CAPÍTULO 10 #3
Pero, a pesar de que su atención quería estar puesta sobre lo que estaba a punto de hacer, Cora no podía dejar de olvidar en el daño que le había hecho Alasdair.
¿Cómo era posible que la rechazara después de haberse entregado a él?
¿De verdad ese hecho no valía nada para el guerrero?
Le había dado lo más íntimo de su ser, y ya no le quedaba nada por entregarle.
Le había dado algo que no había cedido a nadie, pero parecía no haber valido nada para él. Y eso le dolió terriblemente.
Los ojos de Cora se llenaron de lágrimas que se obligó a apartar. Con disimulo, la joven se tapó la cara, fingiendo apoyar la cara sobre una mano, aburrida. Pero para Alasdair no había escapatoria y en el momento en el que se hartó de su mirada, dejó caer la cuchara contra la mesa con cuidado.
Si no la amaba ni quería estar con ella, ¿por qué demonios seguía mostrando interés?
¿Por qué la observaba? ¿Por qué parecía estar pendiente de ella como si estuviera a punto de saltar sobre la joven?
Numerosas preguntas para ninguna respuesta.
Pero ya no le importaba. Lo sucedido esa mañana le había dado alas para llevar a cabo su plan.
Por él lo habría dejado, para tener una oportunidad, pero ya no.
Estaba dispuesta a morir. Y yo tendría miedo.
Cora se obligó a comer más deprisa para ser la primera en terminar su desayuno y escapar mientras los demás seguían en el salón.
Por ello, tragaba casi sin masticar, aunque disimulando todo lo que podía.
Agradeció al cielo que Alasdair hubiera apartado la mirada de ella para seguir la conversación de los demás, así que cuando la joven terminó su tazón, se levantó para marcharse.
—¿Ya te vas? Apenas has comido nada.
La voz de Gillian la sobresaltó, pero se giró con una sonrisa falsa en los labios. Los demás la observaban con atención y Cora sintió que su corazón se partía en mil pedazos al pensar que era la última vez que los veía.
—Sí, es que hoy la avena se me atraganta porque está más seca que en otras ocasiones.
—¿No te quedas para darnos tu opinión sobre el plan que estamos ideando para cuando podamos partir con los de mi clan? —preguntó Morag.
Cora tragó saliva y sonrió brevemente.
—Cualquier cosa que decidáis me parece bien. Si nos os importa, me he despertado con dolor de cabeza y me gustaría descansar.
Rowan asintió y la dejó marchar, aunque Cora los miró largamente unos segundos más. Tras esto, se obligó a moverse o comenzarían a sospechar sobre sus intenciones. En el momento en el que salió de allí se dijo que, si iban a hablar sobre los planes, tardarían un buen rato en salir de allí.
Por ese motivo, la joven recorrió con paso ligero el pasillo.
Necesitaba llegar cuanto antes al caballo, inventar una excusa para salir de allí y escapar a toda prisa de las tierras que la habían visto nacer y crecer.
Ya no había vuelta atrás. Así que salió al patio y, bajo la lluvia, caminó hacia las caballerizas al tiempo que se ponía la capucha sobre la cabeza y así protegerse del aguacero.
Casi voló hacia las cuadras cuando penetró en ellas, agarró las riendas de su caballo, montó sobre él y salió de las caballerizas con total serenidad.
—Por favor, que no me descubran… —susurró.
Con su capa, tapó las alforjas, por lo que nadie descubriría que las llevaba llenas de comida para un viaje sin retorno. Y en el momento en el que llegó al portón, esbozó una amable y falsa sonrisa.
—Siempre te toca vigilar en las peores horas, Henry.
El aludido le devolvió la sonrisa. Se conocían desde siempre y habían sido amigos, pero el guerrero nunca quiso ser demasiado cercano con ella por temor a meterse en problemas con Rowan. Sin embargo, sí era más amable que otros guerreros.
—Veo que tú también quieres mojarte… —fue la respuesta de este.
Cora se encogió de hombros.
—Tengo que ir al herrero para que me arregle el filo de mi espada —mintió descaradamente—. Quiero tenerlo a punto para el momento de marchar a la guerra.
—¿Por qué no vas en otro momento? Ahora llueve demasiado.
Cora sonrió aún más y miró hacia el cielo.
—¿Crees que unas simples gotas de lluvia me van a detener?
Henry sonrió y negó con la cabeza.
—Supongo que habrás avisado a tu hermano.
Cora tragó saliva, pero acabó asintiendo.
—Claro que sí. No tardaré en volver.
El guerrero abrió el portón y Cora estuvo a punto de lanzar un suspiro de alivio, aunque logró contenerlo para evitar ser descubierta.
Estaba a punto de alcanzar su primera victoria en su plan.
Y en el momento en el que atravesó el portón de la muralla y se alejó de allí, sus ojos se llenaron de lágrimas que lograron confundirse con gotas de lluvia.
Estaba dando el mayor paso de su vida, y hacerlo por aquellas personas a las que amaba le llenaba el corazón de amor.
Lo que más le dolía era la pérdida para siempre de Alasdair después de una maravillosa noche, pero ya no tendría que pelear más con él, soportar que la siguiera a todos lados o que pareciera saber qué pensaba en cada instante.
Ahora estaba ella sola consigo misma. Y haría lo posible para acabar con todos sus enemigos.