CAPÍTULO 12 #2
Morag le guiñó un ojo.
—No sobrevivirías… Los MacBean tenemos el coraje suficiente para decir las cosas a la cara. Vosotros os lo pensáis dos veces antes de hacerlo.
—Eso delata nuestro autocontrol.
Morag resopló.
—A veces, eso no vale, Sloan —le dijo con una sonrisa en los labios al tiempo que descendía los pocos escalones del castillo—. ¿Entrenamos?
—Te voy a demostrar hasta dónde llega mi autocontrol.
Morag sonrió y se pasó la lengua por el labio inferior.
—Estos últimos días, querido, no rindes lo suficiente en la cama... —bromeó.
Sloan dejó escapar un rugido y se lanzó contra ella, que logró parar su estocada a tiempo.
—¿Ese es tu autocontrol? —se burló Morag con una carcajada.
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Hacía ya más de un día que Cora había abandonado el castillo y ya se encontraba peligrosamente en tierras Ross.
La joven sabía que a esas horas ya habrían descubierto en su castillo que había desaparecido.
Se preguntó qué habría pensado cada uno de sus familiares y rezó para que no hubieran castigado a Henry por haberla dejado salir con una excusa.
Tuvo que repetirse que lo que estaba haciendo era lo mejor para todos, pues el miedo la asoló de nuevo, pero su mente regresaba una y otra vez a su hogar.
Deseó que Rowan, su hermano mayor, su laird, pudiera perdonarla algún día por haber hecho eso, pero ni siquiera ella misma lo conseguía.
Por otro lado, su mente voló a Sloan. Él mejor que nadie podría entenderla.
Él sabía lo que era llevar el peso de la culpa sobre sus hombros, y aunque no fuera por el mismo motivo, no podía evitar sentirse de esa manera.
Sin embargo, la opinión que más curiosidad y odio le generaba era la de la misma persona de siempre; aquel que no dejaba de estar en su mente; el que la seguía a todas partes; el que parecía saber en todo momento qué pensaba…
Alasdair. A pesar de todo, Cora no podía arrancarlo de su mente ni de su corazón.
El día anterior, le había dolido terriblemente lo que el guerrero le había dicho.
Ella se había despertado con el ánimo mejor que nunca, feliz, plena, con esperanzas de futuro.
Y, de repente, todo eso se había desmoronado por unas palabras de Alasdair.
Vio el miedo en sus ojos, tal vez por lo que pudieran pensar sus hermanos, pero no creyó que volvería a sufrir otro rechazo después de lo que habían vivido la otra noche.
Cora había llegado a sentirse humillada, despreciada, poco amada. Y por eso se encontraba de camino al castillo Ross. Ya no podría aguantar más desprecios de nadie. Su destino era morir a manos de su enemigo para salvar a su gente. Y eso pensaba hacer.
La joven suspiró y dirigió su caballo hacia un montículo de piedras para descansar y comer algo, pues no había parado de cabalgar en toda la noche por temor a que Rowan hubiera enviado a alguien en su busca.
Y lo peor de todo era que ya imaginaba el rostro de la persona que había tras ella.
Casi podía olerlo, sentirlo… La mente de Alasdair parecía estar conectada a la suya desde hacía años y, por eso, sabía que era él y no otro quien había salido del castillo para buscarla.
La joven desmontó y miró en las alforjas. No había podido coger demasiada comida, por lo que había tenido que fraccionarla para que pudiera llegar al castillo Ross sin pasar hambre.
Cora miró a su alrededor mientras se dejaba caer contra la primera piedra que vio y su caballo pastaba tranquilamente por el prado.
Desde ahí podía ver con claridad a mucha distancia.
Sabía que no era el mejor lugar para descansar, pero no podía más.
Necesitaba estirar las piernas y comer algo mientras todo su cuerpo se desentumecía.
Durante la noche, había llovido y su ropa se había mojado, pero ahora que estaba casi seca necesitaba moverse para evitar que el frío penetrara en sus huesos.
Cora movió los hombros y estiró su cuerpo sobre la piedra, lanzando un gemido de placer cuando sintió que todo su cuerpo parecía volver a relajarse.
