Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

La cara de Ruairidh Ross era todo un poema.

En el patio, todo el mundo se quedó estupefacto ante la declaración sobre la verdadera identidad de Alasdair.

Todo el mundo conocía a los hermanos MacGillivray, pero nadie sabía dónde estaba el hermano mayor, desaparecido años atrás.

De hecho, todos pensaban que había muerto, incluso sus propios hermanos de sangre.

Pero ahora que Alasdair MacGillivray había dado la cara y había descubierto su identidad, todo cambiada de repente. La profecía decía que él ayudaría a Cora Chattan a acabar con el clan Ross, por lo que tenían ante ellos a los dos culpables de su posible muerte. Y no había nadie para salvarlos.

Por ello, a pesar de la sorpresa inicial, el laird Ross sonrió ligeramente y se acercó a Alasdair y Cora, que seguía mirando al primero como si le hubieran salido dos cabezas.

—Así que tú eres el hijo pródigo.

—Soy el heredero que tuvo que huir de su hogar porque sabía que sería perseguido de por vida hasta darle muerte. Y lo peor de todo es que lo harían mis propios hermanos.

Ross sonrió.

—Y te escondiste entre los Chattan. Qué gran idea… Ocultar a los protagonistas de la profecía en el mismo castillo…

Alasdair elevó el mentón con orgullo.

—Gentileza de mi padre.

—Un desgraciado.

El guerrero rechinó los dientes.

—Tú lo eres más —replicó enseguida.

Ross se acercó a él, quedándose a un escaso metro de distancia. Volvió a mirarlo de arriba abajo, como si algo en él hubiera cambiado después de conocer su verdadera historia.

—Ahora entiendo la protección que sentías hacia ella… Lamento decepcionarte, pero no te ha servido para nada.

—Nunca se sabe…

El laird los miró a ambos.

—Está previsto que tus hermanos vengan esta noche. Teníamos pensado atacar de nuevo a los Chattan, pero ahora que os tenemos aquí las cosas han cambiado… Estoy seguro de que se alegrarán de saber que su hermano sigue vivo y que lo tengo apresado.

—No te servirá de nada. Mis hermanos mataron a nuestro propio padre, Ross, cuando tuvieron fuerza suficiente como para sostener una espada. ¿De verdad crees que son leales a ti?

—Lo han sido hasta ahora.

Alasdair sonrió de lado.

—Dales tiempo…

Ruairidh Ross miró a varios de sus hombres.

—Aún no quiero matarlos. Apresadlos y llevadlos a las mazmorras. Metedlos en celdas diferentes.

Y mirando de nuevo a Cora, le dijo:

—Has tenido suerte, muchacha. Gracias a MacGillivray vivirás un poco más.

Y a pesar de que esperó un tiempo para que la joven le respondiera, esta se encontraba tan sorprendida por la verdadera identidad de Alasdair que no encontró las palabras para ello.

—Y tú no cantes victoria, muchacho —le dijo a Alasdair—. Cuando tus hermanos lleguen, desearás no haber salido de tu escondite.

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El silencio se había hecho en las mazmorras cuando fueron llevados allí.

Cora se encontraba de espaldas a los barrotes, por lo tanto, también le daba la espalda a Alasdair.

Aún seguía sin encontrar las palabras para hablarle.

Su corazón latía demasiado deprisa a medida que llevaba de nuevo a su mente todos los recuerdos que tenía de Alasdair desde que era pequeña.

En todos los momentos más importantes de su vida había estado él: siempre vigilante, siempre atento, pero nunca inmiscuyéndose demasiado.

La había rechazado, la había rehuido, pero siempre aparecía cuando ella necesitaba a alguien.

Ahora comprendía el motivo de todo. Sin embargo, le surgían tantas cuestiones que no lograba ordenarlas para comenzar a preguntar.

—Estás enfadada conmigo…

No fue una pregunta, sino una afirmación. Cora se sobresaltó al escuchar su voz, ya que hizo eco en aquellas celdas y pareció aún más profunda de lo que ya era.

Lentamente, la joven se giró hacia él. Levantó la mirada hacia aquel mar revuelto que tenía por ojos y frunció el ceño.

Cora dio un par de pasos hacia adelante para acercarse más y tocó los barrotes.

Sintió en la palma de su mano el frío de estos, pero no era tan poderoso como el frío que recorría su interior en ese instante.

Lo vio con los brazos apoyados contra los barrotes de su propia celda y la frente apoyada sobre estos.

Desde allí, la observaba con interés y totalmente arrepentido.

Su mirada había cambiado por completo a una muy diferente.

No era el Alasdair que ella conocía, pero tampoco el que se había enfrentado a Ruairidh Ross en el patio.

Era un hombre diferente. Ya no era Alasdair Mackay.

Ahora se trataba de Alasdair MacGillivray.

—La verdad es que no sé qué decirte —dijo lentamente—.

Por una parte, estoy sorprendida de haber descubierto que todo el tiempo has estado a mi lado a pesar de que me devanaba la cabeza pensando quién demonios sería ese “gato mayor” y dónde estaría.

Y siempre has estado ahí, conmigo. Ahora entiendo por qué aparecías siempre, como si supieras todo sobre mí.

