CAPÍTULO 19
En tan solo medio día recorrieron la distancia que habían atravesado durante la noche Alasdair, Cora y James.
Al tener luz en el camino y poder ver por dónde cabalgaban, lograron deshacer la marcha en cuestión de horas.
Sin embargo, el tiempo no los acompañó en ese momento, pues cuando la silueta del castillo Ross se dibujó al final del bosque, se desató una borrasca sobre sus cabezas.
El primero en resoplar fue Sloan, que aún no había logrado superar del todo su miedo a las tormentas. Y ese sentimiento se fue extendiendo poco a poco entre los demás, que preferían luchar sin lluvia en un terreno que desconocían.
Los guerreros de ambos clanes comenzaron a ponerse nerviosos y en guardia. Todos se habían sorprendido de no haberse encontrado a los MacGillivray y los Ross por el camino, así que supusieron que o bien no habían salido aún en busca de Cora y Alasdair o tal vez lo habían hecho por otros caminos.
—La maldita lluvia puede ser una ventaja para ellos, que conocen el terreno —se quejó Jacob MacBean.
Rowan torció la cabeza.
—En eso tienes razón. Pero no podemos escondernos en el bosque hasta esperar a que aparezcan.
—Puede que estén nerviosos al ver que nos hemos escapado — intervino Alasdair—. Pero lo que no esperan es ver que hemos vuelto con vosotros en tan poco tiempo.
—Y seguramente tampoco esperan al clan MacBean —terció Morag con una sonrisa ladina en los labios.
Se notaba a leguas que la joven estaba deseando entrar en batalla para devolverle a Ross parte del daño que le hizo no solo a su familia, sino también a ella y a su maltrecha alma que le había costado años recomponer.
—Nos esperen o no, debemos estar preparados para lo que sea —señaló Rowan mirando a todos, especialmente a su esposa—.
Ya sabemos cómo es Ruairidh Ross y no le gusta el juego limpio.
Estoy seguro de que tiene a muchos mercenarios bajo su mando, además de sus propios hombres.
Y si también hay algunos MacGillivray, debemos tener los ojos muy abiertos.
Rowan miró a los que se habían añadido a ellos, pero realmente no eran guerreros.
—Para los que es su primera batalla, no os separéis de los que sí están acostumbrados a ella. Seguramente, intentarán llevaros hacia un extremo para mataros, así que unid vuestras espaldas a los veteranos.
El guerrero miró a Alasdair y Cora.
—Vosotros sois el objetivo principal de la batalla. Si vosotros caéis, estaremos perdidos. Debéis cuidaros las espaldas el uno al otro y no os separéis de la familia. Nosotros seremos quienes os protegeremos de quien intente acercarse demasiado a vosotros, especialmente a Cora.
La joven frunció el ceño.
—Sé defenderme tan bien como Alasdair, no me nombres solo a mí.
Rowan sonrió de lado.
—Lo sé, hermana, pero Ross lleva toda la vida obsesionado con tu persona. No puede hacerse contigo bajo ningún concepto. Alasdair es su enemigo más reciente y estoy seguro de que lo verá más complicado de matar.
La joven torció el gesto y Alasdair apretó los dedos alrededor de su cintura mientras Rowan seguía dando instrucciones a los demás. En voz baja, y contra su oído, le dijo:
—Eres una de las mejores guerreras que he visto en mi vida. Pero, aunque sepas luchar y sientas seguridad en ti misma, por favor, no te separes de mí, Cora. No podría soportar volver a verte en sus manos.
La joven giró la cabeza y lo observó unos segundos en silencio.
—¿Sabes qué es lo que más me gustaría en este instante, Alasdair?
El guerrero arqueó una ceja al ver que Cora no le había respondido a su petición.
—¿Qué?
—Bajarte del caballo, llevarte a un lugar donde nadie nos vea y quitarte la ropa para hacerte mío.
Si tenemos en cuenta que ahora mismo no podemos hacerlo por motivos obvios, tendrá que ser a nuestro regreso a casa.
Así que sí, me quedaré a tu lado tan solo para sobrevivir a esta mierda y poder darte un beso en cada zona de tu cuerpo que ahora mismo está escondida…
Alasdair se mordió el labio al sonreír y la miró de arriba abajo.
—No me tientes, Cora, porque soy capaz de secuestrarte en mitad de la batalla para llevarte a ese lugar escondido y arrancarte la ropa de cuajo.
—Pues espero que sobrevivas para poder hacerlo. Tienes que cumplir la profecía, ¿no? Dice que tienes que ayudarme a acabar con los Ross. Hagámoslo, gatito.
Alasdair frunció el ceño.
—¿Por qué demonios me llamas así? —preguntó entre dientes al escuchar de nuevo ese apodo con el que Cora lo había llamado en varias ocasiones y cada vez le gustaba menos.
Sus dedos se apretaron contra la cintura de la joven, que sonrió ampliamente ante su contacto.
—Miau —respondió contra sus labios.
Alasdair gruñó por lo bajo y le mostró los dientes.
Después, apartó su mirada y volvió a poner atención en lo que Rowan estaba diciendo, sin embargo, una mirada risueña captó su atención, y era la de su padre.
Este le guiñó un ojo y Alasdair estuvo a punto de sonrojarse como un crío que acaba de salir de entre las faldas de su madre.
Se sintió descubierto en algo y se limitó a sonreír.
