Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 15 #3
78%

CAPÍTULO 15 #3

—Sé que no merezco nada de ti porque te he hecho daño, pero yo solo era un niño protegiendo a una bebé.

Estaba tan asustado… Y ese miedo jamás ha desaparecido.

Al contrario, cuando la guerra estalló, sabía que estabas en medio, pero no se lo podía contar a nadie.

Tu padre te puso a mi cargo sin que lo supieras y cuando este murió, sentí que no podía fallarle.

Nunca he tenido la oportunidad de poder fallar a nadie.

Siempre debía estar ahí, como si yo no tuviera sentimientos, como si todo esto no fuera conmigo, Cora. Y sé que no he actuado como merecías.

Las lágrimas corrían por el rostro de la joven, que apretó los dedos de Alasdair antes de dejar caer la mano con el alma hecha pedazos.

—No me digas eso, Alasdair.

—Es lo que siento.

—Pero es lo que me hace arrepentirme de lo que hice…

Hacía tiempo que pensaba en entregarme, pero siempre aparecías tú y con tu sola presencia desaparecían las dudas.

El otro día, cuando me rechazaste, sentí que ya no tenía nada por lo que ocultarme y por eso vine aquí.

Ahora por mi culpa estamos atrapados y nos van a matar. Si hubiera sabido esto…

La joven apartó la mirada y se limpió las lágrimas con rabia.

—Hace tantos años que te amo, Alasdair, que me duele terriblemente. Desde el momento en el que me llamaste mocosa por primera vez sentí que me estabas retando en la vida, y eso me gustó. Tú me gustaste. Y deseaba incansablemente llamar tu atención, como fuera.

—Te aseguro que lo hacías.

—Las cosas podrían haber sido diferentes. Habríamos ideado un plan para cambiar la profecía.

—Tomé todas las precauciones posibles y aquí estamos.

Cora resopló y lo miró a través de los barrotes.

—Me niego a aceptar la muerte.

—Antes te habrías dejado morir —replicó el guerrero.

—¡Por salvarte! —exclamó la joven con ira renovada—. ¿Preferirías que te hubiera ensartado en mi espada?

Alasdair sonrió y negó con la cabeza.

—No puedes imaginar ni por un segundo lo preciosa que eres cuando te enfadas.

Cora no pudo evitar sonrojarse.

—Eres tan hermosa… Cualquiera que estuviera en mi lugar también se habría enamorado de ti.

Eres verdaderamente especial y aún no lo sabes.

Te brillan los ojos cuando te hacen un requiebro, pero también cuando te enfadas.

Tus mejillas se sonrojan cuando algo se sale de lo que tú esperabas.

Llevas siempre el pelo suelto para demostrar tu rebeldía; pisas fuerte cuando llegas a un lugar que desconoces y tienes que mostrarte orgullosa; te muerdes el labio cuando estás nerviosa y miras hacia arriba cuando piensas…

Nunca he dejado de mirarte o de protegerte, pero tampoco de amarte, Cora.

Y si morimos, al menos lo haré después de haberte dejado las cosas claras.

—Es una pena que no hayamos podido tener al menos una oportunidad… ¿Sabes que a veces te espiaba escondida detrás de un arbusto mientras tú te bañabas en el lago?

Alasdair frunció el ceño.

—¿Me espiabas?

Cora sonrió entre lágrimas.

—Al menos tú no eras el único que lo hacía. ¿Nunca pensaste en abandonar y hacer tu vida en otro lugar?

Alasdair negó con la cabeza.

—¿Y dejar a la mujer que amaba en manos de quien pudiera hacerle daño? Jamás.

Cora se sonrojó de nuevo y apoyó la cabeza contra los barrotes.

—Si salimos de esta, pienso obligarte a casarte conmigo, Alasdair MacGillivray.

—Si salimos de esta, no pienso perdonarte que nos metieras en esto por haber estado tan ciega y no darte cuenta de que te llevo amando durante años…

Cora suspiró y negó con la cabeza.

—La verdad es que jamás imaginé que alguien me declararía su amor metido en una celda…

—Para que veas que soy un hombre original…

Cora lanzó una carcajada y se limpió el resto de las lágrimas.

—Entonces, ¿puedo decir libremente que amo a Alasdair MacGillivray? Mi gatito…

—Si me vuelves a llamar así, puede que solo intente salvar mi culo de este castillo.

La joven sonrió y lo miró en silencio durante un largo rato.

Ambos se sostuvieron la mirada sin añadir nada más.

Habían hablado mucho de lo sucedido durante los años anteriores y debían guardar para sí es información, además de gestionarla.

A pesar de que el día solo había llegado al mediodía habían ocurrido demasiadas cosas.

Estaban cansados, heridos y doloridos. Solo deseaban regresar a su hogar para intentar iniciar la vida que deseaban. Pero era muy complicado conseguirlo.

—Debería seguir odiándote por haberme hecho pensar que me odiabas.

Alasdair sonrió de lado.

—Tú no me odias. Me amas.

Cora arqueó una ceja.

—Aún me lo estoy pensando…

El guerrero dejó escapar una risa profunda que llenó el espacio en las mazmorras.

Pocas eran las veces que lo había escuchado reír o que lo había visto sonreír, pero desde que estaban allí metidos había visto más que nunca esos gestos a pesar de la situación en la que se encontraban.

Todo le parecía que formaba parte de un sueño, pero el dolor de su cuerpo le recordaba que no estaba soñando, sino que era real.

Por fin se habían confesado sus sentimientos y ambos se habían sorprendido de lo que el otro había dicho.

Pero aún rondaba una pregunta más en la mente de Cora, que no tardó en formular:

—Por cierto, ¿cómo os enterasteis de la profecía? ¿Quién tuvo esa visión?

—Pensaba que no harías nunca esa pregunta —respondió Alasdair—. Fui yo.