Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

Cora y Alasdair se miraron entre ellos en silencio, con todos sus sentidos puestos en la visita a esas horas de la noche, y temieron que hubieran cambiado de opinión y en lugar de acabar con sus vidas al día siguiente, lo hicieran en ese momento.

Unos pasos lentos y calculadores bajaron las escaleras.

Apenas hacían ruido y no llevaba ni un solo halo de luz, por lo que la persona que se acercaba a ellos tenía pleno conocimiento de cada escalón de las mazmorras.

En unos segundos, un rostro desconocido apareció junto a ellos, tan solo iluminado por la pequeña antorcha que había a un lado de las celdas.

Ambos miraron al recién llegado con interés, pero cierto temor.

Se trataba de un hombre con ropas ligeramente raídas por el paso del tiempo.

Tenía el pelo despeinado, ya canoso, unos ojos poderosamente azules y dos cicatrices surcaban su rostro, afeándolo e impidiendo ver con claridad cómo fue su antigua cara.

Estas se escondían bajo una frondosa barba antaño morena.

Durante un segundo, el hombre miró a Cora con curiosidad, pero después fijó su mirada en Alasdair. Y, al instante, este dio un paso atrás.

—No puede ser… —dijo en apenas un susurro.

Era la primera vez que Cora veía a Alasdair sin palabras, tan sorprendido que negaba con la cabeza y sus ojos estaban demasiado abiertos, horrorizados, como si estuviera viendo un fantasma salido de su tumba.

Alasdair sintió que estaba a punto de vomitar. Su estómago le dio un vuelco al ver esos ojos y ese rostro, casi irreconocible. Su corazón se aceleró y necesitó llevarse una mano al pecho para intentar calmar los furiosos latidos de su corazón.

—Pensaba que no me reconocerías… —le dijo el recién llegado.

Y aquella voz. Hacía tantos años que no la había escuchado que creía no recordarla.

Pero fue escucharla una sola vez y saber que era él.

Durante años, creyó que jamás volvería a oírla, a sentirla en cada poro de su piel, como una caricia.

Pero ahí estaba. Irreconocible, envejecido y casi andrajoso, pero era él.

—Padre… —tartamudeó Alasdair con los ojos llenos de lágrimas.

Se había sentido tan solo durante todos esos años que solo habría deseado un abrazo suyo para darle ánimos. Pero lo creyó muerto.

Desde su celda, Cora sintió que la boca se le abría hasta el suelo.

—¿Qué? —preguntó la joven sin poder creerlo.

Alasdair la miró, como si fuera la primera vez que la veía en ese lugar. Sus lágrimas cayeron de sus ojos, incapaz de contener la emoción del momento.

—Es mi padre…

Cora frunció el ceño y miró al recién llegado. Este la observó con una leve sonrisa en los labios.

—¿Eres James MacGillivray? —El hombre asintió y Cora pudo ver que sus ojos, efectivamente, eran exactamente iguales que los de Alasdair—. Pero es imposible. Estás muerto…

—Me temo que tengo que daros muchas explicaciones sobre cómo pude sobrevivir al ataque de mis propios hijos, pero ahora no es el momento.

James miró a su hijo. El orgullo se reflejaba en su mirada, y Alasdair no pudo evitar que las lágrimas cayeran de nuevo por su rostro. Siempre se había preguntado qué sentiría su padre al verlo ahora, ya mayor, y ver ese sentimiento en su mirada lo emocionó hasta lo más profundo de su alma.

—No puedo creer que esté aquí, padre.

—Soy yo quien no puedo creer que los Ross no me hayan descubierto durante todos estos años.

Alasdair se aferró a los barrotes de la celda cuando vio que su padre se dirigía hacia el lugar donde estaban guardadas las llaves para liberarlos.

—¿Lleva todos estos años aquí?

James asintió.

—Sí, esperándote. Sabía que tarde o temprano acabarías apareciendo aquí para cumplir con la profecía.

Alasdair boqueó, sin palabras. Estaba tan sorprendido que todas las palabras se le arremolinaban en la mente y era incapaz de formular frases con las que dirigirse a él.

James liberó primero a Cora, a quien puso una mano en el hombro, mostrando también su orgullo.

—Yo… siento mucho haber matado a tus hijos antes. Dios santo, de haberlo sabido, no lo habría hecho.

Cora sentía casi terror al pensar en que James pudiera vengarse de ella, pero lo vio encogerse de hombros.