Jamás había tenido la presencia de alguien con su sangre tan importante a su lado, por lo que ser descubierto hablando de esas cosas con la mujer a la que amaba le resultaba ligeramente incómodo.
—Desenvainad las espadas —ordenó Rowan— y marchemos a luchar.
Hoy será el día en el que el enemigo aprenda que la tierra tiembla cuando los clanes nos aliamos para luchar codo con codo.
Que le quede claro que, si alguien nos traiciona como ellos, acabarán muertos bajo el filo de nuestras espadas.
Pero quiero que vosotros mismos recordéis algo: debéis sobrevivir para seguir defendiendo con honor nuestras tierras y hacer que nuestros clanes sean temidos por todos para evitar que vuelvan a traicionarnos de esa manera.
Recordad a todos los que murieron en vano durante esta guerra, a aquellos que sucumbieron por la locura de un laird que se dejó llevar por el miedo a una profecía.
Han muerto nuestros padres, hermanos, primos, vecinos…
Haced que alcancen la gloria cuando venguemos sus muertes.
Vamos a vencer y a demostrarles a los Ross que no hay nada más poderoso que el respeto y el amor verdadero por nuestros clanes.
Rowan desenvainó la espada, provocando que los demás también lo hicieran.
—Luchad sin descanso. Luchad hasta el último aliento de vida y, después, nos reuniremos al otro lado.
Los guerreros vitorearon e iniciaron la marcha hacia la muralla del castillo.
A medida que se iban acercando, vieron la cara de sorpresa de los Ross, aunque no parecieron sorprenderse al descubrir que se aproximaban.
Uno de ellos se giró para llamar a Ruairidh, pues este apareció en la muralla en cuestión de segundos, repartiendo órdenes a todos sus hombres.
—¿Qué trae por mi castillo a los Chattan y a los MacBean? —preguntó con voz serena.
Rowan arrugó el rostro y se adelantó ligeramente. Al instante, una flecha se clavó en el suelo, justo al lado del caballo de este.
Al verlo, Cora se sobresaltó y tembló. No deseaba que ningún hermano más muriera a manos de sus enemigos, pues no se lo perdonaría nunca. Y al notar ese sentimiento bajo la palma de su mano, Alasdair intentó calmarla. Su dedo pulgar la acarició lentamente y le susurró al oído:
—Todo saldrá bien.
La joven tragó saliva y lo miró por encima del hombro.
—Dijiste que habías visto que moríamos.
Alasdair clavó su mirada en ella.
—Y tú afirmaste que toda profecía se puede cambiar.
Cora sonrió ligeramente.
—A veces, sigues siendo un poco insufrible.
—No sabes lo que disfruto viendo ese rastro de furia en tus ojos…
Rowan carraspeó y le respondió con firmeza.
—Venimos a cobrarnos las deudas que nos debes, Ross.
El aludido sonrió.
—¿Deudas? Yo no os debo nada.
—Creo que olvidas todas las muertes que han sucedido por tu culpa. Son deudas bastante caras.
—Todas esas personas que han muerto lo han hecho en la batalla.
—¡Mataste a mi madre y mi hermano Kester!
Ross se encogió de hombros.
—No debieron ponerse en mi camino. Solo quería a tu hermana.
Y entonces la mirada del laird Ross se dirigió hacia Cora, que le devolvió una expresión asqueada.
—La que, por cierto, me debe la vida de uno de mis guerreros… Aunque diría que también me debe la vida del laird MacGillivray.
Alasdair frunció el ceño.
—El laird MacGillivray sigue vivo. Esos eran unos impostores.
—El antiguo laird murió y ellos eran sus únicos sucesores… —insistió Ross.
Alasdair sonrió y miró hacia su derecha, donde se encontraba su padre. Este apartó la capa que cubría su rostro y se adelantó unos pasos.
—El antiguo laird MacGillivray sigue vivo gracias a Dios y a las manos de una curandera. Tal vez no reconoces el rostro que me dejaron mis propios hijos, pero soy James MacGillivray y soy yo quien decide que mi sucesor sea mi hijo Alasdair.
La expresión en el rostro de Ruairidh Ross era indescriptible. Por sus ojos pareció pasar la sorpresa, la ira, la frustración, la traición… cualquier sentimiento era válido al darse cuenta de que uno de sus sirvientes había sido el mismísimo laird MacGillivray.
—Sois todos unos desgraciados…
—Al parecer, no eres el único que enviaba a su gente a otros clanes para espiar —sentenció Rowan con una sonrisa.
—Pienso enviar a alguien para avisar al rey de que habéis roto el tratado de paz.
Rowan arqueó una ceja.
—¿Nosotros hemos roto el acuerdo? ¿Quién es el que no ha dejado de atacar durante años? ¿Quién es el que comenzó todo esto? Tenemos la prueba de tu delito con la presencia de los MacGillivray.
Ross miró a Alasdair y James.
—Ellos serán los primeros en caer —sentenció.
—Primero tendrás que atreverte a luchar, Ross —lo retó Alasdair.
Ross esperó unos segundos para responder, hasta que acabó sonriendo de lado, seguro de sí mismo.
—Habéis venido hasta mi castillo para luchar, ¿no? ¿Quién soy yo para negaros eso que tanto anheláis?
Ruairidh miró detrás de él, hacia donde ellos no podían ver.