CAPÍTULO 16 #3
A pesar del miedo que sentía Cora, tenía que mostrarse firme y decidida para que ninguno los viera decaer, pero también debía hacer lo que fuera para salvar al hombre al que amaba y al que le había jurado que sería su esposa.
Sin embargo, Adam y Neil se carcajearon al escucharla.
—¿Tanto te importa la vida de mi hermano? —El hermano mediano se relamió después de formular su pregunta—. ¿Por qué?
—Ha vivido toda la vida en mi castillo. Es como mi hermano —mintió descaradamente.
Pero Adam la miró de forma penetrante, tanto que le recordó al propio Alasdair, pues el color de sus ojos era idéntico.
—No, lo amas.
Cora tragó saliva, pero negó rápidamente con la cabeza.
—Dejadlo en paz y viviréis…
Adam sonrió y miró a los guerreros que sujetaban a su hermano mayor.
—No lo soltéis. Dadme las llaves de su celda.
En ese instante, Alasdair perdió la razón. Intentó soltarse por todos los medios, rugió de rabia e intentó levantarse, pero lo sujetaban con tanta fuerza que apenas podía moverse.
—¡No te atrevas a acercarte a ella! —vociferó.
Adam y Neil se miraron con una sonrisa.
—Así que nuestro querido hermano mayor está enamorado de la zorra Chattan.
—Adam, ¿qué te parece si le hacemos daño para ver hasta dónde llega el amor de Alasdair?
El aludido logró ponerse en pie, pero se ganó un fuerte puñetazo en el vientre que logró doblegarlo.
—¡No la toquéis!
—Creo que me divierte más la idea de tocarla. ¿Tú ya la has visto sin ropa? Siento curiosidad por saber si en la cama es tan salvaje como parece…
Cora lo miró con asco, mientras Alasdair intentaba soltarse de los guerreros que lo aferraban.
Ella los vio acercarse y simplemente dio un par de pasos hacia atrás, escondiendo la mano y aferrando con fuerza la pequeña daga entre sus manos.
Sin embargo, Alasdair no era consciente de lo que ella guardaba entre su ropa, por lo que seguía vociferando.
—¡Dejadla en paz!
—Espero que no te importe que la compartamos. Al fin y al cabo, somos hermanos, Alasdair.
El que abrió la puerta de su celda fue Neil, que dejó entrar primero a Adam. Este se acercó lentamente a ella. Cora elevó el mentón aún más y dobló ligeramente las rodillas, preparándose para atacar en cualquier momento.
—No merecéis el cargo que ostentáis.
Adam chasqueó la lengua.
—Son diferencia de opiniones, pero la tuya no me importa, zorra. ¿Has gozado con mi hermano en la cama? Te aseguro que yo soy mucho mejor.
—Antes me acostaría con mi caballo —le espetó la joven.
Adam frunció el ceño, contrariado.
—Es una pena. Habría sido mejor si no te hubieras resistido, pero igualmente te probaremos antes de que mueras. Y será frente a mi querido hermano Alasdair…
Este gritó de nuevo, ganándose otro golpe durante el forcejeo. Cora esperó quieta a que Adam hiciera otro movimiento. El laird MacGillivray se acercó a ella y la tomó del rostro.
—¿Qué tal si empezamos por un beso?
—¡No la toques! —gritó Alasdair.
Y en el momento en el que se acercó a Cora para besarla, la joven movió rápidamente la mano y clavó la daga en el corazón de Adam.
Este abrió los ojos desmesuradamente y bajó la mirada hacia su pecho.
Allí, Cora sacó la daga que le había clavado y un reguero de sangre salió de la herida.
Un solo gemido escapó de la garganta de Adam, sorprendido, dejando incluso estupefacto a Alasdair, que no se movió para intentar soltarse.
El laird MacGillivray dio un paso hacia atrás llevándose las manos al pecho al tiempo que su hermano pequeño gritaba de terror.
—¡No, Adam!
Este lo recibió en sus brazos cuando sus piernas dejaron de sostenerle y, en cuestión de segundos, estaba muerto.
Neil lanzó un rugido al levantarse, pero Cora ya estaba preparada.
—¡No! —vociferó Alasdair—. ¡Mátame a mí!
Pero Neil estaba ciego de rabia. Desenvainó su propia daga y se lanzó contra la joven.
Esta arqueó ligeramente la espalda cuando el hermano pequeño de Alasdair realizó un arco con la mano para cortarle el cuello y aprovechó para patearlo en el costado.
El guerrero era ligeramente más bajo que ella y estaba costumbrada a entrenar con hombres mucho más corpulentos.
No obstante, no podía fiarse de él, ya que el dolor por la pérdida de su hermano podría obligarlo a hacer locuras.
Desde su celda, Alasdair retomó sus fuerzas para intentar soltarse, pero los guerreros Ross lo golpearon con fuerza, arrancándole el aliento mientras la mujer a la que amaba luchaba contra Neil.
—Te voy a rajar entera, maldita zorra…
Pero Cora no le respondió, pues toda su atención estaba puesta en los siguientes movimientos del guerrero.
Este logró golpearla con la empuñadura de la daga en la cara, pero se recuperó rápidamente y se lanzó hacia un lado para sortear la punta de la misma.
Durante varios minutos que parecieron eternos para Alasdair, la joven demostró sus habilidades con la lucha cuerpo a cuerpo y, cuando Neil estaba comenzando a cansarse, Cora giró sobre sí misma y logró, para sorpresa de todos, clavar la daga en el cuello del hermano pequeño de Alasdair.
Este se quedó estupefacto al verla, pero se obligó a reaccionar rápido o acabarían matándola.
Logró ponerse en pie, pero los guerreros que lo aferraban comenzaron a golpearlo con fuerza y lo empujaron hacia un lado antes de que pudiera recuperarse.
Cora, al ver eso, intentó salir de su propia celda para ayudar a Alasdair, pero se topó con el primero de los guerreros, que la golpeó en el rostro.
La joven dejó escapar un gemido de dolor mientras el otro guerrero dejaba encerrado de nuevo a Alasdair.
Rápidamente, ambos se enzarzaron con ella en una pelea para volver a meterla en la celda y avisar al laird Ross de la muerte de los hermanos MacGillivray.
Uno de ellos logró arrebatarle la daga tras un nuevo golpe en el rostro. La joven les devolvió cada golpe, pero la falta de alimento y el cansancio acumulado provocaron que se viera en desventaja bajo los gritos desesperados de Alasdair.
En un momento dado, cuando este se encontraba aferrado a los barrotes, intentando arrancarlos con sus propias manos, uno de los guerreros logró aferrar a Cora por la ropa e hizo chocar su cabeza contra los barrotes de Alasdair.
Este intentó aferrarla para alejarla de los demás, pero no fue tan rápido.
Cora sintió correr la sangre por su frente y su mejilla.
Le dolía terriblemente la cabeza cuando fue empujada de nuevo hacia la celda y, aunque intentó defenderse de nuevo, tomaron ventaja y la golpearon hasta que la oscuridad se cernió sobre ella y los gritos desesperados de Alasdair quedaron lejos.