CAPÍTULO 14
Aquella noche fue eterna para los miembros del clan Chattan. Durante esas últimas horas, habían dejado todo preparado para partir a la guerra en cuanto los guerreros del clan MacBean aparecieran en el horizonte. Apenas pudieron dormir, ya que sus mentes estaban puestas en Cora.
Rowan aún se sentía iracundo con su hermana por haber escapado de la seguridad del castillo para ir a enfrentarse a sus enemigos.
¿En qué momento había pensado que eso era buena idea?
Una parte de él se repetía constantemente que, cuando volviera a verla de nuevo y supiera que estaba a salvo, la castigaría de por vida recluida en el castillo.
Sin embargo, otra parte de él, la más guerrera, le decía que Cora únicamente había hecho lo que él mismo se habría atrevido a hacer para salvar al resto de la familia. Por ello, no podía castigarla.
El laird Chattan suspiró mientras se colgaba la espada de la cadera. A su lado, Gillian lo imitaba y frunció el ceño.
—No deberías venir con nosotros. Será peligroso.
La joven lo miró por encima de su hombro.
—Si piensas que voy a quedarme encerrada en el castillo mientras los demás vais a la guerra es porque no me conoces. Tal vez no soy la mejor espadachina, pero mi padre me enseñó algunos movimientos. Y no me separaré de ti.
Rowan suspiró largamente y se acercó a ella para abrazarla.
—No tienes que demostrarme nada. Sé que no tienes nada que ver con tu hermano.
Gillian puso los ojos en blanco.
—Es que no lo hago por eso. Si voy a esa batalla ante los Ross es para hacer honor a mi padre, no por lo que mi hermano ha hecho después con el clan. Es un maldito traidor, sí, pero es mi padre en el que pienso.
Rowan sonrió y la besó lentamente.
—Espero que sea verdad eso de que no te vas a separar de mí o no daré abasto para cercenar tantos cuellos.
Gillian dejó escapar una risa.
—Eres un exagerado. Llevaremos a los MacBean y nuestros hombres. Los Ross y los mercenarios no son tantos. Podremos con ellos sin esfuerzo.
Rowan ladeó la cabeza.
—Igualmente, no me fío de ellos. Debemos tener cuidado.
Su esposa asintió.
—Lo tendremos. ¿Crees que Cora está bien? Si pretendía ir al castillo Ross, seguramente ya habrá llegado.
Rowan rechinó los dientes y asintió.
—Sí, y mucho me temo que Alasdair no habrá llegado a tiempo.
Gillian se separó de él y lo miró con los brazos cruzados.
—Sigues sin contarme qué pasó con él para que se marchara así del castillo.
Rowan chasqueó la lengua y se alejó de ella.
—Quiero que sea él quien os cuente todo.
—Y yo quiero que seas tú porque parece que sufres desde entonces.
El laird dudó un instante. Se retorció los dedos ligeramente y respiró hondo para intentar alejar de él los mismos pensamientos que le llegaban a la mente cuando leyó aquella carta y habló con Alasdair.
—Voy a contártelo, pero espero que no se te ocurra decirle nada a Sloan o Morag.
—¿Tan grave es?
—Demasiado —sentenció.
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Cora no sabía en qué momento de la noche se había quedado dormida. De hecho, se había prometido a sí misma aguantar sin cerrar los ojos, pero supuso que el cansancio del viaje hasta allí y los golpes habían provocado que finalmente se dejara vencer por el sueño.
La joven se despertó cuando, desde el ventanuco, logró escuchar voces y ruidos de lo que parecían ser hierros. Rápidamente, se frotó los ojos para alejar el sueño y se obligó a incorporarse y prepararse para lo que estaba por venir.
En ese momento, su mente volaba a gran velocidad y repasó todo lo que había visto en el patio de los Ross y lo que había escuchado.
Si el laird pretendía matarla con juegos, ella daría todo de sí para morir victoriosa y ser recibida con honores en el infierno.
Se preguntó qué habría pensado para ella, pero no quería dirigir su mente hacia ese camino.
Al contrario, esta voló hacia una información que había dejado guardada en su memoria y que no había podido repasar después de quedarse sola.
Cora se incorporó y caminó por la celda mientras se estiraba para desentumecer los músculos. Necesitaba pensar algo antes de que los Ross acudieran a ella para llevarla al cadalso.
Se pasó las manos por las sienes y las masajeó al tiempo que el apellido MacGillivray aparecía en su mente.
Desde que su madre había contado todo lo que sabía de la guerra, siempre habían pensado que un MacGillivray la ayudaría al tener estos un gato como emblema, pero después de que Ross le confirmara que estos también estaban metidos en todo eso se dijo que no sería así, que en su familia siempre habían estado equivocados.
Y si los MacGillivray aparecían esa misma noche allí, cuando ella ya estuviera muerta, tal vez podrían llevar a los demás nuevamente a la guerra y nadie sabría que ellos también estaban implicados.
Cora se apoyó en los barrotes de la celda y renegó entre dientes.
Se preguntó cómo y de qué manera podría llevarle esa información a Rowan, pero no podía salir de allí.
