Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Si Cora pensaba que las sorpresas del día habían llegado a su fin estaba muy equivocada.

La joven dio un paso atrás sin perder la conexión con la mirada de Alasdair.

Sinti ó aquellas palabras como un golpe, como una extraña sensación de estar delante de una persona a la que no conocía en absoluto a pesar de haber pasado con él toda su vida.

Alasdair la miraba desde su celda con serenidad, más que nunca, pero también con cierto tormento reflejado en sus ojos.

Era como si haber guardado ese secreto fuera una de las peores cosas que había hecho en su vida.

Numerosas preguntas más se agolparon en la mente de Cora, pero no quería agobiarlo.

Sin embargo, aquella frase no podía quedarse tal y como el guerrero la había dejado.

Tenía que haber una explicación que ella quería saber, aunque no sabía cómo formular la pregunta.

—Creo que no te he entendido bien, Alasdair.

El aludido sonrió brevemente y chasqueó la lengua.

—Yo creo que sí.

—¿A qué te refieres con que fuiste tú quien tuvo la visión?

—A que durante toda mi vida he tenido una clase de sueños que no eran normales y al final acababan cumpliéndose.

—Pero mi madre jamás dijo que fuiste tú. De hecho, dio a entender que alguien de otro clan lo había visto.

Alasdair negó con la cabeza.

—Había muchas cosas que tus padres desconocían.

Mi padre no quiso contarlas para evitar que me miraran de forma extraña.

De hecho, nadie habría sabido nada de esa visión de no ser porque una sirvienta de mi castillo lo escuchó mientras yo se lo contaba a mi padre.

Por ese motivo, mi padre decidió que lo mejor era esconderme y no contarle a nadie dónde me encontraba.

A partir de ahí, nos dimos cuenta de que no solo yo corría peligro, sino también la niña pelirroja a la que había visto con el emblema de los Chattan. Lo demás ya lo conoces…

Cora suspiró y arqueó ambas cejas, sorprendida. Se pasó las manos por el rostro y caminó de un lado a otro, hasta pararse frente a él.

—Entonces, ¿todo este tiempo sabías que eran los Ross los culpables de esta guerra?

—Sí y no.

—Explícate.

Alasdair contuvo una sonrisa al escuchar su vehemencia.

—Después del ataque al castillo, en el que murió Kester, entendí una parte de la visión que hasta ese momento no había logrado discernir.

Ni siquiera mi padre se dio cuenta de ello porque pensábamos que simbolizaba una victoria.

En la visión logré ver una corona de laurel.

Como te digo, pensábamos que simbolizaba nuestra victoria sobre el enemigo, porque yo nunca logré ver con claridad a quién atacabas.

Sin embargo, tras el asalto al castillo y descubrir que habían sido los Ross, me di cuenta de que esa corona de laurel era el emblema de su clan.

Todos estos años he tenido la respuesta en mi mente, en mi recuerdo, pero nunca la he visto. Lo confundí por completo.

Alasdair suspiró y renegó entre dientes.

—Si mi padre y yo hubiéramos descubierto que se trataba del emblema de un clan, habríamos evitado muchísimas muertes, pero nos confundimos… y ahora todos están muertos.

—Eras solo un niño, Alasdair. No podías tener respuestas para todo.

—Pero contaba con la ayuda de mi padre. Y él tampoco supo ver el emblema de los Ross. Nuestras vidas habrían sido tan diferentes… No puedo dejar de culparme de ello…

Cora lo miró largo rato en silencio. Observó su dolor y sufrimiento por haber confundido el emblema de los Ross en su visión y no pudo evitar lanzar un largo suspiro que llenó el espacio en las mazmorras.

—No es culpa tuya, Alasdair.

El guerrero la miró profundamente.

—No todo lo que pasa por nuestra mente sale perfecto. A veces, también fallamos.

—No podemos fallar si hay vidas de por medio, Cora.

—Ni siquiera eso podemos controlar… ¿De verdad has podido guardar todo esto sin perder la cordura? Es mucha responsabilidad, Alasdair.

El guerrero se encogió de hombros.

—Es un peso que porto desde los seis años. Me he acostumbrado.

—Podrías haber confiado en mí para contármelo.

—No. Preferí dejar que tu padre te preparara para todo esto sin que tú te dieras cuenta de ello.

—Lo tenías todo pensado, ¿eh?

—¿Para salvarte? Siempre.

Cora sonrió mientras lo observaba.

—¿Y en algún otro momento has tenido sueños de ese estilo?

—Sí, muchas veces.

—¿Y cómo los distingues de los demás?

Alasdair se encogió de hombros.

—Simplemente, sé que son diferentes, reales.

—Cuéntame alguno.

Alasdair se puso nervioso de golpe y desvió su mirada. Cora, que lo conocía demasiado bien, arqueó una ceja y sonrió ligeramente. Era la primera vez que veía a Alasdair en ese estado, y saber que lo había provocado una simple pregunta suya, la sorprendió. Por ello, su curiosidad aumentó aún más.

—Quiero que me cuentes ese en el que estás pensando ahora mismo y te ha provocado eso…

Alasdair se rascó la barba.

—Eres carroñera.

La joven le guiñó un ojo.

—Las posibilidades de que sobrevivamos a esto son prácticamente nulas. Piensa que me llevaré el secreto a la tumba…

Alasdair dejó escapar el aire en forma de risa y negó con la cabeza.

