Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Alasdair estaba a punto de volverse loco desde su celda.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero estaba seguro de que hacía ya más de una hora que Cora estaba inconsciente.

Desde que la habían dejado tirada, con la cabeza sangrante, los guerreros Ross habían recogido los cuerpos de los muertos y los habían sacado de las mazmorras.

Y Alasdair apenas miró por última vez a los que habían sido sus hermanos y a los que había matado la mujer a la que amaba.

Su interés estaba puesto, únicamente, en Cora, que yacía de espaldas a él, por lo que no podía verla. Sin embargo, sabía que estaba viva, pues veía cómo su cuerpo subía y bajaba con la respiración, pero no respondía a sus ruegos.

El propio laird Ross había descendido a las mazmorras para comprobar con sus propios ojos el desastre provocado por Cora y cuando vio la sangre en el suelo y el hedor a muerte que se respiraba en ese lugar, se limitó a elevar la mirada hacia Alasdair para advertirle:

—Mañana a primera hora acabaré con vosotros.

Alasdair no se había molestado en contestarle.

Su mente estaba puesta en la joven, a la que quería despertar como fuera.

Había observado incluso las paredes en busca de un lugar donde poder arrancar los barrotes, pero estaban bien sujetos.

El guerrero tiró de ellos con todas sus fuerzas, pero no había manera de moverlos.

La frustración estaba pudiendo con él tras el paso del tiempo y rugió hasta llenar con su voz el hueco en las mazmorras.

Hacía ya varias horas que había anochecido y no entraba luz por el pequeño ventanuco de las celdas.

Alasdair se llevó las manos a la cara y se paseó por la celda como un animal enjaulado.

Sentía correr el sudor por su espalda mientras su corazón latía a una velocidad vertiginosa.

No podía más. Estaba a punto de explotar por dentro y no podía hacer nada para salvar a la mujer a la que amaba.

Se apoyó en los barrotes y cerró los ojos un instante. Sabía que, aunque Cora despertara, él no podría hacer nada para ayudarla desde su celda, pero al menos la vería respirar, moverse, hablar… Lo que fuera para saber que estaba bien.

—Cora, por favor, despierta —dijo en voz baja como una súplica, una oración lanzada al cielo que solo pretendía sanar su corazón.

Cuando Alasdair abrió los ojos nuevamente, los tenía empañados. No recordaba haber llorado nunca, pero estaba seguro de que era la primera vez. El destino lo tenía atado de pies y manos para ayudarla y no sabía qué hacer.

—¿Por qué me ha pasado esto a mí, padre?

—murmuró al tiempo que una solitaria lágrima descendía por su mejilla y se perdía en su barba—.

¿Por qué tengo este maldito don? ¿Por qué tiene que ser Cora la que está al otro lado?

¿Por qué el destino quiso que la amara? No he podido protegerla, padre.

He fallado a todos. A los MacGillivray, a los Chattan, al resto de clanes… a usted. Ni siquiera pude salvarlo.

Alasdair cerró los ojos de nuevo y siguió hablando con la esperanza de que su padre pudiera escucharlo allá donde estuviera.

—No puedo más con este peso. ¿Cuándo va a acabar?

Yo solo era un niño… —murmuró con la voz consumida por el llanto—.

He intentado hacer todo de la mejor manera, pero todo se ha torcido.

Únicamente deseo salvarla y vivir plenamente a su lado.

La amo, padre. Lo siento. S é que no debería, pero no he podido evitarlo.

Es extraordinaria. Por eso el destino nos castiga con la muerte…

Alasdair abrió de nuevo los ojos y fijó su mirada en la espalda de Cora.

—Despierta, Cora, por favor. No puedo más. Voy a morir si no lo haces, despierta. Hazlo solo por mí, aunque después decidas alejarme de tu lado, pero despierta. Insúltame, grítame, golpéame, pero abre los ojos.

El guerrero la miró con agonía. Apretaba con tanta fuerza los barrotes que estaba seguro que acabaría fundiéndolos o rompiéndolos.

—¡Cora! —vociferó con todas sus fuerzas—.

¡Escúchame! No sabes lo orgulloso que estoy de lo que has hecho.

Has conseguido matar a aquellos con los que yo no habría tenido valor de hacerlo por llevar mi misma sangre.

Eres la mujer más valiente e indomable que he visto jamás.

Por eso te amo, porque tú nunca te rindes, porque sabes seguir adelante a pesar de todo, porque sacas el coraje que a otros nos falta, porque con tu sola presencia sabes llenar espacios, por el fuego que arde dentro de tu corazón, por la llama que nunca se apaga, por tu insistencia…

Te amo por todo lo que representas. Te amo porque eres la única que ha logrado calmar el miedo del niño que tuvo que ser adulto antes de tiempo.

Te amo porque, sin pretenderlo, curaste las heridas de mi corazón y mi soledad.

Me diste vida cuando me creía muerto. Me diste sosiego cuando pensaba que no podría con la carga sobre mis hombros.

Tu sonrisa, tu voz, tus palabras, incluso tus insultos lograban sacarme del pozo en el que se había sumido mi vida después de abandonar mi hogar.

