Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 19 #2
92%

CAPÍTULO 19 #2

—¡Preparados! Los Chattan y los MacBean están deseando morir en el día de hoy. ¡Vamos a concedérselo!

Desde donde se encontraban, Alasdair y Cora escucharon los gritos de júbilo de los guerreros Ross.

La joven se puso ligeramente nerviosa, pero se aferró con fuerza a la mano de Alasdair, que no se separaba de ella.

Todos los Chattan y los MacBean descendieron de sus caballos y se prepararon para luchar.

Dentro del castillo se escuchaban fuertes ruidos, golpes con los que intentaban someter su valentía. A pesar de encontrarse ligeramente separados ahora que no estaban sobre el caballo. Alasdair apretó la mano de Cora para llamar su atención.

—Pase lo que pase hoy aquí quiero que sepas que te amo con toda mi alma desde hace mucho tiempo.

Cora frunció el ceño.

—Eso suena a despedida, Alasdair, y no te consiento que te despidas de mí.

El guerrero sonrió de lado.

— Últimamente tienes la mala costumbre de hablar como si fueras a morir —siguió la joven mientras el portón del castillo se abría para dejar salir a los guerreros Ross—.

¿No te das cuenta de que yo ya he hecho planes contigo para el resto de nuestras vidas?

Así que será mejor que sobrevivas para llevarlos a cabo…

—¿Despedirme de ti? —le respondió el guerrero—.

Ni se me ocurriría. Si el destino se atreviera a arrebatarme de tu vida descubriría que hay una fuerza más terca que la propia muerte: el corazón de un guerrero enamorado.

Así que lucha tú también, pelirroja, porque pienso besarte cuando todo esto termine.

Cora sonrió y se mordió el labio. No tuvo tiempo de responderle, pues los guerreros del clan Ross atravesaron la muralla.

Sin embargo, no eran los únicos. Entre ellos se encontraban también los mercenarios que Cora había visto al llegar al castillo.

El líder de estos era el mismo que había entrado en su hogar para matar a los suyos, y la joven clavó su mirada en él.

No pensaba en buscar a ningún otro guerrero, sino a él.

Y este pareció sentir sobre su cuerpo la mirada de Cora, a la cual observó y sonrió de lado, relamiéndose mientras pensaba en las diferentes formas de acabar con ella.

A su lado, Alasdair fue consciente de esa mirada y gruñó, enseñándole los dientes al mercenario desde la distancia.

—No voy a dejar que se acerque a ti.

Cora lo miró de reojo.

—No se trata de dejarlo a él, sino de dejarme el camino libre para ser yo quien llegue a él…

Alasdair la miró fijamente.

—Dime que no vas a enfrentarte a ese desgraciado. Es un monstruo…

—Es quien mató a mi familia. Me debe su vida. Y me la pienso cobrar…

El guerrero suspiró.

—Está bien. Protegeré tu flanco...

—Gracias.

En ese momento, el propio laird Ross siguió hablando desde la muralla, sin intenciones de bajar de ella para luchar junto a sus hombres.

—Queríais luchar, ¿verdad? Espero que toda vuestra maldita sangre se derrame hoy en esta tierra para que mis árboles crezcan aún más.

—Crecerán con vuestra sangre, gilipollas —murmuró Cora, ganándose una sonrisa de Alasdair.

En cuestión de segundos, todo a su alrededor fue un caos. Los Chattan y los MacBean esperaron a que fueran los Ross quienes dieran el primer paso, y cuando los mercenarios se lanzaron contra ellos, antes que el resto de guerreros, ya estaban preparados para luchar.

Cora aferró su espada con fuerza y dobló ligeramente las rodillas. El momento para el que su padre la había preparado ya había llegado, y solo necesitaba demostrar por qué la había elegido como guerrera.

Varios mercenarios se dirigieron directamente hacia ellos.

Tal y como habían dicho, ellos eran el centro de todas las miradas, aquellos a quienes querían conseguir a toda costa, por lo que sabían que irían directamente a por ellos.

Alasdair fue el primero en cruzar su espada con uno de los mercenarios, mientras que Cora lo hizo segundos después.

El poderoso brazo del hombre contra el que luchaba provocó que la joven tuviera que emplear toda su fuerza en frenar los ataques.

Cora gimió de dolor cuando en uno de ellos, su brazo se vio impulsado hacia atrás en un extraño giro que hizo que todos sus músculos protestaran.

Sin embargo, se recuperó rápidamente y logró patear al mercenario para ganar tiempo.

Y en el momento en el que preparó su espada para luchar de nuevo contra él, del pecho de este salió el filo de una espada.

El rostro de Alasdair surgió de detrás del mercenario cuando cayó a sus pies y la joven refunfuñó.

—Este era mío… —se quejó.

Alasdair le guiñó un ojo.

—De nada, pelirroja.

Cora resopló y se lanzó hacia él con la espada en alto, asustándolo, pero al instante comprendió que justo tras él había un mercenario más que estuvo a punto de atravesarlo con la espada. Se giró con la misma rapidez y, juntos, dieron fin a la vida del guerrero.

—De nada, gatito…

Alasdair sonrió.