Mientras comía un trozo de pan con queso, la joven se dedicó a mirar el paisaje de los campos del clan Ross.
A diferencia de los Chattan, sus enemigos no parecían cuidar la tierra como ellos, pues había numerosas hierbas salvajes por doquier.
De la misma manera, se había cruzado con cabañas y granjas quemadas que no habían llegado a destruir del todo para evitar derrumbes y muertes innecesarias.
No se había cruzado con nadie, pero estaba segura de que la gente Ross también era muy diferente, seguramente huraña y desconfiada.
Después de conocer a Lottie en sus dos versiones, la falsa y la real, había llegado a la conclusión de que sus enemigos eran personas realmente inteligentes.
Habían esperado varios años para preparar la guerra entre todos los clanes y así disimular sus verdaderas intenciones.
De la misma forma, enfrentar a siete clanes diferentes era una verdadera hazaña, ya que normalmente siempre había alguien que solo buscaba la paz y finalmente se desmarcaba de esa guerra.
Pero los Ross habían logrado que todos los siguieran, metiéndose en una cruenta batalla en la que todos habían perdido.
Igualmente, se dijo que los Ross sabían cómo actuar, no solo para evitar que los descubrieran, sino también para que nadie contara su secreto.
El mismo Caleb Comyn podría haber contado a su padre que los Ross querían que lo traicionara y, sin embargo, habían logrado que este estuviera de su parte, llegando a matar a su propio padre.
Mientras terminaba la poca comida que ingirió, Cora se preguntó si los dos clanes que les faltaban por conocer estarían del lado de Ross.
Los Urqhart y los MacGillivray no habían estado en el punto de mira de Sloan y Morag cuando fueron al clan Gunn, pero para ella seguía habiendo preguntas en el aire.
¿Sería realmente un MacGillivray quien la ayudaría o estaban equivocados al pensar que ese “gato mayor” se refería al emblema de los MacGillivray?
Cada vez que se reunían, los había visto de lejos y ningún clan logró proporcionarle la seguridad suficiente como para apartarlo de la lista de enemigos, pero había descubierto en Gillian y Morag a dos buenas amigas.
Cora suspiró y se pasó la mano por el rostro.
Estaba realmente cansada de todo aquello.
Quería terminar cuanto antes y dejar de pensar en los Gunn, los Urqhart o el resto de clanes.
Se recordó que ya nada debía importarle, tan solo la forma de acabar con Ruairidh Ross.
Su único objetivo era el laird de ese clan y, aunque sabía que iba a morir en el intento, haría lo que fuera para llevárselo consigo al infierno.
La joven estiró sus brazos de nuevo por detrás de su espalda y se levantó de la piedra.
Caminó unos segundos de un lado a otro para desentumecerse antes de volver a montar sobre el caballo y reiniciar la marcha.
Según sus cálculos, quedaba poco más de mediodía para llegar al castillo Ross.
Y una sonrisa triste se dibujó en sus labios.
Nadie de su familia sabía todo lo que su padre le había enseñado y le había pedido que guardara para sí.
Ella jamás había ido a los clanes que habían participado en la guerra, pero su padre le había hecho un plano de cada uno, dándole explicaciones sobre qué caminos tomar para llegar a ellos, qué se encontraría por el camino, montañas, ríos e incluso árboles milenarios que llamarían su atención.
Gracias a toda esa información, Cora había podido llegar hasta allí sin perderse y sin dar rodeos.
Se le hizo un nudo en la garganta al darse cuenta de nuevo de que su padre la había entrenado no solo con la espada, sino que la había preparado para su destino.
Era ella y no el resto de la familia quien tendría que enfrentarse a su enemigo.
Por ello, y como desconocían en un principio quién era el culpable, le había hecho un mapa de todos los clanes.
Le había costado darse cuenta de ello, pero ahora que lo sabía, no podía dejar que su familia siguiera corriendo peligro.
Mientras montaba sobre el caballo e iniciaba la marcha, Cora se preguntó dónde estaría Arran.
Hacía ya varios días que los había dejado y seguramente habría llegado a algún lugar para vivir.
Se entristeció una vez más, pues jamás olvidaría su mirada acusadora.
Y cuando la última imagen de Kester apareció en su mente para atormentarla, Cora suspiró.