Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 17 #3
88%

CAPÍTULO 17 #3

—¿Puedes explicarnos ahora cómo sobreviviste?

James asintió.

—Sí, además, tenemos tiempo de sobra hasta que podamos salir del pasadizo…

El padre de Alasdair respiró hondo y carraspeó antes de comenzar.

—Como supongo que te contó el laird Chattan, fui atacado en medio del bosque por una emboscada de tus propios hermanos.

Estos se habían aliado con varios mercenarios y atacaron el grupo que cabalgábamos de vuelta al castillo.

Era algo para lo que estaba preparado, pero siempre pensaba que tal vez esa parte de la profecía no se cumpliría nunca.

Me dejaron malherido y me rajaron la cara.

Sin embargo, uno de mis hombres se había quedado retrasado y logró alcanzar nuestro grupo después de que los mercenarios y tus hermanos se hubieron marchado.

James torció la cara.

—Vio que yo seguía con vida y me llevó a una curandera que conocía en la frontera del clan, no sin antes cortarle la cara a mi segundo al mando para hacerlo pasar por mí.

Incluso le puso el broche de laird. Como la cara estaba desfigurada, nadie se dio cuenta de que no era yo.

La curandera y ese guerrero lograron ocultar mi identidad y pude sobrevivir, aunque me quedaron estas marcas que embellecen mi rostro.

Alasdair sonrió y Cora lo miró brevemente con la misma sonrisa en los labios.

—Sabía que la noticia iba a entristecerte, pero no podía hacerte llegar una misiva en la que te explicara que seguía vivo. Sin embargo, siempre estuve pendiente de todos tus logros, Alasdair. No te puedes ni imaginar lo orgulloso que estoy de ver lo que mi primogénito ha logrado.

Alasdair apartó la mirada, visiblemente emocionado.

—Me habría gustado que todo fuera diferente, padre. Hemos perdido veinte años de nuestra vida…

—¿Perdido? —preguntó James—. Eso no es cierto, hijo. Nada se ha perdido. Yo he estado preparando el terreno para salvaros ahora mientras que tú lo has estado preparando para salvar a la mujer que amas. Todos ganamos.

—¿Y cómo llegaste aquí?

—Decidí que tenía que hacer algo mientras tú cumplías con tu misión, así que me disfracé de mendigo y solicité ayuda al laird Ross. Para mi propia sorpresa, me aceptó como sirviente sin darse cuenta de que era el verdadero laird de los MacGillivray. Y después de eso, tampoco hay mucho que contar…

—Ahora el verdadero laird retomará su puesto.

James sonrió con tristeza y negó con la cabeza.

—No, hijo, yo ya perdí hace años ese puesto y estoy demasiado viejo para volver a él. Es tu turno.

Alasdair resopló, contrariado.

—No estoy preparado para ser laird, padre.

James rio.

—Estás más que preparado. Y sé que esta muchacha te ayudará en todo lo que necesites.

Cora tropezó con sus propios pies por la sorpresa. Se dio de bruces contra la pared de piedra y carraspeó, incómoda. Los miró por encima del hombro e intentó sonreírle a Alasdair cuando este puso una mano en su cintura, preocupado por su estado.

—No he visto esa piedra —dijo para disimular.

James arqueó una ceja.

—No hay ninguna piedra, muchacha.

—Porque la he pateado… —mintió descaradamente, haciéndolo reír.

—¿Te asusta el hecho de ser la esposa de un laird? —le preguntó mirándolos alternativamente y comprobando, con sus propios ojos, la buena pareja que hacían.

—No… yo… Es que aún no puedo creer todo lo que me contó Alasdair, y mucho menos que de repente vaya a convertirse en laird… Y yo en su…esposa.

James dio una palmada y puso una mano en el hombro de cada uno.

—Tenéis mi bendición. Estáis hechos el uno para el otro. Estoy seguro…

Alasdair y Cora se miraron y la joven no pudo evitar sonreír tontamente, por lo que apartó la mirada.

—¿Seguimos? —preguntó cuando sintió que la vergüenza le ganaba terreno.

Los tres continuaron el camino mientras James les iba contando algunos episodios de su vida con los Ross. Y en cuestión de minutos, una puerta de hierro se abrió delante de ellos. Alasdair adelantó a Cora, protegiéndola con su cuerpo, para observar el exterior.

—¿Dónde estamos?

—Lejos del castillo, en medio del bosque. A nuestra derecha deberían estar los caballos.

El primero en salir fue Alasdair y, tras comprobar que no había nadie allí, les hizo una señal para que abandonaran el pasadizo.

Rápida e inconscientemente, la mano de Alasdair buscó la de Cora, la cual aferró con todas sus fuerzas para evitar perderla en medio de la noche.

Su padre los condujo hacia la derecha y, en cuestión de segundos, encontraron los dos caballos.

Desde allí podían verse las antorchas del castillo, pero estaban a mucha distancia como para ser vistos por los vigilantes.

—Marchémonos cuanto antes —susurró James—. Tenemos que abandonar estas tierras.

El antiguo laird MacGillivray montó sobre un caballo.

Después, Alasdair ayudó a Cora a montar sobre el otro y él lo hizo detrás de la joven.

Rodeándola con los brazos, agarró las riendas y escaparon del lugar que había estado a punto de matarlos, pero con la esperanza y la promesa de regresar para acabar con ellos y cumplir la profecía.