Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

Escuchar que iban a matar a Alasdair para hacerle daño a ella había logrado que se le retorcieran las entrañas.

Estaba preparada para su propia muerte, pero no para ver que le hacían lo mismo a Alasdair.

Se había marchado del castillo para escapar de él, odiándolo por lo que le había dicho.

Sí, pero la llama de su amor por él no se había apagado en ningún momento.

No podría soportar verlo sufrir o morir, así que haría lo posible para que lo dejaran libre.

Ruairidh Ross la miró por encima del hombro y sonrió.

—¿Te preocupa la vida de tu protector?

—Era mi vida la que querías, no la suya. Deja al resto en paz y mátame a mí.

—Pero ¿qué demonios dices, Cora? —saltó Alasdair con furia.

La joven lo miró, pero rápidamente cambió su mirada hacia Ross, que estaba realmente interesado en aquella conversación.

—Alasdair respetó y cuidó a tu hija por encima de todo durante el tiempo que estuvo en el castillo. Creo que merece ser liberado y perdonado por ello.

Lo vio fruncir el ceño y renegar entre dientes. Mientras tanto, Ross fingió meditarlo, pero acabó negando con la cabeza.

—Este hombre ha tenido los arrestos de presentarse en mi castillo para exigirme algo. ¡A mí! Merece el mismo destino que tú, muchacha.

La joven resopló y dio un paso hacia él, pero uno de los guerreros la aferró del brazo, empujándola de nuevo hacia atrás y haciendo que Alasdair se tensara de golpe.

—Todo condenado a muerte merece una última petición y la mía es que lo liberes.

—¡No, Cora! —exclamó Alasdair intentando dar un paso también hacia ella, aunque lograron frenarlo a tiempo.

El laird Ross se acercó a ella lentamente.

—Veo que tu preocupación por él es demasiado excesiva.

La joven tragó saliva.

—Jamás me preocuparía por alguien que me considera un estorbo —dijo con firmeza, ignorando la expresión en el rostro de Alasdair—, pero quiero ser justa. Soy yo quien apareció en esa profecía. Es a mí a la que debes matar. Ya ha muerto mucha gente en mi nombre.

—Nunca pensé que la pequeña de los Chattan fuera la que más valentía demostraría a lo largo de su vida… —murmuró Ruairidh Ross mirándola a los ojos—. Pero te has equivocado de enemigo, muchacha. Yo no soy justo ni clemente con nadie, y este guerrero morirá hoy contigo.

—Eres un maldito cobarde, Ross —le espetó la joven.

Al instante, este le respondió con una bofetada que logró cruzarle la cara. Alasdair intentó lanzarse sobre él, pero lo pararon entre varios guerreros.

Ross se giró hacia él con una sonrisa.

—Cambio de planes. Llevaos estos caballos y haced un círculo grande alrededor del patio. No seremos nosotros quienes mataremos a estos desgraciados, sino que lo harán ellos.

—No voy a enfrentarme a nadie —respondió la joven, ganándose de nuevo una mirada del laird Ross.

—Mackay te matará y tú a él. El protector matará a su protegida y la protegida matará a su protector.

—¡Me niego! —exclamó Cora de nuevo.

Pero Ross sonrió al tiempo que sus hombres llevaban a cabo su orden. Rápidamente, el círculo se formó alrededor del patio. Y uno de los guerreros del clan se acercó al laird para llevarle la espada de Cora. La tomó entre sus manos y los miró con una sonrisa.

—Mis hombres estarán pendientes de cada movimiento vuestro. Si pretendéis hacer daño a alguno de nosotros, una lluvia de flechas caerá sobre vuestras cabezas, así que espero que nos entretengáis unos minutos.

En lugar de entregarle la espada a Cora en sus manos, la tiró a sus pies y los hombres que aferraban tanto a la joven como a Alasdair los soltaron. Ross se alejó de ellos y en el centro del círculo quedaron únicamente ellos.

Ambos miraron a su alrededor con la esperanza de encontrar alguna salida, pero estaban totalmente rodeados de enemigos sedientos de sangre.

Cora miró de reojo a Alasdair y le espetó:

— ¿Se puede saber qué demonios haces aquí? Mira la que has liado.

El guerrero le devolvió una mirada irónica.

—¿De verdad has tenido los cojones de echarme en cara todo esto? Si te hubieras quedado en el castillo…

Le respondió en voz baja para evitar que el resto los escuchara.

—¿Para qué? Aquí al menos podía haber salvado a mi familia.

—Es la mayor tontería que has hecho en tu vida.

—Dar mi vida por los que amo no es una estupidez.

—No te hagas la tonta, Cora. Esto lo hiciste después de…

Alasdair se obligó a callarse, pero ya era demasiado tarde.

—¡Dilo! —exclamó la joven—. Después de rechazarme de nuevo. Y sí, lo hice también para alejarme de ti.

Alasdair apretó los puños y la miró.

—Has perdido el juicio. Moriremos todos igualmente.

—No pienso coger esa espada para luchar contra ti.

