Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

El viento le dio de nuevo en el rostro y levantó la mirada hacia el cielo.

Se obligó a no pensar en ellos ni una sola vez más.

Debía tener la mente clara en el momento de su llegada al castillo Ross y esos recuerdos únicamente le provocaban frustración y dolor, por lo que su mente no estaría todo lo concentrada que podría estar para la lucha.

Inconscientemente, llevó la mano a la empuñadura de la espada.

Dentro de ella corría el fuego que había estado guardando durante años y los últimos acontecimientos en el clan habían provocado que su corazón ardiera en llamas.

Ya no era la joven a la que su familia tenía que proteger, sino la guerrera que había tomado las riendas de su vida para enfrentarse ella sola a sus enemigos.

No quería que alguien la defendiera mientras ella se escondía, quería ser ella quien luchara al lado de esa persona, codo con codo.

El resto del camino pareció eterno para Cora.

En varios tramos del mismo se detuvo unos instantes para volver a estirar el cuerpo.

En otros, se dedicaba a canturrear, pero siempre atenta a lo que ocurría a su alrededor.

Sus ojos no dejaban de moverse de un lado a otro del bosque, camino o prado que atravesara en ese momento.

Y, sin embargo, no se cruzó con absolutamente nadie: ni comerciantes, mercenarios, gente del clan Ross…

Cualquier persona que pudiera haberle causado algún problema.

Durante unos minutos llegó a pensar que el clan se había quedado totalmente vacío.

Sin embargo, cuando cruzaba cerca de alguna aldea, desde la lejanía sí podía ver las humeantes chimeneas, pero nadie parecía querer atravesar sus campos, tal vez por miedo a ser atacados por sus enemigos.

En un momento dado, Cora se preguntó si en el clan Ross todo el mundo conocía la visión que los había llevado a la guerra o si, por el contrario, les ocurría como al resto de clanes y no sabían absolutamente nada.

En este último caso, el pueblo Ross no tenía la culpa de lo que había pasado, ya que eran meros juguetes en las manos de su laird y seguramente muchos de ellos habrían muerto en vano sin conocer la realidad de todo eso.

En parte, Cora sintió lástima por ellos.

No quería hacer sufrir a nadie. De hecho, lo único que deseaba en la vida era dar media vuelta y regresar por donde había venido para intentar llevar una vida lo más digna posible después del rechazo de Alasdair.

Pero sabía que esa clase de vida no estaba destinada a ella, sino a otros.

Por ello, se centró en su camino e intentó mantener la mente en blanco y no pensar en eso ahora.

No obstante, lo peor de todo fue que su mente volvió a traicionarla y le mostró una imagen iracunda de Alasdair.

Estaba segura de que, si el guerrero había salido en su busca, estaría realmente enfadado con ella. Pero ya no le importaba.

Cora respiró hondo y fijo su mirada en el cielo.

Quedaban pocas horas del día, por lo que se dijo que lo mejor era apretar el paso para llegar antes de que la oscuridad se cerniera sobre ella.

Por eso, clavó las espuelas en el lomo de su caballo y este cabalgó más deprisa, llevándola hacia el cadalso que la esperaba a muy poca distancia de allí.

El tiempo fue pasando demasiado lento para su gusto. Si iba a morir, quería hacerlo cuanto antes y no alargar demasiado esa agonía que suponía para ella pensar en lo que estaba por venir.

Una hora después, la silueta del castillo Ross se dibujó en el horizonte.

Había comenzado a llover de nuevo, provocando que parte de su cabello se pegara a su rostro y al cuello.

Tan solo un pequeño banco de niebla la separaba del castillo.

Y en ese momento, disminuyó la marcha sobre el caballo.

Se acercó lentamente y con la mirada clavada en los guerreros apostados en la muralla de la fortaleza.

Estos, vigilantes, cuando por fin la vieron acercarse, se quedaron estupefactos.

La mirada verde de Cora se clavó en ellos y, lentamente, dejó de sostener las riendas de su caballo, dejándolas caer, para abrir lentamente los brazos.

La joven quería demostrar su valentía en ese instante, pidiendo, con ese gesto, que le abrieran la puerta de la muralla para entrar en la fortaleza.

Los vio mirarse los unos a los otros, nerviosos, pero ella mantuvo sus brazos abiertos, lejos de la empuñadura de la espada, ya que temía que le lanzaran flechas si veían algún signo de que iba a atacarlos en ese instante.

Su corazón comenzó a latir con más fuerza. Su destino estaba frente a ella, y no pensaba escapar.

—Aquí me tenéis, desgraciados —susurró para sí al ver los rostros de incredulidad.

Su caballo se acercó aún más y en el momento en el que estuvo a las puertas del castillo, el animal paró, pero Cora no bajó sus brazos. Elevó la mirada hacia la muralla y la clavó en el primer guerrero que había sobre ella.

—Tengo entendido que el cobarde de vuestro laird lleva años buscándome. —La joven calló un instante—. Muy bien. Aquí me tiene.