Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

El sol ya había comenzado a salir por el horizonte cuando por fin cruzaron la frontera con los Chattan y pudieron suspirar tranquilos.

Aunque el peligro no se había marchado por completo, los tres sabían que al estar en tierras aliadas gozaban de una esperanza de vida que no habían tenido durante toda la noche en la que habían cabalgado sin descanso para escapar de los Ross.

Estaban seguros de que ya habrían descubierto que habían huido, por lo que probablemente habían preparado a sus hombres para salir tras ellos.

Alasdair no pudo evitar mirar al cielo mientras su mano libre sujetaba fervientemente a Cora y la estrechaba contra él.

Podía sentir en su pecho la espalda de la joven.

Aún seguía tensa, pero al menos estaba viva.

La pelirroja mantenía una mano sobre la suya, proporcionándole calor, pero también el amor que tanto deseaba y del que aún no había podido disfrutar por culpa de sus enemigos.

Alasdair inspiró con fuerza mientras metía su nariz entre los mechones de pelo de Cora. Durante varios minutos en la celda había llegado a pensar que estaba muerta y la había perdido para siempre, pero el destino quiso darles un descanso para disfrutar el uno del otro.

Una sonrisa surcó los labios de Alasdair.

El labio inferior aún le dolía por los golpes recibidos el día anterior, pero no le importaba.

Había recuperado a las dos personas más importantes de su vida.

Una de ellas era la mujer a la que amaba.

Se había confesado con ella y habían logrado enterrar el hacha de guerra con la esperanza de vivir una vida juntos.

El otro era su padre, a quien creía muerto desde hacía años y que se había internado entre enemigos para prepararle el camino de vuelta a casa.

Los ojos azules de Alasdair se dirigieron hacia su padre.

Este cabalgaba ligeramente adelantado a ellos.

Su espada, ligeramente encorvada, se mantenía firme sobre el caballo.

Incluso parecía haber rejuvenecido varios años ahora que se había alejado de los Ross.

Portaba una pequeña espada, que él mismo había dejado en las alforjas de los caballos, y el guerrero sonrió al recordar que había visto su propia espada y la de Cora entre ellas.

Aún no podía creer cómo había cambiado su vida en cuestión de días.

Y aunque el peligro no había pasado del todo, estaba seguro de que el destino le iba a sonreír a partir de ese momento.

Alasdair bajó ligeramente la cabeza para apoyar la barbilla en el hombro de Cora.

Esta giró levemente la cabeza y le sonrió.

Elevó una mano para meter los dedos entre los mechones de su pelo y lo acarició con ternura.

Hacía tantos años que había soñado con tenerla entre sus brazos, siendo suya y siendo amado por ella, que ahora le parecía un sueño que fuera así.

La estrechó aún más entre sus brazos, disfrutando de su calor, de su cuerpo y de su viveza mientras seguían avanzando.

Aprovechó que su padre no se encontraba mirándolos en ese momento y depositó un suave beso en el hombro de la joven.

Quería abrazarla más, sentirla en toda su plenitud y desnudez, pero aún les quedaba una prueba más para poder vivir su vida.

Cuando Cora lo obligó a mirarla a los ojos, la besó en los labios lentamente. Sus brazos la rodearon aún más y deseó tener al menos unos minutos a solas para hacerla suya.

—¿De verdad quieres ser mi esposa? —le preguntó contra sus labios.

Cora sonrió y asintió.

—Quiero ser tuya para siempre, Alasdair.

—No será fácil. Seré laird en un clan donde me creían desaparecido…

—Quiero ir a donde tú vayas, estar donde tú quieras estar y vivir feliz a tu lado. Me parece tan increíble que a veces pienso que estoy soñando.

Cora se alejó ligeramente de él.

—Espero que no vuelvas a rechazarme ahora que me he hecho ilusiones…

Alasdair rio y la besó fugazmente, mordiéndole el labio inferior.

—Te amo demasiado como para rechazarte de nuevo. Por cierto, creo recordar que me ibas a responder a lo que yo te había confesado mientras estabas inconsciente. ¿O ya no te acuerdas?

Cora fingió no recordarlo, pero cuando los dedos juguetones de Alasdair descendieron por su vientre hasta su entrepierna, se sobresaltó y apartó la mano de un manotazo para evitar que James los viera.

—¿Estás loco? —murmuró—. Tu padre puede vernos…

Alasdair le mordió una mejilla con suavidad.

—Es que te deseo desde hace tantos años que no puedo resistirme, pelirroja. Y menos después de haberte visto luchar contra tres hombres en las mazmorras.

—¿Así que te excita mi manera de luchar?

Alasdair lo meditó.

—Sí, pero también me excita todo lo demás. Toda tú…

Cora sonrió y fijó su mirada en el frente.

—Respondiendo a lo que tú dijiste mientras estaba inconsciente, yo también tengo miedo. Miedo de lo que aún está por llegar con los Ross y que uno de nosotros acabe muerto. Incluso miedo de que finalmente decidas dejarme a un lado…

Los ojos de Cora se llenaron de lágrimas al tiempo que sonreía, pero Alasdair la abrazó más fuerte.