La joven suspiró largamente y volvió a caminar por la celda.
Su nerviosismo apareció de nuevo a pesar de haberse prometido que iba a mantener la calma.
A medida que pasaban los minutos, se preguntó si su hermano Rowan y los MacBean habrían salido ya del castillo rumbo a esas tierras, pero Cora se recordó que para el momento en el que ellos llegaran, ella ya estaría muerta.
La puerta de las mazmorras chirrió cuando la abrieron, provocando que Cora diera un respingo.
Mientras escuchaba los pasos del recién llegado, la joven respiró hondo y soltó el aire lentamente para calmarse.
No podían verla en el estado de nerviosismo en el que se encontraba.
Y cuando lo logró, Cora lo recibió con una sonrisa ladina.
El segundo al mando de los Ross la observó desde el otro lado de los barrotes y apoyó las manos sobre estos para observarla mejor.
—¿Estás preparada para morir?
—Desde el día en que nací.
Lo vio sonreír aún más y torció ligeramente la cabeza.
—Te veo muy predispuesta a ello.
—Cuanto antes muera, antes caminará entre vosotros la destrucción —dijo para comprobar si todos los Ross eran igual de supersticiosos.
Sin embargo, con él no le sirvió ese truco, ya que dejó escapar una risa.
—No eres tan especial, muchacha. Tan solo los dioses son los únicos capaces de enviar embrujos a los clanes.
—Tranquilo. Los enviarán al ver que sucumbís al miedo por esa maldita profecía.
El hombre sonrió y sacó un manojo de llaves del sporran .
—Los Chattan sois muy aburridos. Al menos, podremos disfrutar de algo divertido antes de verte morir.
—¿Y qué haréis?
—Ahora lo verás…
El guerrero abrió la puerta de la celda y entró en ella para agarrarla del brazo, sin embargo, Cora estaba preparada para recibirlo y, en lugar de mantenerse quieta como esperaba que iba a quedarse, la joven lo recibió con una fuerte patada en la pantorrilla, logrando que el guerrero se doblara sobre sí mismo para después propinarle un fuerte puñetazo en la mejilla.
Sin perder tiempo, Cora se lanzó contra la salida de la celda.
Sabía que no podría llegar demasiado lejos, pero al menos dejaría varios heridos en el camino.
Y tal y como pensaba, el guerrero del clan Ross se recuperó antes de que ella pudiera llegar a las escaleras, por lo que se vio impulsada hacia ellas, cayendo de boca sobre los primeros escalones.
La joven lanzó un gruñido de dolor, pero sobre todo al sentir contra su estómago el fuerte puño del guerrero, que lo estrelló con fuerza.
Sintió cómo se cortaba toda conexión con el aire, pues este dejó de entrar a su pecho.
Y sin darle tregua, la golpeó también en la mejilla, pero ella se obligó a responder con rapidez y le devolvió el golpe, pateando su entrepierna con fuerza y sacándole una fuerte queja que no pudo reprimir.
—Maldita zorra.
—Tienes ante ti a una mujer que ya no tiene nada que perder —le gritó—, ni siquiera el miedo porque hace tiempo que lo perdí.
La rabia con la que la joven pronunció aquellas palabras llegó a sorprender al guerrero, pero este se mantuvo firme con la orden que le habían dado aquella mañana, así que la aferró del brazo con fuerza, tiró de ella para incorporarla y la empujó escaleras arriba.
Apenas conocía a los Chattan, más que en la guerra, pero estaba seguro de que, si todos eran como aquella joven, era un clan que había perdido el juicio por completo.
Pero si también habían perdido el miedo, era el clan más peligroso contra el que podrían haber cruzado sus espadas.
La arrastró por el pasillo hacia la salida del castillo.
La joven tosía a veces por la fuerza del golpe que él mismo le había propinado en el estómago, pero no le dio tregua alguna.
En el momento en el que ambos salieron de la fortaleza, Cora miró hacia el cielo.
Sus ojos se entornaron ligeramente para habituarse a la luz del día, pero también por la enorme cantidad de gotas que caían con la lluvia que se había desatado esa mañana.
El cielo estaba completamente encapotado y no parecía haber un final claro para esa lluvia. Cora sonrió con cierta tristeza. Iba a morir en un día verdaderamente hermoso, en el que habría agarrado su caballo para cabalgar lejos de allí al tiempo que sentía el viento en el rostro.
Cora bajó entonces la mirada hacia el resto del patio.
Vio que varios guerreros del clan se encontraban preparando varias cuerdas con cuatro caballos en medio del patio, y Cora supo al instante lo que pretendían hacer con ella.
La iban a desmembrar o al menos intentarlo mientras le rompían los huesos y rasgaban sus músculos.
Sin lugar a dudas, iba a ser una muerte demasiado dolorosa para ella.
No obstante, se obligó a no mostrar sentimiento alguno por ello y elevó el mentón con orgullo.
—¿Te gusta?
—Me encantará cuando te vea a ti siendo arrastrado por todos esos caballos —le respondió con voz segura de sí misma.
El guerrero sonrió y la empujó hacia el laird Ross, que la esperaba junto al resto de guerreros.