CAPÍTULO 14 #4
Cora lo miró sin comprender qué demonios le estaba pasando.
Minutos antes le había espetado que no tenía valor para nadie y, de repente, la sorprendía con un beso tan salvaje que le dejó las piernas temblorosas y el aliento entrecortado.
A su alrededor, todo eran vítores y gritos, pero ella solo podía escuchar los rápidos latidos de su corazón.
Sus ojos estaban puestos sobre Alasdair.
El pelo de este estaba totalmente revuelto, podía ver el sudor asomando por su frente y su fuerte pecho subía y bajaba al tiempo que las gotas caían del cielo con parsimonia, como si estuvieran esperando a descargar sus nubes con fuerza una vez alguno de ellos estuviera muerto y tuvieran que limpiar la sangre del patio del castillo.
— ¿Por qué has hecho eso?
—¿De verdad hace falta explicártelo, Cora?
Alasdair no le dio tiempo a responder, sino que se lanzó contra ella de nuevo. A duras penas, Cora logró parar su estocada, pues lo único que de verdad necesitaba y quería hacer era hablar con él seriamente. Pero no podían. El tiempo corría en su contra y solo les quedaba luchar.
Con un movimiento de espada, y sin querer, la joven le abrió una herida en el brazo.
El guerrero siseó de dolor, pero Cora estuvo a punto de insultarlo, pues claramente se había puesto a propósito para ser herido.
Al ver la sangre, los Ross comenzaron a gritar de placer, pero en el rostro de la joven se dibujó una expresión de auténtico horror.
Lo miró a los ojos y descubrió que se había dejado herir.
—¿Por qué no te has movido?
—Porque quieren sangre, Cora.
—¿Y tiene que ser la tuya?
—¿Te preocupas por mí? Pensaba que ya me odiabas…
—Y lo hago, maldita sea.
Alasdair le guiñó un ojo y sonrió.
—Entonces, sigue odiándome y abre más heridas o lanzarán sobre nosotros una lluvia de flechas —le dijo abriendo los brazos y dejando el camino libre.
—Estás muy equivocado si crees que voy a herirte —le dijo mirando la sangre que ya corría por la hoja de su espada.
—Entonces, tendré que repetir que me arrepiento de haberme encamado contigo…
Cora lanzó un rugido y volvió a atacarlo, pero con cuidado de no abrirle más heridas.
Sin embargo, en un momento dado, giró sobre sí misma para moverse hacia un lado de Alasdair y fue ella la que esta vez se puso en el recorrido de la espada del guerrero.
La afilada hoja le abrió una herida en el costado.
Cora gruñó por lo bajo y provocó que Alasdair la mirara con odio.
—No vuelvas a hacer eso, Cora —le advirtió.
Pero la joven acabó sonriéndole.
—Si tú derramas tu sangre, yo también lo haré con la mía.
Alasdair rugió de rabia.
—A ti te quiero con vida.
—Pues tenemos un problema porque yo deseo lo mismo que tú —respondió intentando ignorar el nerviosismo que se posó en su estómago al escuchar esas palabras.
—¿No se supone que nos odiamos?
Cora no respondió, sino que se limitó a observarlo al tiempo que daba un paso hacia atrás.
Necesitaba poner distancia con Alasdair o acabaría volviéndose loca ante la situación tan extraña y particular que estaba viviendo.
Cuando salió del castillo, habría deseado enfrentarse a él y herirlo, pero ahora solo quería darle una oportunidad para vivir.
Que el guerrero apareciera en el castillo Ross implicó que todos sus planes se trastocaran y no fuera capaz de pensar con claridad.
Por una parte, lo odiaba terriblemente, pero, por otra, sentía que lo amaba más que nunca, ya que se había arriesgado al llegar allí él solo. Por ella…
—Lo que se supone es que hoy es el día de mi muerte. Vete de aquí.
Alasdair negó con la cabeza al tiempo que dibujaba un círculo lentamente y giraba la espada en su mano.
—No mientras yo siga vivo, Cora. No vas a morir.
—Tú y tu maldita protección, Alasdair —le espetó—. Siempre en medio.
El guerrero sonrió con tristeza.
—Aún no te has dado cuenta, ¿verdad? Ni tú ni nadie.
—Darme cuenta ¿de qué?
—De que si estaba ahí no era porque lo ordenara Rowan… —respondió sin especificar nada.
Cora lo miró sin comprender.
—No me importa dar mi vida para salvar la tuya, pelirroja.
La joven sintió un nudo en la garganta al ver que Alasdair tiraba al espada a un lado y se ponía de rodillas frente a ella con los brazos abiertos. Cora lo miró con auténtico horror mientras los demás gritaban de alegría.
Ella dio un paso atrás y negó con la cabeza.
—Apúntame con tu espada, Cora, y mátame.
Esta estuvo a punto de desmayarse. Las piernas le temblaban como nunca, su corazón latía a una velocidad que parecía querer salir por su boca, la mano que aferraba la espada dudó y todo comenzó a girar a su alrededor al pensar en que Alasdair podría morir por su culpa.
No. Él no. A pesar de todo, del odio, del rencor, del rechazo…
seguía amándolo. Su alma clamaba por él, por salvarlo, por ser libre y poder decirle que no lo odiaba, que realmente lo amaba y que solo era una fachada que había tenido que imponerse para evitar sufrir.
Que deseaba acabar con todos únicamente para salvarlo.
—Levántate y agarra tu espada, Alasdair —susurró con insistencia.
Pero el guerrero siguió de rodillas y con los brazos abiertos. Su mirada azul estaba puesta en ella, pero Cora intentaba evitar mirar a ese mar embravecido que tenía en sus ojos.
—No pienso hacerlo. Tus hermanos no llegarán a tiempo y vamos a morir. Prefiero que seas tú quien me mate…
Cora no pudo evitar que las lágrimas se derramaran de sus ojos, corriendo por sus mejillas. Con respiración acelerada, siguió negando.