Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 14 #5
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CAPÍTULO 14 #5

—Levántate —insistió.

—Todo lo que he hecho ha sido por y para ti, Cora —susurró Alasdair—. No porque te odie, sino porque te amo.

El labio inferior de la joven tembló al escuchar esas palabras y no pudo evitar que más lágrimas corrieran por sus mejillas.

—No… no me digas esto ahora, Alasdair.

—Quería protegerte, pero he fallado. Siempre has sido tú, Cora. Y aún no te has dado cuenta…

La joven frunció el ceño. Tenía la impresión de que Alasdair quería decirle algo, pero ella no lograba entenderlo. Había una expresión extraña en su mirada que no llegaba a descifrar.

—¿Qué quieres decir?

—Que solo quise alejarte de mí para evitar esto…

La joven abrió la boca para responder, pero la voz de Ruairidh Ross rompió el silencio del resto del patio. Cora se sobresaltó. Durante un instante, había olvidado por completo que estaban rodeados de sus enemigos, por lo que elevó la mirada hacia él.

—¡Mátalo! —le exigió Ross.

Cora negó con la cabeza y se acercó ligeramente a él, dejando a Alasdair aún de rodillas en el suelo.

—Haré lo que sea, pero déjalo marchar.

—¡No, Cora! —pidió Alasdair sin moverse.

—Escúchame a mí. Puedo darte tierras. Una parte del clan Chattan me pertenece por herencia. Puedo hacer un escrito para que sea tuyo, pero déjalo marchar.

Ross la miró de arriba abajo.

—¿Tanto te importa su vida?

—Solo quiero que me deje aquí. Él no pinta nada en todo esto. Por favor…

Cora sentía que apenas podía respirar.

—Puedo ofreceros mi cuerpo —le susurró.

Pero a pesar de que intentó que solo la escuchara Ross, Alasdair también lo logró oír y se puso en pie. Desde allí pudo escuchar cómo se tensaban aún más los arcos que los apuntaban, por lo que se mantuvo quieto.

—¿Qué demonios haces, Cora?

—Déjalo libre, Ross, y me entregaré a todos tus hombres. Tú incluido. Haré lo que sea, pero que él viva…

Ruairidh fingió meditarlo.

—Sería algo que me gustaría mucho, muchacha. Pero me divierte más la idea de veros morir… ¡Disparadle!

—¡No! —vociferó Cora, horrorizada.

La joven se giró hacia Alasdair, que estaba a varios metros de ella, mirándola con el ceño fruncido.

Esta lo miró con el terror reflejado en el cuerpo y, aunque intentó correr hacia él para protegerlo con su cuerpo, una de las flechas silbó cerca de ellos y se clavó de forma certera en el pecho de Alasdair.

Este se vio impulsado ligeramente hacia atrás con los ojos muy abiertos.

Los pies de Cora se quedaron clavados en el suelo, incapaz de moverse, pero sin poder apartar la mirada de él.

No vio sangre, no escuchó un gemido de dolor, ni siquiera lo vio temblar para caer de rodillas al suelo, sino que Alasdair se quedó de pie, con la mirada ligeramente más abierta, pero vivo.

Todo a su alrededor se quedó en silencio. Los guerreros del clan Ross no sabían qué había pasado ni por qué seguía vivo. Incluso el propio laird Ross se quedó de piedra al ver la flecha clavada en su pecho.

Con lentitud, Alasdair miró hacia abajo y descubrió lo que había pasado.

Sus manos se elevaron hacia la flecha, la cual agarró con fuerza y la extrajo del lugar en el que se había clavado.

Ni quisiera le había rozado, sino que se había clavado en su colgante; el mismo que su padre le había dado aquella fatídica noche en la que fue llevado al castillo Chattan.

Alasdair sacó el colgante de entre su ropa y lo examinó. La punta de la flecha se había quedado grabada en la madera, provocando que el emblema de su clan quedara ligeramente borroso, aunque aún podía verse claramente el animal grabado en él.

Cuando levantó la mirada, profunda, casi provocadora, vio el terror dibujado en el rostro de Cora y la estupefacción en el del laird Ross, y supo que su momento había llegado.

Alasdair tragó saliva y aferró con fuerza la flecha y el colgante en su mano. Después, dio un paso hacia ellos, quedándose parado al lado de Cora, que aún lo miraba como si fuera un fantasma que había regresado de entre los muertos.

—Hay un detalle que se me ha escapado confesar cuando he llegado aquí, Ross —dijo con voz profunda.

Este lo miró con intención de hablarle, pero seguía tan sorprendido que no pudo decir nada, por lo que el guerrero siguió. Cuadró los hombros y llevó sus manos a la espalda, como si estuviera ante su propio laird. De repente, Cora vio que algo había cambiado en la mirada de Alasdair.

—Antes has dicho que no soy más que un simple guerrero que carezco de clan, pero me temo que debo aclararte algo…

Mackay era el apellido de soltera de mi madre.

Mi nombre real es Alasdair MacGillivray, hijo primogénito del laird James MacGillivray, asesinado por sus propios hijos menores, traidores a la sangre, para hacerse con el poder y aliarse contigo.

Soy el único heredero de la jefatura de mi clan, por encima de los usurpadores que llevan mi propia sangre.

Yo soy el “gato mayor” al que habéis estado buscando durante años junto a la pequeña de los Chattan.

Pues bien, aquí me tienes después de clavarme una flecha en el pecho…