Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

—Si no te hubieras metido en mi camino, yo habría seguido uno muy diferente a este.

Me habría dedicado a bordar, a cocinar o cualquier otra cosa que no tuviera que ver con una espada.

Pero fuiste un imbécil, Ruairidh Ross, y decidiste hacer caso a esa profecía, así que has despertado a la bestia que tengo dentro.

—Pienso acabar contigo y con toda tu familia.

—Eso ya lo has hecho, Ross. Te falta lo primero. Pero estás ante una persona que ya no tiene nada que perder, y esa es la persona más peligrosa de todas…

Ross dio un paso hacia ella y la miró de arriba abajo.

—Al igual que mi hija, acabarás bajo tierra.

La joven sonrió.

—Si quieres, puedo darle recuerdos de tu parte y decirle que murió por la locura de su padre.

Ross le propinó un puñetazo. Cora se vio ligeramente impulsada hacia atrás, ya que clavó los talones en el suelo y apenas se movió. Rápidamente, volvió a mirarlo y esbozó otra sonrisa.

—Vaya, Ross, parece que vas perdiendo el miedo a esta muchacha de la profecía. ¿Qué te parece si embrujo a todo tu clan para que se vuelva en tu contra?

En ese instante, Cora fue consciente de lo que en realidad hacía temer a Ruairidh Ross.

En sus ojos se vio reflejado cierto temor, por lo que la joven llegó a la conclusión de que se encontraba justo enfrente de una persona que era demasiado supersticiosa, por lo que sería un gran punto a su favor para conseguir desestabilizarlo en cuestión de minutos.

Ahora podía entender qué era lo que había llevado a Ross a idear un plan para aquella guerra.

Una persona supersticiosa podía ser verdaderamente manejable y temerosa del futuro, aunque fuera incierto lo que alguien pudiera ver en una visión.

Ese miedo lo llevaría a hacer cosas que podrían considerarse una locura tan solo para liberarse de todo mal. Y Ross era uno de ellos.

—¿Tal vez prefieres que lance un hechizo sobre ti y mueras de algo extraño en mitad de la noche?

Al ser consciente de que se estaba poniendo pálido, Ross se acercó a ella y la agarró de la pechera de la camisa.

—¡Cállate ya!

—Vamos, Ross, ¿no me digas que tienes miedo de algo así?

—Esa maldita profecía nunca se va a cumplir. Jamás acabarás conmigo ni con los MacGillivray. Antes te mataré yo mismo.

Ahora fue el turno de la joven para quedarse pálida. ¿Los MacGillivray? ¿Qué demonios tenían que ver los MacGillivray en eso? Siempre habían pensado que tal vez uno de ellos sería quien la ayudara, pero ¿cómo que iba a matarlos también a ellos?

—¿Qué pasa, furcia, te sorprendes?

Ross la soltó y la miró con asco.

—¿Acaso no te han contado toda la profecía?

—Me importa una mierda la profecía —le espetó la joven intentando fingir que sus palabras eran ciertas—. He venido a matarte.

—Puede que me mates a mí, pero te quedarían los MacGillivray.

Ross dio un paso atrás y sonrió ligeramente. Desenvainó la espada y la miró con auténtico asco.

—Dices ser una guerrera, mocosa. Demuéstramelo. Me quiero divertir contigo un poco antes de matarte mañana a primera hora… Y es una pena porque para la noche espero a mis aliados y estoy seguro de que querrían verte morir…

Cora dio un paso atrás también y desenvainó la espada.

El hecho de haber conocido algo más de la profecía la hizo ponerse realmente nerviosa.

¿Acaso su padre desconocía toda la verdad o habría prefería guardársela para no tener que contarle todo?

¿Y si su padre conocía al culpable desde el principio y siempre había fingido ante todos para no hacerles daño o así evitar que alguien pudiera hacérselo?

Fuera como fuera, la mente de la joven era un hervidero de pensamientos y de preguntas que no tenían respuesta.

Pero lo más real de ese momento fue el hecho de que estaba allí y que podía enfrentarse a su enemigo a pesar de estar rodeada de ellos.

No había escapatoria. Lo sabía, pero al menos podía hacer todo el daño que pudiera a ese clan antes de caer en batalla.

La joven observó cada movimiento del laird Ross mientras caminaba de un lado a otro para intentar despistarla.

Pero ella tenía toda su atención puesta sobre él, por lo que no iba a engañarla tan fácilmente.

Lo que tampoco imaginaba era que su enemigo iba a luchar con ella nada más llegar al castillo en lugar de apresarla y tal vez intentar descubrir información de su familia y sus planes.

Pero no le importaba. Se dijo que lucharía como fuera, y así hizo.