Alasdair sonrió con tristeza y apartó ligeramente la mirada, pero Cora siguió mirándolo.

—Sin embargo, por otra parte, sí, estoy furiosa contigo, Alasdair. ¿Por qué nunca me has dicho nada? Nos has engañado a todos…

El guerrero la miró de nuevo y suspiró.

—Eso no es cierto, Cora. Tus padres sí lo sabían.

Los ojos de la joven se abrieron desmesuradamente y dio un paso atrás, como si la hubiera golpeado.

—¿Qué? —preguntó en un hilo de voz.

Alasdair carraspeó y miró hacia otro lado mientras ordenaba sus pensamientos.

—Siento mucho no haber podido contarte nada —fue lo primero que le dijo, nervioso.

Cora resopló y se apartó de los barrotes, mientras llevaba las manos a sus sienes y las masajeaba.

—Esto es demasiado… No puede ser real… —murmuró incapaz de creer lo que había escuchado.

La joven paseó por la celda bajo la atenta mirada de Alasdair, que deseaba arrancar los barrotes para cruzar junto a ella y poder estar a su lado. Por primera vez en su vida se sentía tan frustrado que no sabía manejar la situación, por lo que se golpeó ligeramente la cabeza contra los barrotes.

—Si me dejas que te lo explique, Cora… —suplicó.

La joven renegó entre dientes y se quedó quieta en medio de la celda, mirándolo. Lentamente, se acercó de nuevo a los hierros y clavó su mirada en él.

—Hazlo… porque si no lo haces ahora mismo y muero sin saber por qué tantos años de mentiras, pienso perseguirte toda la eternidad.

Alasdair respiró hondo, intentó ordenar sus pensamientos y comenzó:

—Mi padre tuvo que sacarme de nuestro castillo cuando yo solo tenía seis años porque sabíamos que iban a matarme por esa profecía.

A pesar de que era el primogénito del clan y heredero de la jefatura, mi padre decidió alejarme de él para que tuviera la oportunidad de poder sobrevivir que no tendría en mi propio clan.

Tu padre nos recibió porque era amigo de mi padre, aunque parezca mentira que los MacGillivray tuvieran buena relación con tu padre.

Cora arrugó el rostro, sorprendida.

—¿Entre ellos no había problemas como ahora?

—No. De hecho, mi padre le había hecho favores al tuyo y por eso acudimos a él aquella noche.

Mi padre le contó todo lo de la profecía y lo pusimos en alerta sobre ti.

Fue entonces cuando decidieron que usara el apellido de soltera de mi madre, por seguridad.

Tu madre también sabía quién era yo, pero le juró a tu padre que jamás os diría nada.

Incluso sé que tu padre no le había contado ciertas cosas para evitar preocuparla, así que no se lo tengas en cuenta.

—Pero ella nos habló de ti, del “gato mayor”. ¿Por qué no nos dijo que eras tú?

—Por esa promesa hecha a tu padre y porque no quería condicionarte sobre mí. Sabía que nuestra relación no era la mejor, así que no quería obligarte a cambiar lo que pensabas de mí.

—¿Y nunca has tenido la necesidad de contar qui é n eras?

Alasdair rio suavemente y se atusó la barba.

—Todos los días de mi vida desde que llegué al castillo. Pero has tenido muchas oportunidades de descubrir mi identidad. Nunca me he quitado el colgante de los MacGillivray.

Cora rodó los ojos.

—Por favor, Alasdair, nunca me has dejado tocarlo.

El guerrero sonrió.

—No podía ser demasiado evidente. De todas formas, pensaba que acabarías descubriéndolo. Desde que tu madre contó la profecía a todos he ido dejando pistas, Cora, pero no eras capaz de verlas. Te repetía una y otra vez que era tu protector y aparecía cuando menos lo esperabas.

La joven lo miró, incómoda.

—Pensaba que lo hacías para alejarme de Nic.

Alasdair dejó escapar una risa al tiempo que se mordía el labio inferior, provocando que Cora llevara su atención hacia ese gesto.

—Ese era el segundo motivo. No podía verlo revoloteando a tu lado.

La joven tragó saliva y desvió su mirada.

—¿Con mi madre nunca hablaste de la profecía o de lo que debías hacer?

—Lo hice una vez hará unos diez años. Nunca me preguntó, pero cuando fui lo suficientemente mayor, sí lo hizo. Le expliqué lo justo y nunca volvió a hacer mención a eso.

—Podríais habernos dicho algo cuando comenzó la guerra.

—¿Para qué preocuparos?

Cora arrugó el rostro.

—¿Para qué vivir preocupado tú solo?

La joven se pasó las manos por el rostro. Su mente era un hervidero de preguntas que no sabía cómo ordenar.

—Antes, has dicho que tus hermanos mataron a tu propio padre. ¿Cómo te enteraste?

El rostro de Alasdair se tornó más serio y ligeramente triste.

—Me lo contó tu padre. Fue él quien recibió la noticia de su asesinato y no tardó ni un minuto en buscarme para contármelo. Fue el mismo día en el que te vi en la sala de armas y te insulté por llevar ese muñeco de trapo.