—Entonces, vamos a morir antes de lo que esperaba… Cobarde.

Al tiempo que se dibujaba una expresión sorprendida en el rostro de la joven, Alasdair desenvainó la espada.

—Vamos a ganar algo de tiempo —le pidió el guerrero—. Los MacBean seguramente ya habrán llegado a tu hogar y estarán de camino hacia aquí.

Cora negó con la cabeza y dio un paso atrás, alejándose de él.

—¡Vamos! —vociferó el laird Ross—. ¿A qué esperáis para comenzar?

—No voy a luchar contra ti, Alasdair. Quieren que te mate.

El guerrero la apuntó con la punta de su arma.

—Coge tu puta espada ahora mismo, Cora —siseó—. No voy a permitir que te dejes morir.

—No voy a luchar contra ti —repitió la joven con el terror reflejado en sus ojos.

—Y yo no pienso permitir que nos maten sin haber luchado primero por nuestra vida. Te quieres dejar morir, y eso tiene un nombre: cobardía.

Cora apretó los puños y se agachó lentamente a agarrar su espada, aunque no pretendía usarla contra él, sino contra el resto de guerreros Ross.

—No me llames así, Alasdair.

—Aún no sé cómo tu padre decidió nombrarte guerrera si ni siquiera te atreves a luchar contra uno de los tuyos para sobrevivir.

La joven negó con la cabeza.

—Quieren que luchemos para morir, no para vivir.

—¡Vamos! —comenzaron a exclamar sus enemigos.

La mirada de Alasdair barrió el patio hasta clavarse en los arqueros que había apostados en la muralla y los apuntaban directamente con las flechas. Después, bajó la mirada de nuevo hacia Cora, que seguía negándose a luchar contra él.

—Aún no entiendo por qué me encamé contigo la otra noche —comenzó diciendo para provocarla—. Es algo de lo que me arrepentiré toda la vida.

Cora frunció el ceño y sintió un profundo dolor en el centro de su pecho ante sus palabras.

—Un verdadero guerrero no debería meterse en la cama de aquella que se cree guerrera, pero sigue siendo una mocosa sin valor para ningún hombre.

Al instante, Cora rugió de rabia y levantó su espada para cruzarla con él.

Alasdair estuvo a punto de sonreír ante ese gesto.

Le había costado un mundo pronunciar aquellas palabras, pero eran necesarias para evitar que los mataran antes de tiempo.

Había visto la intención en los ojos de los arqueros.

Tenían la orden de disparar y lo harían si no comenzaban a luchar entre ellos.

Y al menos así ganarían algo de tiempo. Estaba seguro de que los Chattan no llegarían a tiempo para salvarlos, pero mientras tuvieran un mínimo de esperanza, debían luchar.

Y Cora parecía haber perdido todo rastro de esperanza tiempo atrás.

No le gustó ver la desilusión en sus ojos, la tristeza, la pena, la entrega al mundo de los muertos.

No estaba dispuesto a permitir que la joven se dejara matar por nadie.

Y si debía sacrificarse por ella, lo haría sin dudarlo.

Lo había hecho toda la vida. Esa era tan solo la última vez que tendría que hacerlo.

Y moriría con el pecho henchido de amor por ella.

Era la única mujer a la que había amado y por la que daría su vida. Su padre estaría orgulloso de él.

Alasdair paró todas y cada una de las estocadas de la joven. En un momento dado, ambas espadas se quedaron cruzadas por encima de sus cabezas y los rostros de ambos, a escasos centímetros el uno del otro:

—Prefiero que seas tú quien me atraviese con tu espada a que lo haga uno de estos desgraciados… —le susurró.

La joven torció la cabeza.

—Vete al infierno, Alasdair.

—Ya estoy en él… —le respondió.

Cora levantó una pierna y lo golpeó en el costado, provocando que el guerrero se viera impulsado hacia atrás.

Las espadas de ambos dejaron de tocarse y ganaron unos segundos de descanso.

La joven estuvo a punto de girarse hacia el laird Ross, a quien veía sonreír de lado, y lanzarle la espada directa al corazón.

Pero logró contenerse debido a que Alasdair se aproximó de nuevo a ella para seguir luchando.

—No hagas ninguna tontería, Cora —le dijo.

—Déjame en paz. Recuerda que no tengo valor para ningún hombre, Alasdair.

El aludido sonrió ligeramente y giró sobre sí mismo cuando Cora intentó herirlo con la punta de la espada, en ese instante, la mano libre del guerrero aferró el brazo de la joven y la obligó a girarse también.

Llevó la mano hacia el cuello de Cora y la besó con fiereza, provocando que los hombres del clan Ross lanzaran vítores.

Los brazos de la joven cayeron a ambos lados de su cuerpo cuando sintió los labios de Alasdair contra los suyos.

Estos se habían unido a los suyos de forma tan salvaje que no tuvo tiempo de reprimir un gemido.

El guerrero la mordió ligeramente y con la misma brusquedad con la que la había besado, la apartó de él.