Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Alasdair suspiró cuando por fin tuvo todo preparado para su marcha.

Estaba realmente nervioso, pues temía que algo saliera mal y Cora perdiera la vida.

Sin embargo, se juró traerla de vuelta al castillo, aunque la joven dedicara el resto de su vida a odiarlo por no haberla dejado entregarse a los Ross para salvarlos a todos.

El guerrero miró las alforjas con comida que había preparado, incluso llegó a meter algo de ropa para Cora y para él por si debían camuflarse para escapar de sus enemigos.

Había pensado en todo durante la hora que estuvo preparando el viaje.

Y ya solo le faltaba informar a Rowan sobre eso y su marcha.

No quería perder más tiempo, pues no sabía si Cora cabalgaría a toda prisa o tal vez se demoraría ligeramente por la lluvia que había caído ese día.

Tras un largo suspiro, Alasdair retornó al interior del castillo con la intención de buscar a Rowan en su despacho y despedirse de él.

A medida que avanzaba por el pasillo, un extraño nerviosismo se posó en su estómago y lo achacó a que estaba a punto de abandonar la seguridad del castillo para ir a buscar a la mujer a la que amaba.

En el momento en el que llegó junto a la puerta, llamó y su amigo le dio paso desde el interior del despacho.

El guerrero se mostró incómodo al verlo de nuevo, pues haber confesado que se había encamado con Cora no era algo que fuera de su gusto.

Sin embargo, Rowan era su amigo de toda la vida e intentó sonreír ligeramente.

No obstante, este le dirigió una mirada seria y penetrante, la misma que solía dedicarle a sus enemigos.

Alasdair llevó sus manos a la espalda y cuadró los hombros.

Vio que había una carta sobre la mesa de Rowan, pero no logró ver el lacre de la misma, y levantó la cabeza nuevamente hacia su amigo, que lo miraba con peligrosa serenidad en ese instante.

Alasdair intentó mantener la calma, pero el silencio de su amigo era peor que cualquier otra cosa.

—Perdona que te interrumpa, Rowan —comenzó diciendo—, pero ya tengo todo preparado para mi marcha.

Rowan tragó saliva y se incorporó en la silla.

Sin saber por qué, Alasdair dio un paso atrás, como si temiera algo por su parte, aunque se dijo que era su amigo y no le haría nada.

No obstante, había un ambiente extraño dentro del despacho, algo peligroso floraba por todas partes. Y eso no le gustó.

El laird rodeó la mesa lentamente, casi contando todos los segundos que pasaban desde que comenzó a moverse hasta que se quedó parado justo enfrente de Alasdair, a escasos dos metros.

—¿Te pasa algo, Rowan? —preguntó para aliviar una parte de la tensión que se respiraba.

El aludido levantó la mirada hacia él y el acero de sus ojos fue más lacerante que nunca. Alasdair lo miró con el ceño fruncido, preguntándose si había pasado algo que se le había escapado mientras se preparaba para marcharse.

—Alasdair… quiero hacerte una pregunta.

—Sabes que puedes hacerme la que quieras.

Rowan arqueó una ceja.

—Pero ¿me responderás con la verdad?

—Sabes que siempre lo he hecho.

—Eso no es cierto, amigo. Te pregunté si amabas a Cora y me respondiste que no mirándome a los ojos.

El guerrero carraspeó y torció la cabeza.

—Pensaba que, si te respondía afirmativamente, me echarías del clan por fijarme en tu hermana.

Rowan lo observó en silencio, provocando que la tensión entre ellos aumentara considerablemente.

—Te habría dado mi bendición porque eras mi amigo.

Para Alasdair no pasó desapercibido el pasado que usó Rowan al referirse a su amistad. Tragó saliva ruidosamente sin comprender qué estaba pasando.

—¿Ya no somos amigos? —no pudo evitar preguntar.

Rowan tardó un segundo en responder, pero no a esa pregunta, sino que él mismo hizo su propia cuestión:

—Alasdair, ¿cuántos años hace que nos conocemos?

—Algo más de veinte años —contestó el guerrero con rapidez, realmente nervioso por aquella mirada penetrante de su amigo.

Lo vio asentir.

—Has respondido con total sinceridad. Sí, hace poco más de veinte años que nos conocemos. Llegaste aquí con tan solo seis años y recuerdo que nos hicimos amigos rápidamente.

Alasdair sonrió de forma tensa y asintió.

—Sí, creo que fuiste el que más fácil me hizo mi adaptación a mi nueva vida.

— ¿Y por qué te trajo tu padre?

Alasdair sintió un nudo en el pecho. De repente, el colgante que pendía de su cuello, y que estaba guardado entre su ropa, quemaba demasiado.

—Porque mi vida corría peligro. Eso es algo que ya sabes…

Rowan asintió de nuevo y se acercó lentamente a él sin parpadear para evitar perderse detalle alguno de las expresiones de su amigo.

—Y dime, Alasdair, después de conocernos durante veinte años, ¿por qué siento que me has traicionado y que solo hemos vivido una mentira?

El aludido tragó saliva y lo miró sin comprender.

—No sé a qué te refieres.

Rowan paró a solo unos centímetros de él y, por primera vez, Alasdair sintió cierto reparo a su presencia.

—Sí, lo sabes.

