Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

—Supongo que ya imaginas una de las cosas que tengo preparadas para ti, muchacha…

—¿Hay más sorpresas? —preguntó.

—Ya lo irás descubriendo, pero me temo que tú no lo disfrutarás tanto como nosotros.

Cora no le respondió, sino que se limitó a atravesarlo con la mirada. Este la observó de la misma manera, pero los ojos de la joven eran tan penetrantes que fue el primero en apartar la mirada y dirigirla hacia el resto de sus hombres.

—Siempre he tenido la curiosidad de saber de qué material están hechos los Chattan para ser elegidos por el destino.

El mercenario que acabó con la vida de su madre la miró con una sonrisa y respondió a Ruairidh.

—La familia del laird muere igual que el resto de su clan. Tienen poco aguante. ¿Habéis enterrado ya a la furcia de tu madre y a tu hermano?

Cora tragó saliva antes de cambiar su mirada y dirigirla hacia él. Aún podía recordar el terror que pasó al ver cómo este segaba la vida de su madre y la dejaba como si no tuviera valor alguno en el mundo. Todavía le dolía esa escena de sus recuerdos, pero se obligó a no mostrarlo en su rostro.

—¿Y tú, has enterrado a los tuyos y por eso tienes que ofrecer tu culo a esta gente?

La sonrisa de los labios del mercenario se borró de golpe. Sin lugar a dudas, Cora había dado en el clavo, por lo que no pudo evitar sonreír. El laird Ross tenía razón en algo: parecía ser la elegida del destino y lograba adivinar los flancos débiles de sus enemigos, aunque tarde.

—No te imaginas lo que voy a disfrutar escuchando tus gritos.

Cora lo observó en silencio, haciéndole ver que no le importaban sus palabras.

Al instante, la joven llevó sus ojos hacia los guerreros apostados en la muralla.

En lugar de mantenerse vigilantes hacia el exterior, tenían sus ojos puestos sobre ella, en lo que iban a hacerle en cuestión de minutos.

Y entonces regresó su mirada hacia Ruairidh Ross.

—Tranquila, muchacha, no temas que no morirás con esto. Solo queremos romperte los huesos…

Pero la joven no le respondió. Tragó saliva y elevó el mentón ligeramente, provocando que Ross diera una palmada para prepararse.

Desde la distancia, la presencia de la joven en su castillo, a pesar de que era lo que más deseaba, le resultaba incómodo, casi abrumador.

Por ello, deseaba terminar con ella lo antes posible.

—Atadle las manos y los pies a las cuerdas que cuelgan de los caballos.

En ese instante, Cora sí notó de nuevo el nerviosismo y rezó en silencio para que el sufrimiento fuera poco y muriera cuanto antes.

Sin embargo, cuando el primer guerrero se acercó a ella para atar una de sus muñecas, los guerreros apostados en la muralla se giraron de golpe y una potente voz rompió el silencio del páramo que había justo fuera de allí.

—¡Ruairidh Ross! En el nombre de Dios y del destino, reclamo tu presencia si es que te atreves.

Los ojos de Cora se abrieron desmesuradamente al reconocer aquella voz. Lo habría hecho aunque estuviera bajo tierra, y en silencio esperó a que cualquiera de ellos dijera la siguiente palabra.

El aludido la miró a ella antes de dirigir sus ojos hacia el portón aún cerrado. A una señal suya, uno de sus hombres apartó el arcabuz para abrirlo. La ira se reflejó en sus ojos al descubrir que alguien lo había interrumpido en un momento tan clave ese día.

La mirada de todos se dirigió hacia el hombre que, con precaución y sobre el caballo, cruzó el portón. Los ojos de este volaron hacia Cora para comprobar cómo se encontraba. Y al ver que aún seguía viva, aunque con golpes en la cara, paró el caballo y desmontó.

—¿Quién se atreve a interrumpirme y a reclamar mi presencia en nombre de Dios y el destino?

El aludido soltó las riendas del caballo y se acercó unos pasos a él, aunque rápidamente los guerreros del laird desenvainaron sus espadas, por lo que se quedó quieto con su penetrante mirada clavada en él. Y, con voz profunda y ronca por la rabia, respondió:

—Alasdair Mackay.

El laird Ross frunció el ceño y lo miró con verdadero interés.

—¿Mackay? ¿Tú eres el desgraciado que se casó con mi hija?

Este dio otro pasó hacia él, pero de soslayo vio que había varios guerreros al otro lado del castillo, sobre la muralla, y lo apuntaban con sus flechas directamente al corazón.

Por ello, se quedó parado en el sitio, intentando mantener una calma que realmente no sentía al estar rodeado de enemigos y sin esperanza de salir de allí con vida.

Al no encontrar a Cora durante el viaje hasta allí supuso que la joven había logrado llegar antes que él al castillo y se encontraba en su interior.

Lo que no esperaba al penetrar en este era encontrarla a punto de ser descuartizada por sus enemigos.

¿Cómo era posible que la joven tuviera esa serenidad en el rostro en lugar de estar llorando al ver que iban a matarla?

Debía de estar preocupada, desolada y, sin embargo, se la encontró tranquila, como si era lo que realmente quería en la vida. Y eso lo preocupó aún más a él.