Dejó que fuera Ross el que diera la primera estocada para así comprobar cómo eran sus movimientos y sus puntos débiles.

En ese momento, los ojos de la joven comenzaron a moverse con rapidez para intentar atisbar el siguiente movimiento o lo que el laird podría estar pensando en ese instante. Y eso la ayudó muchísimo.

A medida que la joven paraba las estocadas del laird Ross, fue siendo consciente de que este tal vez tenía ciertos problemas en la pierna izquierda, ya que no solía apoyarse demasiado sobre ella, y cuando lo hacía, un gesto de dolor se dibujaba en su rostro a pesar de que este intentaba disimularlo en todo momento.

La joven no dijo nada, puesto que podría ser una información que podría venirle bien en un futuro.

Cora dibujó un arco con la espada al tiempo que giraba sobre sí misma hacia su derecha y, para sorpresa de todos, logró abrirle una herida a Ruairidh Ross en el pecho.

Este lanzó un gruñido de dolor y dio un paso atrás al tiempo que se llevaba la mano libre a la zona.

Bajó su mirada, sorprendida, hacia su pecho y después la miró a ella con furia.

—Debiste pensar aún más lo que podría pasar si despertabas al demonio que hay en mi interior después de hacerle daño a mi familia.

—Qué mal lo hizo tu padre al enseñarte todo esto…

Cora sonrió y jugó con la empuñadura de la espada, llevándola de una mano a otra.

—Sería mucho mejor estar con bordados, ¿verdad? Podría haber jugado con las agujas sobre tu maldito y asqueroso ombligo…

Ross rugió de rabia.

—Lo que se le olvidó enseñarte fue algo de inteligencia para que hubieras podido dilucidar que venir hasta aquí tú sola a entregarte no era lo más inteligente del mundo.

Cora rechinó los dientes.

— ¿ Quién ha dicho que estoy sola? —mintió para aumentar la preocupación en el clan—. Tal vez mi presencia aquí forma parte de un plan mayor en el que tu clan va a acabar hecho cenizas.

Un ligero murmullo se extendió por el patio, provocando que Cora estuviera a punto de esbozar una sonrisa.

Puede que el laird Ross le hubiera dicho información que logró sobresaltarla, como lo de los MacGillivray, pero ella no iba a quedarse atrás.

Y sabía que, con eso, lograría que varios guerreros Ross no durmieran tranquilos esa noche al pensar en que probablemente los Chattan estaban a punto de llegar a las puertas de su castillo para atacarlos.

Su enemigo volvió a atacarla, pero ella ya estaba preparada para ello.

Logró que su contrincante tuviera que apoyarse sobre su pierna izquierda en muchas ocasiones, logrando que Cora tuviera un acceso más fácil hacia puntos débiles de su cuerpo.

Varias heridas lograron abrirse en el cuerpo del Ruairidh Ross, que gruñó con furia.

Pero la victoria que se dibujó en el rostro de Cora duró poco, ya que, tras acercarse demasiado a un grupo de guerreros del clan, estos se lanzaron contra ella y lograron agarrarla por los brazos.

La golpearon en el costado hasta que logró soltar su espada y la joven les dedicó una mirada cargada de auténtica furia.

Estos le sonrieron con saña, pero Cora no mostró miedo, ni terror.

Al contrario, fijó su mirada en el frente, justo a los ojos de Ross y lo vio sonreír de nuevo.

Sin embargo, sintió cierta satisfacción al ver que era el único que estaba sangrando.

—Si pensabas que ibas a venir libremente aquí, me atacarías, herirías y no obtendrías tu castigo es porque, efectivamente, no eres la más inteligente de tu familia.

—Para lo que he venido es para cumplir esa profecía —lo interrumpió la joven intentando soltarse de las manos de los guerreros.

—Esa profecía no se cumplirá jamás y este clan vencerá la guerra.

A pesar de su situación, Cora se obligó a sonreír. Recordaba el miedo que había visto reflejado en los ojos de Ross, por lo que debía aprovecharse de ese sentimiento e intentar minarle el ánimo.

—Lo único que sobrevolará sobre este clan es la muerte por todo lo que habéis provocado. Mucha gente sabe ya que sois vosotros, así que yo no estaría tan tranquilo.

La sonrisa en el rostro de Ross desapareció de golpe y se acercó a ella.

—¿Qué sabes?

—Que tú provocaste la guerra y tú le diste alas a la profecía por esa acción.

Ross negó con la cabeza y la golpeó en el rostro, girándole la cara. Pero Cora no se vino abajo, sino que se obligó una vez más a mostrar su lengua viperina contra él. Había esperado tanto tiempo ese momento que solo le quedaba disfrutar del daño que pudiera provocar.

—Eso no es cierto. Tú eres la culpable.