—Esos muchachos dejaron de ser mis hijos en el momento en el que decidieron traicionarme e intentar matarme. Yo no los crie para eso… No me alegro de sus muertes, pero es el destino que ellos mismos eligieron hace años.

Cora asintió, aún incómoda, y lo observó mientras liberaba a Alasdair. Este tardó unos segundos en recuperar la movilidad del cuerpo tras la estupefacción de volver a ver vivo a su padre después de muchos años creyendo que había muerto y sin verlo desde hacía veinte años.

El guerrero caminó lentamente hacia la puerta y se quedó parado frente a su padre, mirándolo con devoción e incapaz de lanzarse a sus brazos por temor a descubrir que era tan solo un sueño o una visión.

Sin embargo, James sonrió y levantó los brazos para atraer a Alasdair hacia él y estrecharlo entre ellos.

Al instante, el guerrero rodeó a su padre con los suyos y cerró los ojos, apretándolos con fuerza para evitar seguir llorando por la emoción.

Cora necesitó desviar su mirada, pues sus ojos se llenaron de lágrimas que no pudo evitar derramar.

Ver cómo el hombre al que amaba parecía recuperar parte de su vida en unos instantes era algo que nunca creyó ver.

Y realmente la emocionaba, ya que, después de todo lo que le había contado Alasdair, sabía que se lo merecía.

Había trabajado duro desde los seis años y esto parecía compensar todo el dolor.

—No te imaginas la de veces que te he hablado pensando que estabas muerto —le dijo cuando se separaron.

James sonrió.

—Y espero que me lo cuentes, aunque primero tenemos que salir de aquí. Todos están durmiendo, pero no me fío de que alguien pueda bajar a las mazmorras para comprobar vuestro estado.

Alasdair asintió y parpadeó para apartar las lágrimas. Carraspeó y lo miró con preocupación.

—Habrá guerreros apostados en la muralla. Nos verán salir.

James sonrió y negó.

—Llevo tanto tiempo en este castillo que me conozco cada recodo del mismo. Me he hecho amigo de mucha gente que conoce los pasadizos secretos, así que tengo todo preparado fuera del castillo.

Cora arqueó una ceja.

—¿Cómo has podido hacerlo en tan poco tiempo?

—En poco tiempo no. Lo he meditado muchas veces. Un amigo me ha preparado un par de caballos fuera para que podamos huir. Tendremos comida y agua suficiente para llegar al castillo Chattan, pero tenemos que hacerlo ahora. Antes de cenar han preparado dos piras para quemaros vivos en ella.

Alasdair y Cora se miraron entre ellos, aterrados.

— ¿Y dónde está el pasadizo por el que podemos escapar?

James señaló hacia un hueco debajo de las escaleras.

—Ahí mismo. Vamos.

El padre de Alasdair fue el primero en caminar hacia el lugar mientras que su hijo y Cora se miraron entre ellos. El guerrero sonrió y acortó la distancia para besarla con rapidez, pero Cora se apartó, sonrojada.

—Tu padre…

—No hace falta que finjáis delante de mí —dijo el aludido sin mirarlos—. Ya vi la vehemencia con la que os defendíais mientras os obligaron a luchar.

Cora no pudo evitar sonrojarse totalmente, provocando la sonrisa de Alasdair, que la instó a caminar hacia adelante cuando un pequeño agujero se abrió junto a la puerta.

—Parece pequeño, pero dentro es más amplio… —les indicó antes de mirarlos con una sonrisa traviesa—. Hace tantos años que necesitaba abrazarte, hijo, que no te imaginas lo feliz que estoy por saber que amas y eres amado…

Alasdair esperó a responderle hasta que los tres se internaron en el pasadizo y este se cerró a su espalda.

—¿No le molesta que no haya podido cumplir mi promesa?

James negó y comenzaron a caminar. Cora era la que inició la marcha, mientras padre e hijo la siguieron, hablando.

—Nadie puede mandar en el corazón. Y esta muchacha es la correcta para ti, aunque posea el mal carácter de los Chattan.

Cora lo miró por encima del hombro con una ceja enarcada.

—Te he oído…

James le guiñó un ojo.

—Solo he dicho la verdad.

Cora torció el gesto.

—Me habías caído bien solo por ser el padre de Alasdair, pero tal vez cambie de opinión.

—Os he liberado.

Cora gruñó, provocando la risa de James MacGillivray. Este le dio una palmada en la espalda a Alasdair, que le sonrió con verdadero alivio al saber que no estaba enfadado con él por haberse enamorado de Cora.