Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

—Vayamos entonces, laird MacGillivray.

Alasdair dejó escapar una risa.

—No sé si me gusta que tú me llames así.

—¿Prefieres que te llame “gatito”?

El guerrero puso los ojos en blanco.

—Oh, Dios mío, esto no empieza bien.

La carcajada de Cora retumbó entre las paredes de la capilla mientras salían de allí rumbo a la celebración.

Por fin eran marido y mujer, y no podía creérselo.

Había soñado con eso durante tantos años que ahora que podía llamarse su “esposa” no lo podía creer.

Y a medida que recorrían el pasillo, sus recuerdos asolaron su mente.

Infinidad de veces se había encontrado con Alasdair en ellos, donde habían discutido, peleado, incluso se habían insultado…

Pero jamás creyó que todo eso formaba parte de un plan del propio Alasdair para protegerla y evitar que muriera por su culpa.

La vida de ambos había dado un giro tan inesperado que aún se sentía como si estuviera sobre una nube.

En cuestión de minutos llegaron al salón, donde los recibieron con vítores y levantando sus copas para brindar por ellos, pero cuando Alasdair tuvo la suya entre sus manos, pidió a los demás que callaran unos segundos.

Después, miró con una sonrisa a Cora. Frente a ellos se encontraba la familia que la vida había decidido entregarle a pesar de no poseer la misma sangre.

Había vivido junto a ellos numerosas situaciones, algunas mejores que otras, pero siempre los llevaría en su corazón.

Ahora debía volver a su clan y formar allí su propia familia junto a Cora y, aunque era algo que deseaba desde hacía tiempo, no podía evitar sentirse triste por su inminente marcha a tierras MacGillivray.

El castillo Chattan siempre sería su hogar y esa familia siempre sería la suya propia, pero ya era hora de que tomara las riendas de su propio camino.

Cerca de él también se encontraba su padre. Él había sido su pasado y ahora sería su futuro. Nunca había sido su presente, ya que el destino les tenía preparado algo diferente, pero se lo había devuelto para sanar lo andado anteriormente.

—En este día tan especial quisiera brindar no solo por mi boda, sino por algo que llevo en mi corazón y que seguirá ahí con el paso del tiempo.

Alasdair tragó saliva para apartar la emoción que lo asolaba.

—Este clan me acogió siendo apenas un niño, me cuidó, me enseñó a luchar y me trató como alguien más sin preguntar de dónde venía. Aunque me quitó la presencia de mi propia familia por circunstancias que ya conocéis, me dio todo lo demás, incluida a la mujer que amo.

Cora sonrió y apretó su mano con fuerza.

—Aquí he sido feliz a pesar de lo que sabía que me esperaba.

He hecho amigos que llevaré conmigo en el corazón, pero también estará la familia que se queda hoy aquí.

Rowan, Sloan… tengo que alejarme de los verdaderos hermanos que el destino decidió regalarme.

Muchísimas gracias por todo lo que me habéis dado, por vuestro respeto, por el cariño, por la amistad… Sois todo lo que deseaba en la vida.

Tanto un hermano como otro levantaron la copa, aunque Sloan apartó la mirada al notar que la emoción podría notársele en los ojos.

—A los demás, gracias por lo mismo. Nunca me he sentido diferente a vosotros y siempre he sido uno más, sin distinción por mi anterior clan.

Alasdair se quedó callado un instante cuando sus compañeros lanzaron vítores por él y levantaron sus copas con una sonrisa.

—Sin embargo, sobre todo quiero dar las gracias a Cora, la mujer que amo y que durante años intenté alejar de mí.

Toda mi vida ha girado en torno a ella, a su protección y felicidad, y cuando sentí que todo temblaba bajo nuestros pies y parecía que se volvería en contra de nosotros para acabar con nuestras vidas, ella surgió como la guerrera que es.

A ella no solo le debo mi vida, también la jefatura de mi clan.

Ella acabó con aquellos que me habían traicionado y me hizo creer que las profecías pueden cambiarse.

Pero también quiero dar gracias al destino, ese mismo que me trajo aquí y me obligó a conocerla.

Sin ese problema, no habría conocido a la mujer más impresionante y hermosa que he visto nunca.