—Lo hemos matado entre los dos.

—Mi espada ha llegado antes —replicó la joven.

Alasdair rodó los ojos y, rápidamente, se enzarzaron en una nueva pelea.

A su alrededor, todo era un caos. Los mercenarios luchaban contra los Chattan y los MacBean, provocando algunas bajas entre sus hombres. Luchaban con una brutalidad que lograron separar ligeramente a ambos clanes. Sin embargo, estos se habían preparado para luchar contra ellos.

Morag tenía un profundo corte en su mejilla que no dejaba de sangrar y que había hecho renegar a Sloan al verlo.

Este luchaba con la misma fiereza de los mercenarios, logrando tumbar a varios de ellos con el cuello rajado, y en el momento en el que se lanzó a ayudar a Morag, cercenó la cabeza del que le había hecho ese corte.

— ¿Estás bien? —le preguntó a la joven.

—Esto no es nada, pero espero que tu amor no se acabe si me queda una cicatriz en la mejilla.

Sloan negó con seguridad.

—No te imaginas lo que me excita verte luchar… —le dijo antes de volver a la lucha.

Morag tardó un segundo más, pues esbozó una sonrisa que rápidamente borró para seguir peleando.

Poco a poco, los guerreros del clan Ross comenzaron a luchar contra ellos.

A ellos se unieron los pocos guerreros MacGillivray que habían acudido con Adam y Neil, provocando que el grupo de Chattan y MacBean fuera ligeramente menor.

Desde la muralla, Ruairidh Ross observaba absolutamente todo.

Tenía localizados a aquellos a quienes deseaba matar él mismo, como Alasdair y Cora, pero también a James MacGillivray, a quien miraba con interés e incapaz de creer cómo era posible que no lo hubiera reconocido con el paso del tiempo.

Ross tenía la certeza de que iban a vencer en esa batalla, por lo que comenzó a formar en su mente las frases que debía decirle al rey cuando este pidiera cuentas de lo que había pasado entre ellos para romper el tratado.

Sonrió al ver la sangre en el rostro de la muchacha a la que había tomado prisionera muchos años atrás después de matar a su familia en la frontera.

Morag luchaba con una valentía y una fuerza que llamó su atención y, al contrario de lo que pensaba, comenzó a excitarse al preguntarse si seguiría siendo igual en la cama, como años atrás.

— ¿Qué estará pensando? —preguntó Cora a Alasdair en un momento de calma.

El guerrero miró hacia la muralla, a Ruairidh, y torció el gesto.

—Nada bueno. Esa seguridad no me gusta nada… No parece preocupado por la batalla, como si ya la tuviera ganada.

—¿Por qué crees que es?

—No lo sé, pero no me fío de él.

A pesar de lo que en un principio pensaba Ruairidh, poco a poco, los Chattan y los MacBean comenzaron a tomar cierta ventaja respecto a los demás, sin embargo, la sonrisa del laird Ross no desapareció.

Prácticamente todos los guerreros de su clan habían salido del castillo para luchar. Muchos de ellos estaban heridos, pero seguían en pie, enfrentándose a sus enemigos mientras la tormenta sobre sus cabezas seguía descargando con la misma fiereza con la que luchaban.

El tiempo fue pasando y parecía que la batalla nunca tendría fin. Ambos bandos estaban comenzando a cansarse, pero ninguno iba a pedir ni un momento de piedad o misericordia. Todos seguían con la misma fuerza del principio, y con la necesidad de vencer.

Alasdair y Cora no se separaron ni un solo segundo.

Luchaban codo con codo, como si de una danza se tratara, como si hubieran estado ensayando ese momento durante años.

Y eso los salvó de la muerte en más de una ocasión, ya que todos se lanzaban contra ellos.

Su familia intentaba detener a gran parte de ese contingente de guerreros que querían atraparlos, pero los que llegaban hasta ellos no tenían mucha suerte, pues morían a sus pies.

La sangre ya había comenzado a regar la tierra Ross, tal y como había predicho Ruairidh, pero pertenecía a ambos bandos. No obstante, en un momento dado, gran parte de los mercenarios yacían muertos en el suelo, provocando que la sonrisa del laird Ross menguara ligeramente.

Pero la fortuna dejó de estar del lado de los Chattan y los MacBean cuando, desde el otro lado del bosque, parecieron rugir los árboles.

Los guerreros Ross sonrieron y se apartaron ligeramente, provocando que la batalla quedara en suspenso durante unos segundos.

Y en ese instante, los Chattan comprendieron a qué se debía la seguridad y la sonrisa de Ruairidh.

Todos se giraron hacia el bosque y vieron aparecer a una enorme cantidad de guerreros del clan Comyn, liderados por el hermano de Gillian, Caleb.

La propia esposa de Rowan se quedó estupefacta al verlo y estuvo a punto de perder la espada por la sorpresa.

Su corazón se sobresaltó aún más al ver a su propio hermano cabalgando hacia ella no como aliado, ni como familiar, sino como enemigo sediento de sangre.

Nadie había podido imaginar que Ross había solicitado la ayuda de los Comyn días atrás para luchar contra los Chattan. Y llegaban justo a tiempo para la batalla.