Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La primera en despertar al día siguiente fue Cora.

En el momento en el que el cielo comenzó a tomar una tonalidad clara, indicando que un nuevo día se aproximaba, Cora abrió los ojos y se desperezó largamente sobre la cama.

En sus labios se dibujó una sonrisa al darse cuenta de que era el mejor despertar de toda su vida.

Los recuerdos de la noche anterior aún seguían latentes en su mente y no podía creer que se hubiera entregado con esa pasión a Alasdair.

Las barreras se habían borrado entre ellos, provocando que pudieran verse por fin como lo que eran: dos personas que se amaban en silencio y se deseaban con todas sus fuerzas.

Rezó para que las cosas entre ellos siguieran así y pudiera tener una relación con él como sus hermanos habían logrado tener en los últimos meses.

Dirigiendo su mirada hacia su izquierda, Cora se fijó en la espalda de Alasdair.

Este se encontraba girado hacia el otro lado, por lo que no podía verle la cara, aunque sí el resto de su poderoso cuerpo.

Cora levantó ligeramente las sábanas y se detuvo a observar su impresionante anatomía.

No sabía si él era consciente de ello, pero poseía una fuerza y una seguridad que era capaz de envolverla incluso estando dormido.

Junto a él sentía que todo estaba bien, incluso a pesar de tener a todo un clan detrás de ella para acabar con su vida.

Alasdair le aportaba la fuerza que le faltaba, la serenidad, la calma y la seguridad en sí misma.

Y desde la noche anterior, Cora tenía la impresión de ser invencible.

Sin perder la sonrisa, la joven recorrió la espalda de Alasdair con la mirada hasta bajar a su trasero. El día anterior había descubierto que lo tenía tan duro como una piedra, y aún tenía la marca de sus uñas sobre su piel.

Cora bajó la sábana y se acercó a él. Pegó sus pechos a la espalda del guerrero, que no se movió, ya que estaba profundamente dormido, y pasó una mano por encima de su cintura.

Rezó para que ese momento durara eternamente, para que nada ni nadie los interrumpiera, para que todo lo demás desapareciera y no tuviera que dar explicaciones ni ir a la guerra.

Solo quería quedarse con él, sin arrepentimientos, sin guerras entre ellos, sin dolor.

La joven inspiró con fuerza. El olor de Alasdair era particular y le arrancó una amplia sonrisa.

De repente, se sentía como una niña pequeña a la que le regalan el muñeco de sus sueños, a la que le dejan saltar en los charcos sin importar las manchas del barro, a la que dejan ser completamente libre.

A lo largo de su vida había tenido situaciones de felicidad que la habían hecho reír y sentirse bien, pero ninguna podía compararse con el hecho de haberse entregado al hombre al que amaba.

Y en ese instante, se dijo que había estado a punto de cometer la peor locura de su vida.

Se había jurado ir ella sola ante los Ross para entregarse a ellos y morir para salvar a su gente, pero en ese instante veía la vida de otra manera.

Parecía haber un horizonte para ella, un posible camino de vida en el que poder estar tranquila y disfrutar.

Se preguntó si Alasdair también querría estar junto a ella y si, juntos, podrían derrotar a sus enemigos.

Los minutos pasaron y la joven no pudo resistirse a acariciar el cuerpo del guerrero.

Poco a poco, este comenzó a despertar. Respiró hondo y giró su cuerpo hacia ella.

Cora sonrió aún más mientras sus dedos recorrían el vello del pecho del guerrero.

Lo acarició al tiempo que este se restregaba los ojos antes de abrirlos.

En ese momento, Cora se apartó ligeramente y lo observó, esperando a que dijera algo.

—Buenos días… —fue lo primero que salió de la garganta del guerrero.

Su voz sonó aún adormecida y tan enronquecida que Cora tuvo la sensación de que volvía a excitarse tan solo con escucharlo.

La noche anterior se había quedado realmente saciada, pero tenía tantas ansias por sentirlo de nuevo dentro de ella que tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no subir sobre su vientre y hacerlo suyo una vez más.

—¿Has dormido bien? —le preguntó la joven sin poder evitar sonrojarse.

Alasdair asintió y le sonrió. Ver cómo sus pecas se hacían más visibles con ese sonrojo le gustaba en demasía.

Levantó una mano y acarició una de ellas.

Con el pelo revuelto y la sábana ligeramente caída, mostrando parte de su cuerpo desnudo, Cora estaba realmente hermosa.

De hecho, la habría hecho suya de nuevo de no ser porque no quería demorarse en levantarse.

No quería dar demasiadas explicaciones a Rowan, a quien intentaría evitar a toda costa.

Pero no quería pensar en eso en ese instante.

Iba a disfrutar del momento y ya volvería a convertirse en el guerrero frío que todos esperaban.

—¿Te duele algo? —preguntó Alasdair.

Cora sonrió y negó con la cabeza, acercando su rostro al del guerrero para besarlo.

—Estoy bien.

Este la acogió entre sus brazos y le acarició la espalda con lentitud, disfrutando de cada centímetro de su piel.

Se dijo que estaba dispuesto a acariciarla todo el tiempo del mundo, independiente de lo que estuviera pasando fuera de allí.