—Cora, si te alejé de mí era para protegerte, pero a pesar de mis esfuerzos, el destino tenía su propio plan.

Así que ya da igual todo eso. Te amo y no pienso volver a alejarte.

Y espero que tú no me dejes tampoco o tendré que secuestrarte y llevarte a mi clan…

Recuerda que seré laird y tendré tanto poder como Rowan…

Cora rio y dejó caer la cabeza contra su hombro. Durante unos segundos, se sintió incapaz de hablar. El nudo en su garganta era demasiado grande y estaba segura de que volvería a llorar si Alasdair le repetía sus bellas palabras.

—¿Sabes, Alasdair? Mientras estaba inconsciente dijiste que era valiente, pero creo que el más valiente de todas las personas que he conocido has sido tú.

Y creo que esa es una de las cosas que me hizo enamorarme de ti.

No sabía el peso que cargabas sobre tus hombros, ni siquiera sabía tu historia, pero había algo en ti que me lo decía.

Podría verlo en cada mirada, en cada gesto y en cada palabra.

Cargabas con el mundo sobre tu espalda y, aun así, seguías levantándote una y otra vez.

Me protegías incluso a pesar de estar destrozado por dentro, fingiendo tener una vida normal cuando llorabas internamente al pensar que tu padre había muerto.

Habías abandonado tu clan, a tu gente y a tu familia para sobrevivir, pero también para protegerme. Y eso solo lo hacen los valientes.

Cora lo miró con lágrimas en los ojos.

—La vida que te había tocado vivir era perfecta para convertirte en un monstruo, como tus hermanos. Y, sin embargo, te transformó en el mejor hombre que he conocido nunca.

Cora apretó la mano de Alasdair que había regresado a su cintura.

—Cuando discutíamos, una parte de mí moría porque no quería hacerlo.

Yo deseaba besarte, pero me alejabas de ti y era frustrante.

¿Y sabes algo? No importa cuánto tiempo estemos juntos, si morimos en la batalla o si tenemos una larga vida.

Tampoco me importa cuántas veces nos separe el destino.

Siempre volvería para encontrarte, para abrazarte, para enamorarme de nuevo de ti.

Volvería una y otra vez para luchar por nosotros, porque nos merecemos una oportunidad.

No solo eres el hombre al que amo; eres el hombre que cambió el rumbo de mi destino, el que dio sentido a mis heridas, a cada batalla interna y a cada victoria.

Mientras me rechazabas, me limitaba a sobrevivir en la vida; pero desde que reconociste que me amabas he podido entender el motivo que me había llevado a seguir luchando y viviendo.

Ese motivo eres tú. Siempre has sido tú.

Alasdair la besó lentamente, relamiendo cada centímetro de sus labios.

Quería tenerla así siempre, entre sus brazos, segura, pero sabía que no era posible, y eso lo molestaba.

La amaba tanto que dolía. Siempre había sido un fruto prohibido para él, pero había caído en la tentación y ahora no podía arrancarla de su alma.

—Cuando me di cuenta de que te amaba, Cora, fui consciente de que eras la mujer que le había dado sentido a mi vida.

Toda mi existencia ha girado alrededor de ti y sería capaz de desafiar al mundo entero y al destino una y otra vez porque prefiero la guerra y la desolación a mi alrededor antes que pasar una vida alejado de ti.

Cora le sonrió y lo besó de nuevo. Algo le decía que era definitivo, que Alasdair no se separaría de ella jamás.

Por eso, se dejó caer contra su pecho y cerró los ojos un instante para relajarse.

El guerrero aprovechó para depositar un suave beso en su cabeza, sin embargo, cuando abrió sus ojos se sobresaltó, gesto que no pasó desapercibido a Cora, que se incorporó y llevó la mano a la empuñadura de la espada.

El propio James también desenvainó la suya, pero fue Alasdair quien entrecerró los ojos para intentar ver mejor al contingente de guerreros que se aproximaba a ellos a gran velocidad.

—¡Es el estandarte de los Chattan y los MacBean! —exclamó.

Cora imitó su gesto y vio con claridad a Rowan capitaneando la marcha. A su lado, Jacob MacBean también cabalgaba sin perder velocidad. Tras ellos, un enorme contingente de guerreros se acercaba a su posición.

James y Alasdair pararon los caballos y esperaron a que llegaran a su posición.

Cora los recibió con una sonrisa y saltó del caballo para acercarse a Rowan, quien la abrazó con fuerza en silencio.

—Como vuelvas a hacer algo así pienso azotarte hasta que el trasero se te quede totalmente desollado… —dijo Sloan acercándose a ella para arrebatársela a Rowan de entre los brazos.

La joven rio y lo abrazó con fuerza, besándole la mejilla una y otra vez, hasta que en su rostro se dibujó una expresión incómoda y de asco.

—No hace falta demostrar tanto cariño —gruñó Sloan colocando su ropa.

—Reconoce que me has echado de menos…

—De hecho, guardaba la esperanza de que Ross se quedara para siempre contigo…

Cora le dio un manotazo en el hombro y corrió a abrazar a Morag.

