Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 13 #3
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CAPÍTULO 13 #3

—No. Yo nací sin enemigos. Fueron estos quienes pusieron piedras en mi camino para verme caer.

Ross acortó la distancia y la agarró del cuello.

—Y te veré caer en todas ellas, muchacha. No te imaginas las veces que he imaginado tu muerte. Tantas que incluso tengo preparadas unas pruebas para ti antes de morir.

Una sonrisa sádica se dibujó en sus labios, pero la joven se mantuvo impasible, mostrando una expresión casi aburrida.

—Así que quieres que te demuestre que tengo más valor que tú…

—Tú no tienes nada…

—Parte de esas palabras son correctas: yo al menos no tengo el pánico que tienes tú, Ruairidh Ross.

Yo no llevé a cabo una guerra por terror.

Yo no asolé un clan y maté a su gente por miedo…

Yo solo he vivido con paz interior, algo que tú no vas a tener jamás porque enviaste a la muerte a tu propia hija.

Ross la golpeó de nuevo con saña, provocando que el labio inferior de Cora se partiera, pero en ningún momento mostró lo que realmente sentía en su interior.

—Llevadla a las mazmorras. Mañana será un gran día para todos nosotros…

Sin apartar la mirada de él, Cora fue llevaba al interior del castillo, pero la joven siguió mirándolo mientras la empujaban, por lo que pudo ver cómo el propio laird se santiguaba de auténtico terror ante esa mirada.

Rápidamente, Cora giró la cabeza hacia el frente y sonrió.

Descubrir que su enemigo era tan supersticioso era algo que deseó haber conocido antes, pues habrían tenido infinidad de oportunidades para hacerlo caer.

Sin embargo, ya era tarde y nadie podría salvarla.

Y al contrario de lo que esperaba en un principio, no tenía miedo.

Había perdido a parte de su familia y la que quedaba estaba completamente rota.

Pero también había perdido para siempre a Alasdair, pues le había quedado claro que él jamás tendría algo con ella.

Siempre le había quedado una esperanza con él, pero ya tenía claro que no.

Por ello, se había quedado sin nada por lo que luchar.

Tan solo podía ofrecerse como moneda de cambio para acabar con aquella guerra.

Muerta ella, todos los clanes respirarían, aunque una parte de ella temía que su familia continuara con esa locura durante más tiempo.

Cora respiró hondo a medida que la empujaban por el pasillo. No se resistió, no pidió clemencia, ni siquiera les dijo nada. Tan solo se limitó a seguir adelante y a pensar en que al día siguiente todo su sufrimiento habría acabado para siempre.

Cora gruñó de dolor cuando su cuerpo chocó contra la puerta de las mazmorras.

La empujaron tan fuerte que estuvo a punto de caer rodando por las escaleras, pero logró aferrarse a la maltrecha barandilla que había a su derecha.

Tras eso, fue llevaba hacia una de las celdas, que estaba casi en total oscuridad, y la dejaron allí sola.

En ningún momento le dirigieron la palabra, ni la insultaron, ni sabía si le llevarían algo para cenar…

Nada. Usaron el silencio como castigo, pero Cora lo agradeció.

Los vio marcharse, pero uno de ellos se quedó el último, mirándola en silencio.

Ella le devolvió la mirada y elevó el mentón con orgullo.

Moriría por su clan y su familia, y no le importaba.

Este simplemente escupió al suelo, pero la expresión en el rostro de Cora apenas se modificó.

Y tan solo se relajó en el instante en el que por fin se quedó sola en aquella semioscuridad.

Se permitió suspirar y dejar escapar el aire contenido.

A pesar de lo que había pasado minutos antes, su llegada al castillo Ross había sido más fácil de lo que imaginaba.

No le habían importado los golpes, pues le recordaban que aún seguía con vida, ni los insultos, ni el odio en sus ojos.

Mientras se dejaba caer contra el suelo mugroso, Cora recordó a su padre. Estaba segura de que estaría orgulloso de ella, aunque probablemente creería que las formas no eran las correctas, puesto que él nunca habría querido verla morir.

Cora apoyó la cabeza contra la pared y observó el lugar en el que la habían metido ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad.

Por un pequeño ventanuco vio un trozo de cielo, el cual le indicó que la luz estaba descendiendo en el exterior.

Las paredes que la rodeaban estaban manchadas de algo oscuro que no quiso descifrar por temor al asco que seguramente le provocaría conocerlo.

Varias cadenas colgaban del techo y se dejaban caer contra las paredes, aunque un par de ellas pendían del centro de la celda.

Se preguntó cuánta gente habría muerto en aquel lugar, pero acabó diciéndose que no quería saber la respuesta a esa cuestión.

Un día. A ella tan solo le quedaba un día de vida y moriría como los antiguos gladiadores romanos, en medio de un maldito juego que había ideado su enemigo.

Cora suspiró. Si Ruairidh Ross quería jugar, ella se lo daría para morir no solo con dignidad, sino con toda la gloria que un buen guerrero merecía.