Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Rowan elevó la mirada hacia el guerrero del clan MacBean que se había presentado esa noche en su castillo.

Llevaba una misiva del laird y, antes de leerla, había decidido llamar al resto de la familia para hacerlo junto a ellos.

La que miraba casi con ansiedad la carta no era otra más que Morag, que se retorcía las manos, esperando a que dijera algo de una vez por todas, pues su silencio la estaba matando por dentro y estaba a punto de ponerse a gritar si no comenzaba a hablar.

Rowan dejó caer la carta sobre la mesa del salón.

El guerrero MacBean se había presentado justo cuando estaban comenzando a cenar en una mesa cada vez más vacía debido a la ausencia de gran parte de la familia.

Meses atrás, el sonido de los cubiertos contra los platos y las conversaciones interminables habían provocado que se sintiera realmente bien.

Pero ahora que tan solo tenía a Sloan, Gillian y Morag junto a él tuvo la sensación de que su familia estaba más que muerta.

El joven carraspeó y miró al resto.

—El laird MacBean está a punto de llegar al castillo.

El recién llegado asintió mientras que Morag sonreía ampliamente.

—Exacto. Mi laird está a medio día de aquí, así que mañana a primera hora tal vez haya llegado. Me pidió que trajera esta carta para avisaros con antelación de la llegada, así que espero haber venido en buena hora.

—En la mejor —intervino Morag dedicándole una sonrisa.

El guerrero se la devolvió, pues se conocían desde hacía años, pero con un carraspeo y una mirada lacerante de Sloan, este bajó la mirada y la desvió a Rowan, provocando que Morag pusiera los ojos en blanco y mirara a su esposo.

Este simplemente se encogió de hombros, fingiendo no saber a qué se refería, pero ganándose un pisotón de la joven, que volvió a sonreír cuando este gruñó de dolor.

—La verdad es que la llegada de tu laird es realmente esperada. Hemos tenido unos problemas y mi hermana ha desaparecido. Tememos que ya esté en manos de Ross y no podamos hacer nada, pero queremos salir cuanto antes. ¿Vuestros hombres están cansados?

—No ha sido un viaje demasiado largo, así que estarán fuertes para seguir el camino hacia el clan Ross.

—No sabes lo que me alegra escuchar eso —dijo Rowan estrechándole la mano.

—Supongo que estarás hambriento —intervino Gillian—. Siéntate a cenar con nosotros.

El guerrero, que siempre se había mostrado ligeramente reacio a los demás clanes, dudó, pero Morag volvió a hablarle para que se relajara.

—Son muy serios, pero buena gente. A mí aún no me han envenenado…

Sloan le enseñó los dientes a la joven.

—Aún estoy a tiempo si no dejas de sonreírle —murmuró.

Sin embargo, Morag lo ignoró y le mostró la silla libre que había a su lado.

—Debes probar el estofado. Es buenísimo.

— ¿Le harás también un hueco en nuestra cama? —preguntó Sloan después, provocando que el recién llegado se atragantara con la comida.

Morag sonrió y clavó su mirada en él.

—Pareces un poco… celoso.

—Le has sonreído más veces que a mí en todo el día. Y lleva cinco minutos aquí.

La joven se dejó caer contra el respaldo de la silla.

—¿Cuántas veces te has visto en la obligación de pasar un tiempo en algún clan que no era el tuyo?

—Ninguna.

—Pues cuando lleves semanas lejos de tu familia y amigos, y de repente te encuentres con alguno de ellos, tendremos esa conversación.

A su lado, Gillian sonrió.

—En eso debo darle la razón, Sloan.

El guerrero gruñó por lo bajo y les enseñó los dientes a ambas. Sabía que Morag tenía razón, pero no estaba dispuesto a ceder con el guerrero MacBean delante.

—No malgastes tu ira antes de tiempo, Sloan —le dijo Rowan—. Quiero que todos estéis preparados y en forma para cuando los MacBean lleguen. Tendremos que partir cuanto antes y acabar con los Ross.

—Como se atrevan a hacerle daño a Cora… —renegó Sloan.

—Quemaremos todas y cada una de sus casas —sentenció Rowan—. No saben con quién se han metido…

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El fuerte y alto portón de la muralla se abrió lentamente.

Los goznes del mismo chirriaron tan fuerte que la joven torció la cabeza con irritación.

Sus brazos seguían abiertos y su caballo parecía saber en qué momento moverse o pararse y hacia dónde debía ir, porque cuando terminaron de abrir el portón, se movió de nuevo.

La joven fijó su mirada en el frente, incapaz de mostrar algún tipo de miedo o incertidumbre.

Estaba tan cansada del peso de la culpa que bien se habría dejado caer de rodillas para que le clavaran un puñal en el pecho y acabaran con su sufrimiento.

A medida que se aproximaba al castillo, había llegado a pensar en que tal vez en algún momento sentir ía miedo o se arrepentiría de llegar allí, pero estaba donde sabía que debía estar.

Por ello, el caballo la llevó hacia el centro del patio, donde se había formado un gran grupo no solo de guerreros del clan Ross, sino también de mercenarios.