Mientras tanto, Rowan detuvo su mirada en Alasdair, que se quedó en discreto segundo plano, ligeramente incómodo.

—¿Pensabas que os dejaríamos a vuestra suerte? —le preguntó su amigo.

Alasdair se encogió de hombros.

—Reconoce que no me querías mucho cuando abandoné el castillo.

—Acababa de descubrir que eras el MacGillivray que buscábamos —respondió atrayéndolo hacia él para abrazarlo.

—¿Qué? —preguntó Sloan, estupefacto—. ¿Qué has dicho?

Alasdair se separó de Rowan y lo miró.

—¿No te lo ha contado?

—Dijo que me lo contarías tú… ¿No eres Mackay?

Alasdair negó con la cabeza.

—Es una larga historia que no tengo tiempo de contar, pero yo soy el MacGillivray de la profecía.

Sloan se acercó a él.

—¿Desde cuándo lo sabías?

—Desde que llegué al castillo con seis años.

Los ojos de Sloan se abrieron desmesuradamente, provocando que Alasdair sonriera. Sin embargo, al ver ese gesto le propinó un fuerte puñetazo que Alasdair no esperaba recibir por su parte. El joven se vio impulsado hacia atrás y lanzó un leve gemido de dolor.

—Esto es por ocultarme siempre todo, maldita sea. Creía que éramos como hermanos…

—Muchacho, si yo fuera tú, pensaría dos veces volver a golpear a Alasdair. Ahora ya no está solo…

Sloan y Rowan lo miraron con curiosidad, pero fue el primero el que le respondió:

—¿Y tú quién eres?

El aludido sonrió y le puso una mano a Alasdair en el hombro mientras este se acariciaba la mejilla.

—Tú no debes de ser muy simpático, ¿verdad? —le espetó. Sloan le gruñó—. Soy su padre.

Tanto Sloan como Rowan fruncieron el ceño, sorprendidos.

—¿El padre de Alasdair? ¿James MacGillivray?

—Exacto.

—Pero tú estabas muerto… —intervino Jacob MacBean desmontando de su caballo para acercarse a él, mirándolo como si fuera una aparición.

James sonrió.

—Pues a menos que me haya convertido en fantasma durante la noche, creo que estoy muy vivo.

Le dio una palmada en el hombro con camaradería a pesar de haberlo visto un par de veces en toda su vida.

—Creo que hay mucho que contar, pero no es el momento —dijo Cora—. Los Ross nos estarán siguiendo. Hemos podido escapar gracias a James. De no ser por él, ahora mismo estaríamos ardiendo en el patio del castillo.

Cora se acercó a Alasdair y este, inconscientemente, le colocó una mano en la cintura, provocando que Sloan frunciera el ceño.

—¿Y esa mano tan larga, Mackay? Quiero decir, MacGillivray…

Alasdair sonrió y, en lugar de apartarse, atrajo más a Cora.

—Tu hermana y yo nos vamos a casar cuando todo esto acabe.

—Primero habrá que cederte su mano.

—Se la he dado yo que para eso es mía —replicó Cora con una sonrisa.

Morag dejó escapar una risa, que rápidamente cortó cuando Sloan la miró de reojo. Y entonces decidió intervenir Rowan, que se adelantó a ellos.

— ¿Tenéis la certeza de que os siguen o es solo una suposición?

Alasdair se encogió de hombros.

—Nosotros pudimos escapar por un pasadizo y supongo que hasta esta mañana no se han dado cuenta de que hemos escapado. Tal vez tenemos tiempo de llegar al castillo en lugar de luchar en campo a través. Son sus tierras y se conocen cada recodo. No podemos fallar esta vez.

Rowan asintió.

—Gracias a los MacBean somos muchos guerreros. Vosotros habéis visto a los Ross. ¿Tienen muchos hombres bajo su poder?

James torció la cabeza.

—Puede que con los que tú llevas sea suficiente, pero es cierto que por allí pululan mercenarios y no sabemos si llegarán más.

—Eso sin olvidar los hombres que llevaban mis hermanos… —añadió Alasdair.

Rowan frunció el ceño.

—¿Adam y Neil están en el castillo Ross?

Cora sonrió.

—Estaban… ahora ya no están en ningún lado.

Sloan arqueó una ceja.

—¿Los habéis matado?

Alasdair señaló a Cora con la cabeza.

—Ha sido ella.

Sloan silbó.

—¿En serio?

—Cuando quieras, puedo hacerte lo mismo.

Su hermano resopló.

—No, gracias —respondió con tono falso.

Cora le guiñó un ojo.

—De todas formas, llevaban a varios hombres con ellos —dijo James—. Y claramente son aliados de Ross, así que se habrán quedado allí.

—Podremos con ellos —sentenció Rowan—. Montad sobre vuestros caballos si aún tenéis ganas para regresar al castillo Ross.

—Para eso siempre quedan fuerzas, amigo —le dijo Alasdair.

Todos volvieron a sus caballos y montaron para volver por donde habían venido, rumbo al castillo Ross a declararles la guerra y con la única intención de ganarla.