CAPÍTULO 19 #3
Los Chattan y los MacBean comenzaron a ponerse ligeramente nerviosos.
En ese instante, la mirada de Caleb chocó contra la de Gillian, que se encontraba justo al lado de Rowan.
Esta escuchó maldecir a su esposo, pero no lo miró.
Sus ojos estaban totalmente embebidos por la presencia de su hermano en ese lugar, mostrando su verdadera lealtad. Y eso le dolió terriblemente.
—El muy desgraciado parece orgulloso de su traición… —murmuró Rowan.
Gillian dejó escapar el aire que había contenido en su pecho.
Sintió un pinchazo al pensar en su padre, siendo traicionado por su propio hijo, pero rápidamente se obligó a pensar en James MacGillivray y cómo había gestionado este la traición de Adam y Neil años atrás.
Lo que tampoco imaginaba era que los guerreros de su padre hubieran decidido seguir a Caleb, pero estaba segura de que su hermano los había amenazado con expulsarlos del clan, y allí tenían a todas sus familias.
—Dejádmelo a mí —pidió Gillian con la rabia reflejada en su mirada—. Caleb es mío.
—Es tu hermano, Gillian —murmuró Rowan—. ¿Estás segura de que podrás matarlo si llegas a él?
La joven rompió el contacto visual con Caleb para fijar su mirada en su esposo.
—Él ordenó matar a nuestro padre. Mi deber es vengarlo.
Desde su posición, Alasdair miraba preocupado a un lado y a otro y protegía con su cuerpo a Cora, que observaba con estupefacción la llegada de más enemigos.
—No lo puedo creer —murmuró la joven.
Alasdair renegó. Sus peores miedos se confirmaban y temía que otra de sus visiones se cumpliera: la muerte de ambos. Y, en ese instante, era más cercana que nunca.
—Esto se pone feo, Cora —susurró por encima del ruido que hacían los recién llegados.
El guerrero miró hacia atrás, a Ruairidh Ross, y lo vio sonreír como nunca, con el orgullo de haber ganado una batalla que aún se estaba librando, pues era evidente que tenía todo a su favor para ganar aquella pelea.
—No nos vamos a rendir —le respondió la joven.
Alasdair la miró entonces, preocupado.
—Eso es lo que me preocupa, que nos van a matar por no rendirnos.
La joven frunció el ceño y tragó saliva ruidosamente.
—Si te fijas bien, a tu izquierda hay un pequeño sendero al que podrías dirigirte en cuanto los Comyn se nos echen encima.
Cora lo miró con brusquedad y furia.
—¿Sugieres que huya?
—Sugiero que sobrevivas, Cora. Me temo que esta vez no podré protegerte contra tantos enemigos.
La joven resopló.
—No voy a huir y a dejaros aquí mientras lucháis y morís por mí. Si he de sucumbir hoy, lo haré luchando junto a mi familia y junto al hombre al que amo, Alasdair —dijo con vehemencia—. No me marcharé sin ti porque no podría vivir sabiendo que moriste por mi culpa. Acabaría ahorcándome como Judas.
Alasdair suspiró largamente.
—Solo quiero que tengas una oportunidad, Cora.
—La oportunidad ya la tengo aquí a tu lado, no lejos.
Alasdair la miró fijamente y rechinó los dientes.
—Está bien, pelirroja. Sabes que hoy seremos recibidos con honores en el inferno, ¿no?
Cora le devolvió una sonrisa.
—Y lo celebraremos para toda la eternidad, gatito.
Alasdair acabó sonriendo.
—Si me vuelves a llamar así, seré yo mismo quien te entregue a los Ross.
—Sabes que no es cierto…
El guerrero le guiñó un ojo y volvió su atención a los recién llegados. Caleb Comyn se acercaba lentamente, disfrutando de ese momento de gloria para él que provocó que la seguridad de los Chattan y los MacBean desapareciera de sus rostros.
Con lágrimas en los ojos, Gillian se adelantó al resto de guerreros con la mirada puesta sobre su hermano.
—¡Caleb! ¿Por qué haces esto?
