Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

Por ello, suspiró y caminó hacia la puerta, pero la voz de Cora lo detuvo.

—Eres un maldito cobarde, Alasdair Mackay. Nunca has tenido los cojones suficientes para dejar a un lado las órdenes de los demás y poder vivir tu propia vida.

Alasdair la miró por encima del hombro con gesto apesadumbrado y la mano sobre el pomo de la puerta.

—Mi destino estaba sellado cuando aún era un niño, al igual que el tuyo… No tengo elección.

—Todo el mundo tiene elección —le espetó la joven con lágrimas en los ojos.

—Entonces, elijo protegerte, incluso de mí mismo.

Cora apretó los puños con fuerza y lo miró una última vez antes de que Alasdair la dejara completamente sola.

En el momento en el que la puerta se cerró tras su marcha, la joven se dejó caer al suelo, llorando, sin importarle su desnudez, tan solo dejando que su corazón roto, una vez más, pudiera dejar salir todo el dolor.

Durante la noche anterior, que había sido mágica, había dejado volar su imaginación, había llegado a pensar que su vida por fin tendría un sentido y que podría vivir plena junto a él.

Su mente también había decidido dejar a un lado la locura que había estado a punto de cometer, pues solo así podría tener un futuro junto a él.

Pero ya no sería así. Mientras lloraba se juró que en el momento en el que limpiara la última lágrima de sus ojos se vestiría y prepararía para marcharse del castillo.

Ahora ya no tenía un futuro, un camino, un propósito de vida.

No. Volvía a quedarse sola, y tenía que cumplir con su destino.

Mientras dejaba caer las lágrimas se dijo que ya no tenía a nadie que la retuviera en el castillo, pues Alasdair le había dejado claro que no estaría con ella jamás.

Y el dolor fue el que tomó la decisión. Su mirada cambió. Se hizo más dura, más profunda. La cicatriz de su mano picó ligeramente, como si le recordara que había hecho un juramento.

Cora se levantó del suelo, limpió su última lágrima y miró hacia su espada con el ceño fruncido.

—Ya es hora de acabar contigo, Ruairidh Ross.

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Cora guardó la alforja con comida entre su capa para evitar que alguien pudiera verla.

Salió por la puerta de atrás de las cocinas y así no cruzar por los pasillos más transitados.

Cuando llegó a una de las esquinas del castillo, miró a su alrededor para comprobar si los guerreros estaban entrenando.

Descubrió que aún no habían ido ni habían hecho el cambio de guardia.

Por ello, caminó entre los obstáculos para evitar ser vista.

Lo hizo con disimulo, intentando hacerles ver que simplemente se encontraba paseando antes del desayuno.

Tenía ante sí uno de los momentos más difíciles, pero si Sloan y Morag habían logrado entrar en el clan Gunn con mentiras, ella podría salir del suyo también con la misma táctica.

En el momento en el que pudo introducirse en las caballerizas y esconderse de posibles miradas, Cora dejó escapar un suspiro de alivio.

Rezó para que esa vez Alasdair no la siguiera a ningún lado como solía hacer, ya que, si lograba alcanzarla antes de llegar a tierras Ross, estaría perdida.

Su hermano Rowan le prohibiría luchar en la guerra, y no quería volver a quedarse en la retaguardia.

Casi voló hacia la cuadra en la que se encontraba su caballo.

Entró en ella y cerró la puerta de madera para que nadie la viera.

Tomó entre sus manos la montura y la colocó con precisión.

Tras tenerla lista, Cora colgó las alforjas a un lado y a otro y se quedó apoyada sobre el lomo del animal mientras intentaba calmar los rápidos latidos de su corazón.

Cuando por fin lo logró, puso atención a los ruidos de su alrededor, pero no había nadie más que ella en las caballerizas.

Salió de la cuadra y la cerró tras de sí.

Debía disimular unos minutos antes de salir del castillo.

Por ello, Cora se dirigió hacia el interior caminando como si nada, disimulando todo lo que su corazón le permitía y rezando para que nadie notara nada en su rostro o mirada.

La joven miró hacia el cielo antes de entrar por completo en la fortaleza y sonrió ampliamente.

Estaba comenzando a llover y, probablemente, en cuestión de minutos el cielo descargaría bastante agua.

Eso le gustó, ya que podría escapar del castillo con facilidad al no tener que dar demasiadas explicaciones.

La joven se internó en la fortaleza y caminó por el pasillo hacia el gran salón. Apenas se cruzó con un par de sirvientes que la saludaron, pero la joven siguió hacia su destino después de devolverles el gesto.

—¿De dónde vienes de tan buena mañana?

La voz de Rowan la sobresaltó y Cora agachó la mirada para darse cuenta de que se había dejado la capa puesta en lugar de en las cuadras. Disimulando, la joven sonrió y se encogió de hombros al tiempo que se aproximaba a su asiento y se dejaba caer contra la silla.

—De dar un paseo por el patio. Me he puesto la capa porque ha comenzado a llover y no me apetecía tener que cambiarme de ropa.

Cora miró a los ojos de Rowan para comprobar si su mentira había sido aceptada, y al ver que su hermano asentía, le devolvió una media sonrisa.

Los demás comenzaron a desayunar, algo que agradeció, pues no le gustaba ser el centro de atención, especialmente en ese instante en el que pensaba abandonarlos y escapar de allí para enfrentarse ella sola a los Ross.

Sin embargo, había una mirada que no dejaba de posarse sobre ella, una misma mirada a la que durante la noche le habría dado una parte de su alma para que la guardara con mimo y, al contrario de lo que esperaba, le había clavado un puñal en el corazón.

Cora levantó la mirada y vio que Alasdair la estaba mirando con cierta curiosidad, aunque una parte de él aún guardaba la rabia por su discusión de esa mañana.

La joven hizo acopio de todas las oraciones que conocía para pedir no sonrojarse, pues aún podía sentir las callosas manos de Alasdair en su cuerpo y su lengua lamiendo…

Cora carraspeó y apartó la mirada, incapaz de sostenérsela.

Se sirvió algo de comida a su tazón y comenzó a degustarla mientras escuchaba de fondo la conversación de los demás; una conversación que no le interesaba y que ni siquiera deseaba seguir.