Despierta, Cora, por favor. Hazlo tan solo para volver a calmar mi terror.

Alasdair se limpió las lágrimas.

—Tengo miedo, Cora. Miedo por ti. Miedo por ver que desaparece la luz en tus ojos. Miedo por no poder sacarte de aquí… Pero al menos despierta y mírame…

Y en ese momento, la joven gimió de dolor. Alasdair se sobresaltó al instante y llevó su mirada hacia la espalda de la joven. Vio que esta se movía ligeramente y que parecía despertar poco a poco. Su corazón se hinchó de esperanza y se aferró con más fuerza a los barrotes.

—Vamos, eso es —le dijo para que lo escuchara—. Regresa, Cora…

La joven se despertó poco a poco y se llevó una mano a la cabeza.

Esta le dolía terriblemente y todo parecía dar vueltas a su alrededor.

No sabía si había muerto o seguía viva, pero lo que sí sabía era que la había traído de vuelta la voz de Alasdair.

Lo escuchó decirle palabras bonitas desde muy lejos, pero ella no podía responder a pesar de que lo intentaba.

Lo llamaba, pero no podía seguir su voz.

Ahora sí, y estaba regresando de ese lugar.

La joven abrió los ojos y parpadeó varias veces para intentar enfocar la mirada.

Gimió de nuevo al sentir el dolor en su cabeza, pero se obligó a seguir la voz de Alasdair, que la llamaba con insistencia. Se giró hacia él y elevó su mirada. Lo vio lanzar un suspiro de alivio. Apoyó la frente contra los barrotes y la miró con insistencia.

—Has tardado demasiado en despertar, pelirroja. No te lo pienso perdonar…

Cora sonrió, pero un fuerte dolor en la frente la hizo gemir.

—Pensaba que no me perdonarías por matar a tus hermanos.

Alasdair se encogió de hombros.

—A ellos ya los tenía perdidos desde hacía muchos años. A ti no te quiero perder.

La joven sonrió y se llevó una mano a la cabeza.

—Me duele todo…

—Has matado a tres hombres tú sola en cuestión de minutos y con tan solo una simple daga. Por cierto, ¿cómo la conseguiste?

A pesar de que Alasdair sabía que Cora no estaba del todo bien para hablar, se obligó a hacerla reaccionar. No quería que volviera a dormirse, y la única manera que le vino a la mente fue hacerle preguntas para que lograra recuperar la conciencia del todo.

Cora gimió de nuevo y se obligó a incorporarse lentamente. Todo le daba vueltas, pero no iba a mostrarse débil. Se quedó sentada en el suelo y lo miró.

—Vi al guerrero Ross sacarla de entre su ropa. Lo hizo para matarte, así que me adelanté a sus planes y lo maté yo.

Alasdair sonrió.

—Supongo que entonces debo darte las gracias.

—Después me he llevado muchos golpes por salvarte… qué menos…

Cora sonrió a pesar de que solo deseaba dejarse caer de nuevo sobre el suelo y dormir para siempre.

—Espero que no estés pensando en dormirte de nuevo.

Cora entrecerró los ojos.

—Oye, ¿tú lees los pensamientos?

Alasdair negó con la cabeza.

—Te conozco mucho…

—Ya…

Cora respiró hondo para calmar la angustia que le provocaba el mareo que sentía, pero las siguientes palabras de Alasdair la obligaron a dejar a un lado ese sentimiento para cambiarlo por el de la rabia.

—Ruairidh Ross me ha dejado claro que mañana vamos a morir. Se ha quedado sin la alianza con los MacGillivray.

Cora se aferró a los barrotes para levantarse.

—Entonces, tenemos poco tiempo para salir de aquí.

—Lo he intentado todo y no podemos. Estos barrotes están muy bien clavados a la pared. Será lo único bueno que sabe hacer Ross…

Cora miró los barrotes de su celda y comprobó que Alasdair tenía razón.

La joven entrecerró sus ojos y se llevó la mano de nuevo a la sien.

Esta le palpitaba tanto que temía que se le cayera la cabeza en cualquier momento, pero su orgullo y la necesidad de supervivencia le impidió quejarse de nuevo.

—Tenemos que salir de aquí como sea —le dijo al guerrero—, pero antes quiero saber algo…

Alasdair la miró con interés.

—¿Es cierto que estás orgulloso de mí a pesar de haber matado a tus hermanos?

El guerrero sonrió y dejó escapar el aire contenido en su pecho.

—¿Me estabas escuchando?

—Muy lejos, pero sí. Has dicho cosas realmente preciosas, Alasdair. Y cuando salgamos de aquí, pienso responder a todas ellas.

—Podrías decírmelas ahora.

—Si te digo ahora cuánto te amo no tendríamos un motivo por el que luchar hasta el final para salir de este maldito lugar. Si no te digo nada ahora, lucharemos con todas nuestras fuerzas para poder decírtelo más tarde.

El guerrero asintió.

—Está bien. Te tomo la palabra. Y no se me va a olvidar…

Cora abrió la boca para responderle, pero los goznes de la puerta que llevaba a las mazmorras chirriaron de nuevo. Lo hicieron despacio, como si temiera que alguien pudiera escucharlo en mitad del silencio de la noche.