Su hermano levantó una mano para frenar al resto a una veintena de metros de ellos. Los Chattan y los MacBean estaban atrapados en medio de sus enemigos.
—Hola, hermana. Me alegra ver que aún estás viva…
Rowan gruñó entre dientes y se paró al lado de Gillian, haciendo sonreír a Caleb.
—Es una pena que hayas decidido estar del lado equivocado de esta guerra.
—No es el lado equivocado, Caleb, sino el más justo. Has visto sufrir a muchos de los nuestros. Incluso nuestro propio hermano murió hace dos años en esta guerra.
—Yo no tengo la culpa de todas esas muertes. Lo único que me importa es tener el mando del clan, que ahora me pertenece.
—¡Pero tienes las manos manchadas de la sangre de nuestro padre! No hagas esto, por favor. Aún estás a tiempo de redimirte.
Caleb sonrió y negó con la cabeza.
—Lo siento, querida hermana. Los Ross me ayudaron a conseguir la jefatura del clan, así que ahora les tengo que devolver el favor. Lamento que no te hayas quedado en tu nuevo y querido hogar porque habrías sobrevivido. Pero estás en mi camino y no haré excepciones para acabar con vosotros.
—Tus ancestros deben de estar revolviéndose en su tumba al ver el traidor que eres —le espetó Rowan.
Caleb se encogió de hombros.
—No me importa. Tan solo queda viva mi hermana para poder ver mi traición. En cuanto Gillian muera, nadie volverá a llamarme traidor.
Desde la muralla del castillo se escuchó la risa del laird Ross. Todos se giraron hacia él y lo vieron regodearse en el orgullo.
—¡Parece que estáis un poco preocupados, Chattan!
—Eres un maldito hijo de perra, Ross —vociferó Cora fuera de sí al ver que todos iban a morir por su culpa.
Las lágrimas pugnaban por subir a sus ojos, pero ella las obligó a mantenerse a raya. El laird le respondió con una carcajada.
—Me han dicho cosas peores. Pero descuida, me queda la tranquilidad de saber que soy el que logró acabar con dos clanes al mismo tiempo. Mi hazaña será recordada durante años y nadie se atreverá a cruzar mi frontera para atacarme.
—No deberías cantar victoria antes de tiempo, Ross —le advirtió Alasdair.
Este le respondió con una nueva sonrisa.
—Es que no hace falta cantar victoria. Solo hay que ver que vuestro número de guerreros es mucho más reducido que el nuestro…
Después, fingió una expresión de tristeza.
—Es una pena, muchacho, que no hayas tenido tiempo de volver a tu clan para ser laird. Pero, tranquilo, me quedaré con todas tus tierras y aumentaré las mías. Es el mejor negocio que he hecho en mi vida.
Luego, Ruairidh Ross levantó la mirada hacia el hermano de Gillian.
—¡Caleb! Mis hombres estaban esperándote. ¿Estás preparado para matar a toda esta chusma?
El aludido desenvainó su espada.
—Más preparado que nunca.
Alasdair miró a Cora y arrugó el rostro al tiempo que su corazón se preparaba para la muerte.
—Te amo, pelirroja.
La joven le apretó la mano con auténtica devoción.
—Ojalá hubiéramos tenido más tiempo para amarnos…
El guerrero asintió. Y en el momento en el que Ross daba la orden de atacar, un eco ensordecedor rompió el silencio entre todos los guerreros. Todo el mundo se quedó paralizado. Incluso el propio Ross perdió su sonrisa orgullosa y segura.
Todos tenían la sensación de que el suelo se rompía bajo sus pies tras aquel estruendo. Alasdair y Cora se miraron entre ellos sin saber qué estaba pasando. Y ese mismo sonido volvió a escucharse incluso con más fuerza y ferocidad.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó Cora—. Parece un sonido salido de las profundidades del infierno…
Alasdair se encogió de hombros, pero cuando su mirada se dirigió hacia la izquierda, más allá de la mirada de Cora, vio aparecer un estandarte y sus ojos se abrieron desmesuradamente. Y ese sonido volvió a escucharse de nuevo, provocando escalofríos en todos los allí presentes.
—Es un cuerno vikingo.