CAPÍTULO 15 #2
Cora se quedó sin palabras en ese instante.
Su boca se abrió por la sorpresa y, rápidamente, su mente viajó a ese momento.
Lo había espiado en la oscuridad de la noche, pensando que no había sido vista, pero después él la descubrió y ella decidió mostrarle su nueva espada de madera.
Esa misma noche, quemó su muñeco en el fuego de la chimenea para demostrarle que era una guerrera y ya había dejado de ser una niña.
—Pero tú en ese momento no eras tan mayor, Alasdair. ¿Cuántos años tenían tus hermanos para matar a tu padre?
—Imagínatelo… Los suficientes como para dejar que Ross manipulara su mente y los convenciera de ello.
Cora suspiró. Tenía tanta información de golpe que no sabía cómo procesarla. La joven volvió a dejar su puesto junto a los barrotes y caminó de un lado a otro de la celda. Le dolía terriblemente la cabeza, pero mucho más el alma y el corazón ante todo lo que estaba viviendo.
Finalmente, acabó en el mismo lugar, bajo la atenta mirada de Alasdair, que no se había movido ni un solo centímetro.
—Sigo sin entender cómo has podido fingir todos estos años sin volverte loco.
—Porque al final tus hermanos eran mi familia.
Cora lo miró y se tragó un resoplo. Durante años, la joven se había metido con él, lo había insultado, le había pedido que se marchara, se habían enfrentado… y él había aguantado por el bien de ella.
Las lágrimas acudieron a sus ojos y necesitó apartar la mirada.
—No te guardo rencor por nada, si es lo que te preocupa —dijo Alasdair como si hubiera adivinado sus pensamientos.
La joven arqueó sus cejas, provocando la risa del guerrero.
—Te conozco demasiado…
—La parte que está furiosa contigo no acepta tus palabras, pero la que siente lástima… Lo siento, Alasdair.
El guerrero se encogió de hombros y le sonrió.
—Hay algo que aún me sorprende de todo esto —acabó diciendo Cora después de esperar unas palabras del guerrero y ver que no iban a llegar—. Tus hermanos han acudido muchísimas veces a nuestro castillo, ¿por qué nunca os habéis cruzado? ¿Y en la batalla?
—Tu padre era un gran estratega, y muy inteligente.
Yo nunca fui a ninguna batalla. Tu padre siempre ponía la excusa ante los demás de que debía dejar a alguien al mando del castillo y de la protección de su familia.
Por eso, nunca fui a esas batallas entre los clanes.
Y en cuanto a mis hermanos, no sé si recuerdas que cada vez que había una reunión en tu castillo, yo desaparecía con la llegada de todo el mundo…
Cora asintió y dejó escapar una risa.
—Y cómo es posible que ninguno nos diéramos cuenta de ello…
—Ahora Rowan lo sabe. Vio una carta de mi padre entre los papeles del vuestro. Me pidió explicaciones y tuve que dárselas justo antes de salir en tu busca…
—Vaya, supongo que ha debido de ser muy difícil para él.
—Tanto como para cualquiera…
Cora clavó su mirada en él y vio el sufrimiento en sus ojos. Ella misma debía de tener la misma cara, pues toda esa información no era fácil de asimilar.
—Puedes seguir haciendo preguntas. Esta vez, te contaré toda la verdad sin ocultar nada.
Cora lo miró durante unos segundos, hasta que una pregunta se escapó de su garganta.
—¿Por qué me rechazaste?
Alasdair arqueó una ceja, sorprendido. Había esperado una pregunta sobre la profecía o sobre lo que había pasado a lo largo de esos años, pero esa lo pilló desprevenido. Su rostro se tornó serio y suspiró largamente antes de responder.
—No quería hacerte daño.
La joven lo cortó con un resoplo.
—Oh, por favor, Alasdair, has dicho que serías ser sincero.
El guerrero dudó un instante con la mirada puesta sobre ella y respiró hondo.
—Hay una parte de la profecía que nadie conoce. Tan solo mi padre y yo…
El guerrero se apartó de los barrotes por primera vez y caminó por la celda mientras ponía sus pensamientos en orden. Finalmente, acabó apoyándose de nuevo contra ellos con la mirada sobre la joven.
—Según la profecía, si yo me enamoraba de ti, ambos acabaríamos muertos.
Por eso siempre te alejaba de mí. Te trataba mal para que me dejaras en paz y sintieras miedo u odio hacia mí, no otro sentimiento.
Veía tus ojos y se notaba a leguas el cariño que sentías por mí.
Por eso, para evitar que te acercaras más, te insultaba o te decía algo hiriente.
Pero… con el paso de los años yo ya sabía que había algo más que no podía controlar.
Algo despertó en mí y sentía la imperiosa necesidad de estar contigo, de ser visto por ti, de que me miraras como un hombre, no como un hermano, pero después recordaba la profecía y volvía a intentar alejarte.
Alasdair dejó caer la frente contra los barrotes y la miró con ojos desolados, casi suplicantes, tanto que Cora imitó su gesto.
—¿Cómo la otra mañana después de acostarnos juntos?
—Exacto. Recordé lo que habíamos hecho y la profecía y estaba seguro de que acabaríamos muertos.
La joven se quedó estupefacta. De toda la información que Alasdair le había dado en cuestión de minutos, aquella sin lugar a dudas era la más sorprendente de todas. Acababa de descubrir que nunca la había odiado, que solo lo hacía para salvarla, y eso provocó que le doliera terriblemente el pecho.
—Cora, sería capaz de destruir este castillo piedra por piedra tan solo para salvarte —dijo con suavidad.
—Alasdair —suspiró la joven con un nudo en el pecho, cerrando los ojos.
—Mírame, Cora.
La joven dudó un instante, pero acabó abriéndolos.
Vio que el guerrero había alargado una mano a través de las celdas y reclamaba la suya.
A pesar de sus dudas, Cora alargó también la suya y se tocaron por fin.
Lo que ambos sintieron en ese momento fue tan brutal que se sobresaltaron, como si todo lo que hubieran vivido hubiera adquirido otro sentido diferente.
—Eres la única mujer a la que he amado en mi vida.
Si he hecho todo esto ha sido para protegerte porque no podría soportar la vida si tú no estás a mi lado.
Toda mi existencia ha girado en torno a ti, a tu protección, a tu conocimiento, al amor que te profeso…
Pero no quería que acabaras muerta. Tal vez las formas no fueron las correctas, pero es que nadie me dijo cómo debía sobrevivir con seis años en un castillo desconocido, con personas a las que tampoco conocía, ocultando mi identidad y con una profecía que nos perseguiría toda la vida. Yo…
Alasdair suspiró largamente con un nudo en la garganta.