—Sí, soy el hombre con el que se casó tu hija. Y hasta el momento de su muerte, la traté con el respeto que merecía.

Ruairidh se acercó a él y lo miró de arriba abajo, dando una vuelta alrededor de Alasdair para comprobar qué clase de persona era el hombre con el que se había casado su difunta hija.

—Que la trataras con respeto no hará que yo haga lo mismo contigo, muchacho. Te has presentado en mi castillo reclamando mi presencia, pero no creo que estás en condiciones de hacer algo así.

—Estoy aquí para solicitar la liberación de Cora Chattan y la paz entre los clanes —respondió Alasdair.

Desde su posición, Cora arqueó una ceja y lo miró con interés.

¿Por qué se atrevía a presentarse allí y echaba a perder su propio plan?

¿Acaso se había propuesto amargarle la vida por siempre?

Ella solo deseaba que todo eso acabara, y la única manera que había para ello era con su muerte.

¿Por qué ahora se presentaba Alasdair y se creía capaz de acabar con la guerra de otra manera?

Después de lo que le había dicho en su dormitorio, pensaba que se iba a alejar de ella para siempre, pero, como en otras ocasiones, Alasdair aparecía en su vida para ponerla patas arriba, y lo odió una vez más.

La joven lo observó con el ceño fruncido y negando ligeramente con la cabeza.

Quería que se marchara, que la dejara en paz, que se olvidara de ella, que dejara de hacerle daño.

¿Por qué demonios tenía que presentarse allí ahora que había encontrado la serenidad suficiente para enfrentarse a la muerte?

Con él allí sentía miedo, que el suelo bajo sus pies se movía, que no había nada claro.

Y eso no le gustaba, ya que la hacía sentir pequeña.

—Pero ¿tú quién demonios te crees que eres para pedir semejante estupidez?

—Soy uno de los guerreros del clan Chattan, protector de esta joven y solo estoy pidiendo su liberación. Ella no os ha hecho nada.

—Vivir para intentar hacernos daño. ¿Te parece poco motivo para matarla? Además, ella misma ha venido a entregarse…

—S í, jamás entenderé semejante estupidez por su parte —dijo Alasdair con rabia mirando directamente a los ojos de la joven.

—Vete de aquí, Alasdair —le pidió Cora—. Soy un estorbo, ¿recuerdas?

Lo vio apretar los puños y tragar saliva. Incluso desde la distancia, la joven habría jurado que escuchó rechinar sus dientes. Pero no le respondió. Tan solo se dedicó a mirarla durante unos segundos que parecieron una eternidad, y volvió a dirigir su mirada a Ross, que sonreía bajo la barba.

—Los Chattan nunca han intentado haceros daño, Ross —dijo Alasdair—. Han deseado vivir en paz.

—No me importa lo que tus amigos han hecho a lo largo de su vida. Hay una profecía…

—¡Las profecías pueden no cumplirse, Ross! —exclamó el guerrero, cortando al laird—. Son solo visiones de un futuro probable, pero no firme. No hay nada escrito en esta vida, Ross. Somos creadores de nuestro propio destino.

Fue tal la seguridad con la que Alasdair habló que Ross se acercó a él, quedándose a un metro escaso de distancia. Sus hombres se tensaron al ver la cercanía entre ellos, pues Alasdair podría cortarle el cuello si lo deseaba, así que se pusieron en guardia.

—Da igual lo que digas. Esta muchacha es un peligro para mi clan y va a morir ahora que está en mis manos.

—No mientras yo siga vivo. Soy su protector.

Ross se echó a reír. El corazón de Cora saltó de golpe.

Aquellas palabras las dijo con tanta vehemencia que, durante unos segundos, la joven creyó ver el mismo sentimiento amoroso que le había demostrado la otra noche en su dormitorio mientras la hacía suya.

Sin embargo, se obligó a sacudir la cabeza y apartar esos pensamientos a los que no debía darle fuerza.

—¿Su protector? ¿Tú? —lo miró de forma despectiva—. ¿Acaso crees que eres el hombre del que hablaba la profecía? No eres nadie, tan solo un hombre sin clan que lucha para los Chattan porque seguramente lo expulsaron del suyo.

Alasdair apretó los puños con fuerza, pero no respondió a su provocación, sino que prefirió quedarse callado con su penetrante mirada azul clavada en él.

Vio sonreír a Ross, que los miró alternativamente, hasta que le dijo a Alasdair:

—Voy a explicarte una cosa, Mackay. Antes de que llegaras a las puertas de este castillo, pensaba desmembrar a tu querida protegida —dijo señalando las cuerdas que habían estado a punto de atar en las muñecas de la joven—. Sin embargo, acabo de cambiar de idea.

— ¿Vas a soltarla?

Ross lanzó una carcajada.

—¿De verdad eres tan ingenuo? He perdido a una hija en esta guerra y me pienso cobrar su muerte con la de esta muchacha, así que no me hagas reír.

Jamás la soltaré. Pero ahora que te has presentado aquí voluntariamente, aceptando una muerte segura entre mis muros, he pensado en otra forma de hacerla sufrir…

—Deja que se vaya —intervino Cora por primera vez, hablando directamente al laird Ross.