Cora sonrió y apartó ligeramente la mirada, llena de lágrimas.

—Hoy brindo por ella y por nuestro nuevo camino, para que todo esté lleno de la felicidad que por fin nos merecemos.

A su alrededor, todo el mundo comenzó a gritar y a brindar. La música comenzó a sonar y el interés de todos se volvió hacia la necesidad de pasarlo bien y despejar la mente de la anterior batalla.

Mientras tanto, Alasdair aferró la cintura de Cora y la atrajo hacia él. La joven aún tenía la mirada empañada en lágrimas, pero estaba más feliz que nunca. Posó sus manos sobre el amplio pecho de Alasdair y sonrió.

—No sé qué te ha pasado estos días, pero tú nunca has sido así de elocuente…

Alasdair sonrió y la besó tiernamente.

—Eso no es cierto. Siempre lo he sido, solo que me odiabas tanto que nunca te has dado cuenta.

—No mientas. Siempre estaba pendiente de ti, pero pensabas que te odiaba. Lo hago bien, ¿verdad?

El guerrero asintió.

—Yo también lo hacía bien. Cuando te insultaba y te sonrojabas de ira parecía sonar música celestial.

—¡Eh! —exclamó la joven dándole una palmada en el pecho.

Alasdair se carcajeó y dejó la copa a un lado para atrapar su cintura con ambas manos.

—No te enfades, porque ya es tarde para alejarte de mí, pelirroja. Ahora eres mi esposa.

Cora sonrió de lado.

—Y tú mi esposo… Tampoco puedes escapar de mí.

Alasdair ronroneó contra sus labios y miró a su alrededor con disimulo.

— ¿Qué te parece que nos ausentemos unos minutos de la celebración y vayamos al primer salón que encontremos? Solo quiero tranquilidad, ¿vale?, no pienso arrancarte la ropa y hacerte mía una y otra vez sin descanso mientras gimes de placer y me tiras del pelo como tú sabes…

Cora sintió que sus mejillas se tornaban rojas por la vergüenza.

—Es usted demasiado desvergonzado para ser laird.

Alasdair se encogió de hombros.

—Me crie como un guerrero normal. Puedo ser laird cuando sea necesario, pero también me puedo permitir ser un guerrero enamorado, apasionado y fogoso con mi esposa si así lo deseo. ¿No crees que este vestido tiene demasiada tela?

Cora levantó los brazos hasta posarlos en sus hombros y rozó sus labios levemente.

—Quítamela, laird MacGillivray. Me temo que tengo fiebre y necesito dejar a un lado las vestimentas…

Alasdair sonrió y, sorprendiéndola, se separó de ella y se agachó para subirla sobre su hombro.

Cora lanzó una exclamación de sorpresa y vergüenza al ver que todo el mundo se giraba hacia ellos y los observaba mientras se dirigían hacia la puerta de salida del salón.

Al instante, los guerreros del clan gritaron palabras obscenas que lograron arrancarle una expresión avergonzada a Cora, que se tapaba la cara.

Y en el momento en el que salieron del salón y Alasdair caminaba por el pasillo con ella sobre su hombro, Cora comenzó a insultarlo y golpearlo en la espalda.

—¡Bajame ahora mismo, Alasdair MacGillivray, o sufrirás las consecuencias!

—¿Sí? Me temo que eres tú quien va a sufrirlas ahora. ¿Cómo se atreve una señora como usted a golpear a un laird? Eso merece un castigo.

—¡Nos ha visto todo el mundo, por Dios!

Alasdair le propinó un suave cachete en el trasero.

—Así sabrán que deseo aumentar la familia desde el primer día. Eso sin contar con que ahora serán conscientes de que la mujer más hermosa del clan es mía. ¡Mía!

Cora resopló y volvió a golpearlo en la espalda.

—Eres un salvaje, Alasdair MacGillivray.

—Tan salvaje que mañana mi querida esposa no podrá sentarse en una silla…

Y con una carcajada, Alasdair la llevó hasta el que había sido su dormitorio hasta entonces con la intención de cumplir su promesa no solo ese día, sino todos los de su vida a partir de entonces.