Lo que no pudo ocultar fue su sorpresa al ver que uno de ellos era el que había capitaneado el ataque a su castillo, por lo que un potente odio ascendió por su cuerpo, provocando que la mano derecha le picara y la instara a tomar la empuñadura de la espada y matarlo allí mismo.

Sin embargo, se obligó a recordar a Morag, quien le había enseñado una inmensa capacidad de aguante ante el enemigo.

Alrededor de los mercenarios se abrió un camino para cederle el paso a la persona a la que había ido a buscar: Ruairidh Ross.

Al fijar la mirada en él, aún desde el caballo, Cora no pudo evitar arquear una ceja.

¿En qué momento ese hombre se había convertido en un monstruo?

¿Cómo era posible que alguien como él hubiera secuestrado y violado a Morag siendo apenas una niña?

En parte, podía llegar a comprender el odio y el miedo que sentía por ella, porque al fin y al cabo había una profecía sobre su cabeza.

Pero Morag era solo una niña indefensa. E imaginarla en brazos de ese hombre estuvo a punto de provocarle arcadas.

—Cuando mis hombres me han comunicado que Cora Chattan se encontraba a las puertas del castillo, pensaba que habían bebido demasiado durante la tarde…

Antes de responder, la joven bajó lentamente los brazos y desmontó del caballo. Rápidamente, uno de los hombres del laird apartó al animal de ella para evitar que pudiera escapar de ellos y entre todos la rodearon.

Cora miró a su alrededor y vio los rostros sorprendidos de todos, algo que le produjo una sonrisa.

— ¿Te hace gracia la situación, muchacha?

Cora finalmente fijo su mirada en Ruairidh Ross y sonrió aún más.

—Lo que me hace gracia es el recuerdo de tu hija cortándose las muñecas delante de mí —le espetó con saña.

Se dijo que no le importaba morir, pero si lo hacía, sería provocando todo el caos que pudiera.

—Maldita desgraciada… —siseó Ross dando un paso hacia ella, aunque logró contenerse—. Acabaré contigo…

—Supongo que te habría gustado verla una vez más… No hizo bien su trabajo. La descubrí hablando con Faith.

—Las dos tenían más arrestos que tú, muchacha del demonio, porque al menos murieron por su clan. Tú te has escondido hasta ahora como las ratas…

Aquellas palabras casi hicieron que la sonrisa de Cora se borrara de sus labios, pero logró contenerse a tiempo. Sabía que iban a intentar machacar su mente una y otra vez, pero se obligó a ser fuerte.

—Murieron por su clan, pero bajo engaños. Yo he venido aquí sola y de frente.

—Ya veremos lo valiente que eres cuando el dolor asole tu cuerpo, maldita Chattan.

Cora clavó su mirada verde en el laird Ross y entornó los ojos. A su alrededor, los guerreros del clan estaban aún estupefactos al verla aparecer, por lo que se quedaron serios y atentos a todo lo que hablaban su laird y la joven recién llegada.

—Mi llegada aquí no es solo para acabar contigo, como habrás podido pensar…

Los guerreros estallaron en risas al escucharla hablar, pero Cora se mantuvo impasible ante ellos, con sus ojos sobre Ruairidh, que llevó las manos a la espalda y esperó a que todos callaran de una vez por todas.

—¿Y para qué querría venir una rata como tú a mi castillo?

Cora sonrió de lado, pero se notaba tanta tensión en el cuerpo que estaba segura de que podría lanzarse contra todos en cualquier momento.

—Para hacerte una pregunta.

Ruairidh Ross arqueó una ceja y no pudo evitar sonreír ante aquel mísero motivo. El laird se cruzó de brazos y separó ligeramente las piernas para demostrarle a Cora que quien mandaba en ese lugar era él. Sin embargo, el rostro de la joven siguió impasible.

—¿Y cuál es esa pregunta?

Cora se contuvo esta vez para sonreír, ya que sabía que sus palabras harían aún más daño que la expresión de su rostro.

— ¿Cómo de profunda es la debilidad de Ruairidh Ross que tuvo que organizar una guerra para acabar con la que por aquel entonces era una simple niña recién nacida?

La seriedad y la rabia aparecieron en el rostro del laird, lo cual provocó que Cora siguiera preguntando:

— ¿Cómo es posible que el laird de un clan tema a una niña antes que a un enemigo con espada? Si Ruairidh Ross fuera realmente un guerrero, digno jefe de su clan, no temería a una simple niña.

—¡Cállate! —exclamó el aludido.

—Y si Ruairidh Ross fuera verdaderamente un guerrero inteligente, se habría dado cuenta de que, si mataba a la familia de esa joven, esta se convertiría en una guerrera para venir a las puertas de su castillo a reclamar la vida de quien mató a aquellos a quienes amaba.

—Solo dices tonterías, muchacha.

—Si fuera una estupidez, no habrías perdido el color de tu cara. Si fuera una estupidez, tu hija seguiría viva. Pero aún no te has dado cuenta de que todo esto lo has provocado tú porque el miedo recorrió tu cuerpo al escuchar una simple y vana profecía.

—¡Yo no tengo miedo de una maldita niñata como tú!

Cora torció el gesto.