Sin embargo, también sabía que lo iban a reclamar en cuestión de minutos.

Por ello, la besó con rapidez y se incorporó en la cama.

—Podríamos quedarnos unos minutos más. Solo acaba de amanecer.

Alasdair la miró por encima del hombro con una sonrisa.

—Tengo que ir a mi dormitorio a vestirme y tardaré. Rowan sabe que soy de los primeros en levantarme, y sospechará que pasa algo.

Cora se sentó en la cama, completamente desnuda, pero no le importó que la sábana se escurriera y dejara expuesto su cuerpo desnudo. Con cualquier otro hombre sabía que se sentiría extraña, pero con Alasdair tenía la impresión de que lo había hecho durante toda su vida y no sentía vergüenza.

—Bueno, tal vez es lo que nos conviene, que se entere…

—¿Por qué dices eso?

—Porque así sería consciente cuanto antes de que su hermana y su mejor amigo se aman y tal vez acaben casados…

Cora fue consciente del significado de sus palabras cuando vio que Alasdair se tensaba al instante y se levantaba de la cama para girarse hacia ella. El guerrero la observó desde su posición y lo vio fruncir el ceño ligeramente.

—¿He dicho algo que no debía?

Alasdair carraspeó y rechinó los dientes.

Una de las cosas que más deseaba en la vida era poder casarse con ella, tener una familia, amarla a diario y decir a los cuatro vientos que estaba enamorado de ella.

Pero otra cosa muy diferente era poder hacerlo realidad.

Alasdair era consciente de quién era él y quién era ella, y, tal y como le había dicho la noche anterior, era prohibida.

Sabía que, después de eso, iba a morir, pero no quería exponerla a ella a una muerte segura.

—No es eso, Cora, es que ahora mismo no sé si lo mejor para ambos es iniciar una relación.

La joven frunció el ceño y se levantó de la cama totalmente desnuda. Lo miró desde el otro extremo y puso los brazos en jarras sin ser consciente de la excitación que sentía Alasdair al verla en ese estado.

—Pero anoche nos encamamos. Dijiste que me deseabas y me lo hiciste saber una y otra vez, Alasdair. ¿Eso no es compromiso?

El guerrero tragó saliva. Habría deseado mil veces no tener esa conversación justo al despertarse después de haberla hecho suya, ya que estaba seguro de que pensaría cosas que no eran ciertas.

—Y te sigo deseando, Cora, pero creo que lo mejor es dejar ahora las cosas como están.

La joven dejó escapar un resoplo.

—¿Acaso solo querías usar mi cuerpo? ¿Para eso me alejaste de Nic? ¿Querías tenerme solo para ti y así jugar conmigo?

—Lo de anoche no fue un juego para mí, Cora.

—Pues no lo parece, Alasdair. No te estoy pidiendo que te cases conmigo esta misma tarde, pero pensaba que lo que hemos hecho significaría algo para ti, algún tipo de compromiso conmigo. Si no, ¿por qué habrías irrumpido así en mi dormitorio y me habrías besado?

Cora sentía las mejillas totalmente rojas por la vergüenza. Y cuando se dio cuenta de que estaba completamente desnuda, se tapó con ambas manos como pudo.

—¿Crees que yo me entrego al primero que viene a mi dormitorio? Yo no soy así.

—Lo sé, Cora, porque, en caso de ser diferente, le habría roto las piernas al que se hubiera atrevido a tocarte.

La joven lo miró sin comprender.

—Entonces, ¿por qué me dices esto? ¿Por qué no quieres estar conmigo a pesar de que me deseas?

Alasdair apretó los puños.

—Porque creo que es lo mejor para los dos. Yo ya me he condenado, no quiero hacer lo mismo contigo.

—¿Quién te ha dado permiso para decidir por mí, Alasdair? Si yo elijo condenarme y quemarme es mi decisión.

—Me parece bien que lo hagas, Cora, pero no por mí. Jamás podría vivir con el peso de tu muerte a mi espalda. Después de lo de anoche, estoy condenado. Ojalá pudieras entenderlo.

—¡Explícamelo!

El guerrero dudó un instante, pero acabó negando con la cabeza. Las últimas palabras de su padre resonaron con más fuerza en su mente, ahogándolo, y no se atrevió a decir nada.

—Tal vez algún día lo entenderás.

Cora le dio la espalda y se acercó a la ventana.

—Siempre tan enigmático, Alasdair. Siempre tan metido en ti…

—Todo lo que hago es para protegerte, Cora.

La joven lo miró por encima de su hombro.

En sus ojos volvía a ver el reflejo de la ira; un enfado que claramente estaba dedicado a él y que la noche anterior deseó no volver a ver jamás, pero sabía que lo que hacía era para protegerla y hacer que tuviera una vida plena, aunque fuera sin él.

Sin embargo, en ese instante no podía explicar nada.

Y solo le quedaba esperar a que la rabia y la frustración desaparecieran de nuevo de aquellas esmeraldas que lo atravesaban en ese instante.

Los muros entre ellos volvían a elevarse, pero Alasdair sabía que era para siempre.