CAPÍTULO 11 #3
Y Alasdair… Su amigo del alma. Lo conocía desde hacía demasiados años.
Ambos habían crecido juntos en el clan y como guerreros.
Habían luchado hombro con hombro, entrenado, contado confesiones.
Y, sin embargo, en ese momento tenía la impresión de no conocerlo.
¿Por qué le habían negado que amaba a su hermana?
Creía que entre ellos había la suficiente confianza como para contarse esas cosas, pero Alasdair había tenido miedo.
Lo vio en sus ojos mientras confesaba todo.
¿Acaso había llegado a pensar que él le negaría una boda con Cora si le confesaba lo que sentía por ella?
No, debía haber algo más para que Alasdair intentara alejarse de su hermana a toda costa.
También lo había visto en sus ojos y no quiso ahondar, pues el tiempo corría en su contra.
Se dijo que ya le preguntaría qué le sucedía cuando todo eso acabara. Mantendría una seria conversación con él y le daría su bendición si deseaba casarse con Cora. Lo que no imaginaba Rowan por nada del mundo era que estaba a punto de descubrirlo él por su cuenta en cuestión de segundos.
En el silencio de su despacho, el laird intentó calmar su nerviosismo y se obligó a dejar de pensar en su amigo y en Cora.
Como otras ocasiones, abrió los cajones de la mesa y comenzó a leer algunas cartas o papeles que aún conservaba de su padre y que no sabía a qué se referían.
Su progenitor había guardado infinidad de misivas de amigos, familiares lejanos o incluso gente del clan que le escribía para pedirle ayuda.
Rowan había necesitado hueco dentro de los cajones, por lo que muchas de esas cartas habían acabado en el fuego.
Sabía que ese trabajo no era suyo, sino tal vez de algún sirviente o de alguno de sus hermanos, pero a él le gustaba hacerlo.
Cuando podía y encontraba un pequeño hueco en su trabajo, solía leer las cartas, pero el tiempo siempre parecía correr en su contra, por lo que se le acumulaban las cartas de su padre junto a las que él mismo recibía.
Hacía tiempo que no había mirado entre ellas, así que abrió el tercer cajón, el más lleno de los tres y del que apenas había sacado cartas.
Leyó por encima algunas de ellas, con el único interés de llevar su mente hacia otros lugares.
Sin embargo, después de tirar una de ellas al fuego y regresar a la mesa para rebuscar entre ellas, divisó una carta con un lacre que llamó poderosamente su atención.
Con el ceño fruncido y el corazón ligeramente alterado, Rowan la tomó entre sus manos y lo observó con atención.
Se preguntó en qué momento se había carteado su padre con ese clan, pero lo peor de todo estaba dentro de aquella misiva.
Respirando hondo, la abrió y comenzó a leer.
Jamás en su vida se habría esperado ver lo que sus ojos estaban leyendo en ese instante.
De hecho, llegó a pensar que lo estaban engañando.
Pero no era así. Tuvo que leerla un par de veces más para alcanzar a comprender la magnitud de lo que acababa de descubrir sin querer.
Todos esos años lo había tenido delante de sus narices y nunca se había dado cuenta.
Su corazón latía deprisa, como un tambor en medio de una habitación llena de cristales.
A su alrededor, todo era silencio. Y la mano que sujetaba la carta comenzó a temblar.
No. No podía ser verdad. Repasó todos y cada uno de sus recuerdos y poco a poco comenzó a entender qué había estado oculto ante sus ojos.
Durante un segundo, se preguntó si su madre, en algún momento de su existencia, habría llegado a conocer aquella información y se la había ocultado a todos. Y a pesar de que intentó descubrirlo con sus recuerdos, no logró sacar información.
Rowan estaba paralizado. En cualquier otra ocasión, se habría levantado de la silla y habría buscado a la persona que se nombraba en esa carta, pero la sorpresa provocó que se mantuviera sentado en su sitio, preguntándose por qué su padre jamás se atrevió a contarle eso.
Durante buena parte de la hora siguiente, Rowan se dedicó a odiar a todo el mundo por haberle guardado semejante secreto.
No logró entender los motivos de unos y de otros.
Y, sin embargo, se obligó a acabar cediendo a regañadientes, a pesar de que la furia seguía latente en su interior.
Una especie de vocecilla llegó a decirle que era lo mejor para todos, para protegerlos, pero le costó entenderlo con facilidad.
Rowan dejó caer la carta sobre la mesa y sus ojos fueron directamente al lacre de la misma.
Este estaba roto, lógicamente, pero podía verse con claridad.
No pudo contener su furia y sus dedos se apretaron con fuerza en los brazos de la silla.
Acababa de comprender muchas cosas extrañas del clan, pero ¿a qué costo?
—No puede ser verdad… —se repitió varias veces.
Su cabeza negaba una y otra veces, pero se dijo que ese día iba a descubrir toda la verdad. Y lo haría al precio que fuera necesario.