pies.
—Luego tuviste que casarte con tu propio enemigo.
—Fueron las circunstancias.
—No pareces muy amargada a su lado. Te has convertido en su furcia.
—Ten cuidado con la forma con la que te diriges a mi mujer, Comyn. Puede que pierdas la lengua antes que la vida.
El aludido lo miró y sonrió.
—Ninguno tenéis los suficientes arrestos para acabar con…
La voz de Caleb se entrecortó cuando Gillian clavó la espada en su vientre. La propia Cora desvió su mirada hacia otro lugar mientras Alasdair la apretaba contra sí. Vieron lágrimas en los ojos de Gillian, pero también determinación.
Al instante, Gaven y su guerrero soltaron a Caleb y le estrecharon la mano a Rowan.
—Me ha dado la impresión de que estabais en problemas… —le dijo el vikingo con cierto tono irónico y burlón.
Rowan torció la cabeza.
—La verdad es que debo reconocer que si ahora estamos vivos es gracias a vosotros.
Gaven torció la cabeza y miró hacia Arran, que se había quedado parado ligeramente alejado de ellos, incapaz de acercarse de nuevo a su familia.
—Debéis darle las gracias a tu hermano. Fue él quien llegó al clan Sinclair y nos dijo que estabais en problemas con los Ross. Cameron y yo no lo pensamos y vinimos en cuanto nos organizamos. Yo estaba de visita en su clan cuando Arran llegó, y siempre me apunto a una buena pelea…
Rowan le dio una palmada en el brazo para agradecérselo.
—Pues no te imaginas lo que agradezco que te guste tanto una batalla.
Gaven dejó escapar una risa y señaló hacia la espalda de Rowan.
—Creo que aún tenéis algo más que solucionar.
Todos se giraron hacia el portón del castillo, donde apareció Cameron Sinclair y uno de sus hombres, arrastrando, literalmente, a Ruairidh Ross. Este gritaba intentando liberarse, pero Cameron lo aferraba con fuerza y lo empujó a los pies de Rowan.
—Aún queda una rata que matar —dijo el laird Sinclair.
Rowan asintió, pero dio un paso atrás y miró a Alasdair.
—No hay nada que me gustara más que ser yo quien lo pisoteara para arrancarle la vida, pero creo que hay alguien que ha sufrido más que yo a lo largo de su vida por culpa de este desgraciado.