—Si te refieres a lo que ha pasado con Cora…

Pero Rowan no lo dejó terminar. Lo aferró con fuerza de la camisa y lo empujó contra la pared más cercana .

Alasdair lanzó un gruñido de dolor e inconscientemente llevó sus manos a las de Rowan.

Este lo observaba con ira, frustración y decepción.

Apretaba con tanta fuerza la mandíbula que pudo escuchar el rechinar de sus dientes.

—Desde que estás aquí y me conoces, habrás podido comprobar que una de las cosas que más odio es la mentira, Alasdair.

Este frunció el ceño y lo miró aún sin comprender.

—Solo te mentí cuando me preguntaste si amaba a tu hermana.

Rowan lo sacudió con fuerza.

—¡No me refiero a eso, maldita sea!

—Entonces ¿a qué? —preguntó con desesperación.

—A algo mucho más profundo, más perverso y más inexplicable que acabo de descubrir.

El laird lo soltó y lo miró un segundo más antes de girarse hacia la mesa y coger la carta entre sus manos.

Se la tendió, dejándosela directamente en el pecho con un fuerte golpe.

Antes de agarrarla y leerla, Alasdair miró a Rowan.

Era la primera vez que lo veía fuera de sí de esa manera, y menos contra él.

Con el gesto aún circunspecto, el guerrero aferró la carta entre sus manos y se paralizó por completo al ver el lacre de la misma.

Intentó que sus manos no temblaran, pero no pudo evitarlo. Y Rowan fue consciente de ello.

—Supongo que no hace falta que la leas, ¿no? Ya sabes a lo que me refiero.

Con ojos ligeramente aterrados, Alasdair levantó la mirada hacia él. Su corazón latía a la misma velocidad de su mente, que intentaba pensar una respuesta coherente y creíble para explicar el motivo de esa carta, escrita muchos años atrás.

Y, sin embargo, sí la leyó.

—Esto no es lo que parece, Rowan.

El aludido resopló con ira y dio un paso atrás para evitar propinarle un fuerte puñetazo.

—No me vengas con esas, Alasdair. ¿Eres un traidor? Un maldito traidor.

Este lo miró con los ojos muy abiertos.

—Si me dejas, puedo explicarte absolutamente todo.

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Alasdair suspiró cuando subió sobre su caballo.

Cerró los ojos un instante y reprimió el gesto de dolor que pugnaba por dibujarse en su rostro.

Llevó su mirada hacia la derecha, concretamente hacia la salida del castillo.

Desde allí lo miraban Sloan, Morag, Gillian y…

Rowan. Las miradas de los demás eran las mismas de siempre.

Pero algo había cambiado profundamente en la mirada de Rowan mientras este lo observaba.

Alasdair clavó su mirada en él. Durante más de media hora había estado explicándole absolutamente todo lo que quería decir esa carta, incluido el motivo por el que no podía estar con ella, pero el dolor y la muralla que había levantado Rowan a su alrededor aún le lastimaba.

Antes de salir, Alasdair le juró que llevaría de vuelta a su hermana Cora, por lo que en ese instante clamó al cielo para que pudiera cumplir su promesa. Y después… ya vería.

Girando la cabeza hacia el frente, Alasdair inició la marcha.

Llevaba consigo no solo comida para el camino y la esperanza de encontrar a Cora antes de que cometiera la peor de las decisiones, sino que cargaba sobre sus hombros un poderoso temor, algo que se había hecho aún mayor con el descubrimiento de Rowan y que no sabía exactamente cómo gestionar.

Saludó a sus compañeros cuando cruzó el portón al tiempo que volvía a comenzar a llover. Y antes de alejarse y perderse entre los árboles del bosque, miró una vez más hacia atrás, a la puerta del castillo. La mirada acerada de Rowan seguía clavada en él, penetrante, frustrada y rabiosa.

Alasdair suspiró y se giró hacia el frente. No podía pensar más en eso, sino en lo que tenía por delante, que era lo más difícil de toda su vida.

Desde su posición, Sloan miró de reojo a Rowan y después de nuevo a Alasdair.

A pesar de la distancia que los separaba, logró ver con claridad la mirada de su amigo, que conectó con la de su hermano.

La del primero era casi arrepentida; la del segundo…

difícil de descifrar, pero había rabia en ella.

Por ello, Sloan se cruzó de brazos y, sin mirar a Rowan, le preguntó:

— ¿Puedo saber qué demonios ha pasado entre vosotros para que os miréis así?

En ese momento, su hermano rompió todo contacto visual con Alasdair y dirigió sus ojos hacia Sloan.

—Nada.

Este rodó los ojos.

—Guardáis demasiados secretos últimamente.

Rowan tragó saliva.

—Cuando él regrese, os contará todo.

—¿Y no me puedes dar una pista para saber a qué atenerme?

Su hermano torció el gesto.

—Sí. Hace un rato he estado a punto de matar a Alasdair.

Rowan se giró y se marchó con Gillian, dejando al resto con más preguntas que respuestas. La boca de Sloan se abrió por la sorpresa y Morag, a su lado, resopló.

—Cada día me sorprendéis más los Chattan. A veces, os amo. Otras, pienso en las incontables maneras de daros muerte.

Sloan la miró de reojo.

—Entonces, hazme hueco en tu clan porque a mí me pasa lo mismo.