Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Acababa de pasar el mediodía cuando Alasdair salió al patio del castillo para despejarse.

Durante toda la mañana, no había podido parar de pensar en lo que había hablado con Cora.

Se arrepentía por completo de cada una de sus palabras, pero más aún de haberle hecho daño a la joven.

El mayor de sus deseos era pasar el resto de su vida con ella, pero no podía.

Simplemente, era algo prohibido para ella, a menos que quisiera que la joven muriera.

Alasdair suspiró largamente y se pasó los dedos por las sienes, masajeándolas ligeramente al tiempo que cerraba los ojos unos instantes.

Le dolía terriblemente la cabeza. A pesar de que había sido el mejor despertar de su vida, junto a Cora, ese día se había convertido en una auténtica pesadilla para él, pues sabía que la había perdido para siempre.

Lo había visto en sus ojos. Había vuelto a ver el odio, la rabia y la frustración que siempre había provocado en la joven, pero esta vez había dolor por su nuevo rechazo, aunque ella aún no comprendía que la estaba salvando.

El joven lanzó un rugido de frustración y caminó bajo la lluvia.

Su rostro se arrugó al ver que estaba lloviendo con intensidad, pero no estaba dispuesto a volver al interior del castillo y dejar que su mente volviera una y otra vez hacia Cora.

Necesitaba despejarse y cambiar sus pensamientos hacia otro lugar.

Lo que fuera tan solo para no pensar en la mujer que más amaba.

Alasdair se cruzó de brazos sobre el pecho y caminó mirando ligeramente hacia arriba para que las gotas de lluvia cayeran sobre su rostro y despejarse.

Estaban realmente frías, pero no le importaba.

Poco a poco, su camisa comenzó a pegarse a su piel debido a que se había mojado.

El guerrero caminó con lentitud hacia el portón, donde vio a Henry.

Nuevamente, su recuerdo voló hacia Cora.

Esta no se había presentado en el salón para comer, y supuso que estaba enfadada con él, por lo que tal vez habría decidido comer en su dormitorio o incluso en las cocinas tan solo para no cruzarse y evitar verlo una vez más.

Y en parte la comprendía. Él mismo estaba hecho pedazos por lo que se había visto abocado a hacer.

No podía imaginar cómo se sentiría Cora después de su rechazo.

Además de la furia, estaba seguro de que la joven no entendía absolutamente nada.

Durante la noche anterior se había dedicado a demostrarle lo que sentía por ella.

La había cuidado, mimado, acariciado en lo más profundo del alma, le había hecho el amor de la mejor manera que sabía para llevarla a lo más alto.

Y, sin embargo, después de despertarse con una sonrisa y entre caricias, él la había vuelto a rechazar.

Por ello, no podía culparla si lo odiaba por el resto de su vida.

—¿Qué tal, Henry, mucho trabajo? —le preguntó para alejar su mente de la joven.

El aludido suspiró y se encogió de hombros. En sus ojos vio un sentimiento de cierta preocupación, pero no quiso preguntar de momento.

—Como todos los días, pero más aburrido porque con la lluvia casi nadie quiere salir del castillo, salvo Cora.

Al escuchar el nombre de la joven, Alasdair se puso en alerta instantáneamente.

Siempre la había seguido a todos lados, sabía dónde estaba y cómo se encontraba, pero después de lo ocurrido esa mañana no quiso seguirla y le dejó su espacio para que pudiera pensar sin él cerca de ella.

Sin embargo, ahora que Henry le comunicaba que parecía haber salido, se golpeó mentalmente por no haber hecho bien su trabajo.

—¿A qué te refieres?

Alasdair vio que la preocupación de Henry aumentaba, por lo que estaba seguro de que lo que le iba a contar no le gustaría escucharlo. Apretó los puños con fuerza y rechinó los dientes hasta el punto de que se tuvo que obligar a relajarse para evitar partírselos.

—A que Cora salió bien temprano del castillo y aún no ha vuelto.

Alasdair frunció el ceño.

—¿Cómo de temprano?

El guerrero ladeó la cabeza mientras pensaba, hasta que respondió:

—Justo después del desayuno…

Alasdair recordó que les dijo que se marchaba a descansar porque no se sentía bien, no dijo nada de salir del castillo. Y que hubiera mentido no quería decir nada bueno.

—¿Dijo a dónde iba?

Henry asintió.

—Al herrero.

El ceño de Alasdair se unió aún más.

—¿Al herrero? —preguntó, estupefacto y ligeramente tembloroso al recordar el sueño que había tenido la noche anterior en el que él era quien regresaba del herrero y vio cómo la mataban.

Durante el desayuno, Cora no había nombrado al herrero en ningún momento. Y, si eso fuera cierto, no habría tenido reparo en decir a dónde iba, por lo que se había inventado una excusa para salir de allí. Y que no hubiera regresado no era precisamente una buena señal.

El corazón de Alasdair comenzó a palpitar con fuerza.

Sus sienes, que ya latían con dolor anteriormente, ahora parecían martillear su cabeza con insistencia.

Deseaba hacer más preguntas, pero no estaba seguro de querer saber la respuesta.

Allí había algo que no le gustaba y no sabía en qué había podido pensar Cora para mentir de esa manera y escapar del castillo.