—Te pareces a Kester más de lo que piensas…

El guerrero carraspeó y terminó por contarle el sueño que había tenido.

—Tampoco hay mucho que contar, pero una vez, hace unos meses, soñé contigo.

—Por tu cara deduzco que era una pesadilla.

—Al contrario, era el sueño más hermoso que he tenido nunca.

Estábamos en la capilla del castillo y había muchas flores alrededor.

Estabas realmente preciosa. Me mirabas y sonreías.

Llevabas un ramo de flores en las manos, pero lo sujetaste con una y me tendiste la otra para que me acercara a ti. Después… nos casamos.

Alasdair apartó la mirada, ligeramente avergonzado.

—Te vas a reír de mí por soñar esas cosas.

—Te equivocas. Eso es lo que deseo, Alasdair. Llevar un anillo con tu nombre grabado en él es la ilusión de mi vida. Pero siempre he pensado que era imposible.

—Estamos apresados.

—Sí, sigue siendo igual de imposible, pero al menos si esta vez no se cumple no es porque tú me hayas rechazado.

Alasdair asintió con seriedad.

—Hay más… —dijo la joven como una afirmación.

El guerrero suspiró.

—Es otro sueño… Una semana después soñé que moríamos.

Alasdair se apartó de los barrotes y se dejó caer contra la pared hasta llegar al suelo. Apoyó la cabeza contra esta y apretó los puños.

—Y mira dónde estamos.

—Las profecías pueden cambiarse.

—Tienes razón. Vamos a morir sin habernos casado. Me habría encantado pedírtelo y haberlo cumplido.

Cora frunció el ceño.

—No me refería a esa, sino a la que morimos.

Ese sueño me da la razón en lo que yo siempre he pensado, que todo se puede cambiar.

Puedes tener una visión sobre un futuro nuestro, pero también sobre nuestra muerte cuando aún no ha pasado esa boda.

Eso quiere decir que podemos cambiar el destino, Alasdair.

—No lo sé. Yo solo puedo decirte que he intentado evitarlo alejándote de mí y no he conseguido nada.

—Pues déjame decirte que ahora no te va a funcionar alejarme porque pienso quedarme a tu lado, aunque tú no quieras.

Desde el suelo, el guerrero sonrió bajo la barba y suspiró largamente.

—Y espero que te quede clara una cosa, gatito. Esa boda se va a celebrar quiera el destino o no. No me pienso morir sin tener el honor de ser tu esposa, aunque seas un MacGillivray…

Alasdair rio por lo bajo y se levantó de nuevo.

—Y yo estaré encantado de casarme contigo, aunque seas una Chattan salvaje, malhablada, escurridiza y antipática.

Cora se encogió de hombros.

—Reconoce que forma parte de mi encanto.

—Siempre.

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Justo antes del anochecer, un grupo numeroso de jinetes se acercó al castillo del clan Ross.

En el estandarte portaban el emblema de los MacGillivray, por lo que Ruairidh Ross esbozó una sonrisa.

Estaba tan nervioso durante todo el día que él mismo se había apostado en la muralla de su castillo para ver llegar a sus aliados.

Y cuando por fin lo hicieron, dio una palmada de alegría.

—La verdad es que va a ser una sorpresa —dijo su segundo al mando.

Ruairidh asintió y se frotó las manos.

—Estoy deseando ver la cara que ponen cuando se enteren de que su hermano desaparecido sigue vivo y lo tengo en nuestras mazmorras…

—Querrán matarlo…

Ruairidh se encogió de hombros.

—Eso no me preocupa. No es mi problema. Ordena que abran el portón.

El laird se dio la vuelta para descender por las escaleras y esperar a sus invitados en mitad del patio. Minutos después, el grupo de jinetes atravesó el portón y paró cerca de él. Bajaron el estandarte y se acercaron a saludar a Ruairidh, que los esperaba con una amplia sonrisa.

—Creo que es la primera vez que te veo sonreír, amigo —dijo Adam al estrecharle la mano.

Ruairidh torció la cabeza e hizo lo mismo con Neil, el hermano menor de los MacGillivray.

—Lo que os tengo preparado es algo me excita sobremanera.

Neil se cruzó de brazos y arqueó una ceja.

—¿Vamos a atacar a los Chattan entre todos tus aliados? ¿Volvemos a la guerra abierta?

Ruairidh negó con la cabeza.

—Es algo mucho mejor.

Adam suspiró y miró a su alrededor, interesado, pero no vio nada extraño o diferente a la última vez que estuvieron allí.

—Nos tienes en ascuas…

—Ayer se presentó en el castillo la pequeña de los Chattan.

Ambos hermanos arquearon las cejas al mismo tiempo.

—¿Cora Chattan vino aquí?

—Exacto. Se entregó para intentar acabar con los ataques a su clan.

Adam sonrió.

—Vaya, esa muchacha tiene más arrestos que muchos hombres que conozco…

—Sí, me cuesta reconocerlo, pero tienes razón. No obstante, no es la única sorpresa.

—Tú dirás.

—Esta mañana, cuando pensaba torturarla, hemos recibido otra visita que no solo ha sido inesperada, sino también reveladora y sorprendente que me ha obligado a cambiar de planes y esperar a que llegarais para que vosotros mismos pudierais ver con vuestros ojos al susodicho.

Ruairidh se relamió los labios.

— ¿De quién se trata? —preguntó Adam.

—De vuestro hermano mayor, Alasdair MacGillivray.