Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Adam y Neil se quedaron estupefactos, mirando a Ruairidh, que sonrió aún más al ver su reacción. Durante un segundo, ambos se miraron entre sí, incapaces de creer lo que habían escuchado.

—No puede ser. Alasdair desapareció cuando nosotros éramos muy pequeños. Nadie sabía dónde estaba.

—Vuestro padre lo escondió bien para protegerlo de la profecía.

—¿Estás seguro de que es Alasdair? —preguntó Neil cada vez más pálido.

—Él mismo lo confirmó. Además, llevaba un colgante con el emblema de vuestro clan que, por cierto, quedó casi irreconocible después de que una flecha se clavara en él.

—¿Intentaste matarlo?

Ross torció la cabeza.

—Lo hice antes de saber quién era. Esa zorra Chattan lo defendía con uñas y dientes y quería que lo soltáramos. Ahora están en las mazmorras.

Adam asintió y miró a Neil.

—Nos gustaría verlo.

—Uno de mis hombres os acompañará. Por cierto, no se parece en nada a vosotros. Ni siquiera parecéis hermanos…

Ross le hizo una señal a varios de sus hombres. Cuando estos se acercaron, les dijo:

—Lleva a los MacGillivray a las mazmorras a ver a su hermano y a la zorra Chattan. Ya sabéis dónde están las llaves.

Estos asintieron y Ruairidh les mostró el camino.

Por primera vez en su vida sentía que todo está yendo a pedir de boca y estaba a punto de dar fin a media vida de preocupación.

Aún recordaba a la sirvienta de los MacGillivray que acudió a su castillo para contarle lo que el niño había visto en un sueño y que no habían logrado adivinar al ver la corona de laurel.

En un primer momento, no le dio crédito alguno, pero después su miedo aumentó y comenzó a idear su maquiavélico plan.

Ahora tenía encerrados a los dos guerreros que la profecía decía que iban a matarlo y a acabar con su jefatura en el clan.

Nadie iba a arrebatarle el placer que le producía pensar en matarlos de una vez por todas, pero primero dejaría que sus aliados vieran a su hermano por primera vez en mucho tiempo.

Adam y Neil avanzaron por el pasillo, siguiendo a los tres guerreros Ross que les marcaban el paso.

En silencio, se miraron, ligeramente preocupados y con la sorpresa aún reflejada en sus ojos.

En el momento en el que llegaron junto a las mazmorras, el corazón de ambos hermanos MacGillivray se sobresaltó.

Descendieron las escaleras en silencio y lentamente.

Por una parte, deseaban ver de nuevo a ese hermano que perdieron muchos años atrás y que no sabían a dónde lo habían llevado, pero también querían acabar con la única persona que podría reclamar el puesto que ostentaban ellos ahora, ya que, aunque el laird era Adam, realmente eran los dos quienes daban las órdenes.

Alasdair y Cora se habían sumido en un silencio después de haber hablado durante horas sobre lo que había sucedido en esos años. Ambos necesitaban asimilar todo antes de seguir hacia adelante y pensar en la manera de salir de allí.

Lo que Alasdair no imaginaba era que tendrían una visita que le sobresaltaría el corazón de esa manera.

Cuando escuchó el sonido de la puerta de la mazmorra, se puso en pie y se apoyó contra los barrotes, pero aquellos rostros que aparecieron ante él despertaron recuerdos que creía haber olvidado para siempre.

Los rostros que él guardaba en su memoria eran los de dos niños que tan solo eran dos y tres años menores que él, pero apenas habían cambiado por el paso del tiempo.

Eran los mismos. Y a pesar de que ahora eran enemigos y querían su muerte, Alasdair no pudo evitar que un pinchazo de dolor surcara su pecho.

Aquel día que se despidió de ellos los abrazó y les dio un beso a cada uno a pesar de saber lo que estos harían en un futuro, pero los amaba.

Adam y Neil lo miraron con auténtica curiosidad, tan sorprendidos como él de que el destino los hubiera unido de nuevo en bandos diferentes.

Desde su celda, Cora lo miraba con atención, preguntándose quiénes eran, aunque el recuerdo de Ruairidh Ross hablando de ellos le indicó que eran los hermanos de Alasdair.

—Cuánto tiempo sin vernos, Alasdair —dijo Adam.

El aludido arqueó una ceja al ver el hombre en el que se había convertido su hermano mediano y su voz, ligeramente parecida a la suya. Alasdair se apoyó en los barrotes y los observó alternativamente.

—Me sorprende que me recuerdes. Eras muy pequeño.

—Era lo suficientemente mayor como para recordarte durante todos estos años. Igualmente, todo el puñetero mundo se ha empeñado en recordarme que tengo un hermano mayor que puede reclamar lo que es mío en caso de que aparezca.

Alasdair le respondió con una sonrisa.

—¿Lo que es tuyo? Creo recordar que para conseguir eso tuviste que matar a nuestro padre… Lo hiciste a la fuerza, por lo que no te pertenece.

Adam se lanzó contra los barrotes, pero Alasdair no se inmutó. El rostro de ambos quedó a escasos centímetros, provocando que Cora diera un paso más hacia los barrotes, preocupada por lo que pudieran hacerle a Alasdair.