—¿Y dices que aún no ha regresado? —Henry asintió—. ¿Estás seguro de ello? Tal vez te has ausentado un instante y otro compañero le ha abierto el portón.

Henry, que se veía cada vez más preocupado, negó con la cabeza.

—No me he movido de aquí ni para mear, Alasdair.

El guerrero sintió cómo comenzaron a pitarle los oídos, las manos le temblaban y las piernas comenzaron a amenazar con tirarlo al suelo.

Recordó una conversación que había mantenido con ella y esta había dejado caer que lo mejor que podía hacer por todos era entregarse a los Ross, pero jamás la creyó capaz de hacerlo.

Sin embargo, su corazón le dijo que esa mañana acababa de romperle el suyo y que tal vez por eso había dejado a un lado la cordura y se había marchado a tierras del enemigo. Y si era así, estaba en peligro.

—¿Qué crees que ha hecho? —lo sacó de su ensimismamiento.

Alasdair lo miró con el ceño fruncido y paralizado por el miedo que le suponía pensar en que Cora iba directa a la boca del lobo.

—Espero equivocarme, pero ha ido a buscar a Ruairidh Ross.

Henry abrió mucho los ojos, pero Alasdair ya no estaba pendiente de él ni quería continuar con la conversación.

Se alejó de Henry y caminó hacia el castillo sin saber muy bien qué hacer.

Era la primera vez que le ocurría algo así y tembló como la noche anterior.

La había perdido. Eso solo podía significar una cosa: Cora iba a morir como en su sueño y él no podría hacer nada.

Recordó las manos negras que lo aferraban al suelo, impidiéndole moverse, y solo pudo temblar una y otra vez ante lo que se avecinaba.

Se llevó las manos al rostro para esconderse.

Había fracasado. Él mismo la había empujado al filo de la espada de Ruairidh Ross y, si moría, sería culpa suya. Jamás podría perdonarse algo así.

Por ello, una vez entró en el castillo, Alasdair se obligó a reaccionar. No podía pasarse el resto del día lamentándose mientras Cora le llevaba mediodía de adelanto en el camino. Tenía que encontrar la manera de cabalgar hacia ella, pero primero iba a comunicárselo a Rowan y a los demás.

Buscó desesperadamente a su amigo y al resto de su familia, pero no los encontró por ningún salón, ni siquiera en sus dormitorios, descansando tras la comida. Por ello, se dirigió hacia el despacho, que era el único lugar que le quedaba por mirar.

Bajó las escaleras de dos en dos y corrió hacia su destino. Y en el momento en el que llegó junto a la puerta, no se detuvo a llamar. Abrió esta sin pensar y se encontró allí a Rowan, junto a Gillian, Sloan y Morag.

Estos, al ver su rostro descompuesto, sabían que había ocurrido algo, por lo que respiró hondo para serenarse y cuadró los hombros.

—¿Qué pasa? —preguntó Rowan.

—Creo que Cora se ha marchado del castillo —soltó de golpe.

Gillian se levantó de la silla, mientras que Rowan rodeó la mesa con la mirada puesta sobre él. Sloan y Morag, que estaban de pie a un lado, cerca de la ventana, se tensaron de golpe.

—¿A qué te refieres con eso?

Alasdair tragó saliva.

—A lo que habéis oído. Henry me ha informado de que Cora salió esta mañana para ir al herrero y aún no ha vuelto.

Gillian arrugó el rostro.

—¿El herrero?

—Eso mismo he preguntado yo, sorprendido.

—Esta mañana dijo que iba a descansar, que se encontraba mal —terció Morag—. ¿Has mirado en su dormitorio?

—No la he buscado por el castillo, pero si Henry dice que salió y no ha vuelto, lo creo.

—¿Nos ha mentido para escapar? —preguntó Sloan, estupefacto—. ¿Por qué?

—Creo que tenía intención de entregarse a los Ross. Alguna vez lo ha sugerido, pero pensaba que eran solo sus cavilaciones dichas en voz alta…

Rowan se apoyó contra la mesa, tan sorprendido e iracundo que aún no había logrado decir palabra alguna.

— ¿Y por qué querría entregarse a los Ross? Es una completa locura.

Alasdair suspiró y chasqueó la lengua.

—Porque Arran la culpó de la muerte de Kester, porque siempre había sentido que las muertes de los demás eran culpa suya, porque pensaba que así lograría protegeros a los que aún estáis vivos…

—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Sloan.

—Porque la conozco y estoy atento a sus palabras.

— ¿Y por qué no has podido detenerla? —preguntó de nuevo Sloan con gesto cada vez más iracundo.

Alasdair se lo devolvió y apretó de nuevo los puños.

—De haber sabido que se iba a marchar después del desayuno, la habría parado. No tenía ni idea de lo que pretendía.

—No estamos en condiciones de echarnos la culpa los unos a los otros —irrumpió Rowan al ver que Sloan pensaba replicarle a Alasdair.

—Sin embargo, creo que la tengo —murmuró el guerrero.

Rowan fijó su mirada en su amigo y lo observó con atención. No estaba seguro de a qué se refería, pero no le gustó ver esa expresión en su rostro.