—Soy el laird de los MacGillivray, te guste o no, querido hermano.

—Por nacimiento, yo soy el jefe, no tú.

Neil carraspeó y miró a los guerreros Ross, que fueron hacia las llaves de la celda para abrirla.

—Cuando hay dos personas que reclaman algo como suyo, solo hay una solución. Uno de ellos sobra…

—Ese eres tú, claramente —le espetó Cora desde su celda.

Neil y Adam se giraron hacia ella, que elevó el mentón con orgullo. La joven cuadró los hombros y carraspeó, preparándose para los insultos que seguramente llegarían después.

—Tú eres la furcia de los Chattan —dijo el actual laird MacGillivray.

Desde su celda, Alasdair siseó, pero dejó que fuera Cora quien le respondiera.

—Y tú la de los MacGillivray… —replicó la joven, provocando la risa de los guerreros Ross.

Adam apretó los puños.

—Te muestras demasiado orgullosa a pesar de la situación en la que te encuentras…

—Si lo piensas, mi situación es mejor que la tuya. Ostentas un cargo que no te pertenece y, de repente, aparece el hermano que creías perdido para reclamarlo… Yo no tengo nada que perder. Tú lo vas a perder todo…

Adam rugió y miró a los guerreros Ross.

—Abrid la celda de mi hermano —Después, la miró a ella—. Eso ya lo veremos.

Cora hizo todo lo posible para que la preocupación no surcara su rostro, pero sus ojos fueron directamente hacia la celda de Alasdair, desde donde este le dedicaba una mirada de despedida. La joven comenzó a negar y se dirigió hacia la puerta para intentar abrir como fuera.

Al ver que Adam y Neil penetraban en la celda de Alasdair, este se alejó ligeramente de ellos. Cuadró los hombros y clavó su mirada en ellos. Ahora que estaban casi al lado de él, sus hermanos eran más bajos y menos musculosos, por lo que seguía estando en ventaja respecto a ellos.

— ¿Cómo te atreves a reclamar algo que no es tuyo?

—De no haber tenido que esconderme, ese puesto sería mío.

No obstante, te aseguro que ser laird no es el sueño de mi vida.

Puedo vivir sin ese cargo, y mucho más tranquilo.

Pero los MacGillivray no se merecen a dos tiranos traidores como vosotros capaces de matar a vuestro propio padre para conseguir ese puesto.

—Tú no sabes nada de nuestra vida.

Neil arrugó el rostro.

—No te imaginas lo que es crecer con el recuerdo del fantasma de tu hermano mayor pululando por cada esquina del castillo. Todo el mundo nos recordaba tu existencia, como si nosotros no valiéramos nada.

—Y le demostrasteis a todo el mundo que realmente no valéis nada porque sois dos cobardes, Neil. Un cargo como el de laird no se consigue por la fuerza, traicionando a tu padre.

—No vamos a permitir que nos quites lo que tanto nos ha costado tener —le espetó Adam—. Debiste morir allá donde estuvieras.

Alasdair los miró alternativamente y siguió viendo a aquellos niños de los que se despidió. Ya no eran los mismos, pero seguían comportándose como tal.

—Os aseguro que vengaré a padre quitándoos del lugar que nunca debisteis tomar —le espetó Alasdair.

—Primero tendrás que acabar con nosotros.

—Eso está hecho… —aceptó Alasdair.

Lanzándole una última mirada a Cora, el guerrero se preparó para luchar con sus propias manos contra sus hermanos.

Pero los guerreros Ross no pensaban quedarse quietos ante ese gesto y la joven vio cómo uno de ellos sacaba una pequeña daga de entre su cinturón.

No era muy larga, pero sí fina y mortal.

— ¡No! —exclamó Cora lanzándose contra él.

A través de los barrotes, la joven sacó los brazos y logró pasarlos por el cuello del guerrero, que estaba casi apoyado contra los barrotes de su celda.

Rápidamente, apretó con fuerza para estrangularlo mientras los demás, que aún no se habían dado cuenta, fueron directamente hacia Alasdair para golpearlo.

Junto a ella, el guerrero Ross intentaba respirar por todos los medios, pero ella no pensaba soltarlo, ya que estaba segura de que acabaría con la vida de Alasdair en cuestión de segundos.

La pequeña daga cayó al suelo, junto a la celda, y Cora sacó ligeramente el pie para meterla dentro de ella y agarrarla después.

Cuando pudo, apretó un poco más y rompió el cuello del guerrero.

Los demás solo fueron conscientes de la muerte de este cuando su cuerpo chocó contra el suelo y Cora ya se levantaba con la daga entre los pliegues de su camisa.

—¡Dejad en paz a Alasdair! —vociferó dando un par de pasos atrás, alejándose del cuerpo muerto del guerrero.

Los rostros de los compañeros de este se mostraron horrorizados al ver que lo había matado mientras ellos sujetaban a Alasdair para que Adam y Neil pudieran golpearlo. Lo miró con dolor y vio que le habían partido una ceja, el labio y su nariz goteaba sangre.

—No volváis a tocarlo, traidores.

—Pero ¿tú quién te crees que eres, muchacha, para exigir eso?

—Soy la que va a provocar la muerte de todos vosotros tal y como dice la profecía —le aseguró con vehemencia.