Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 9 #5
48%

CAPÍTULO 9 #5

Sin dejar de mirarla, Alasdair depositó besos en su vientre y siguió descendiendo.

La joven apoyó los codos en la cama y lo observó.

No podía dejar de mirarlo. El guerrero poseía un embrujo a su alrededor que le impedía hacerlo.

Y cuando lo vio llegar a su entrepierna, este rodeó sus piernas con sus manos y estrechó la distancia con ella.

Comenzó a besarla en la zona más íntima de su cuerpo, más ardiente y más delicada en ese instante.

Sus ojos se cerraron de golpe, su cabeza cayó hacia atrás irremediablemente y su cuerpo comenzó a temblar de nuevo ante el batiburrillo de emociones y sentimientos que despertaron en su interior.

De su garganta volvió a escapar un gemido que llevaba el nombre del guerrero.

Este sonrió contra su entrepierna y apretó los dedos alrededor del muslo de la joven.

Una mano de esta viajó hasta su cabeza, donde agarró varios mechones de su pelo y lo apretó con fuerza contra ella mientras se retorcía de dolor.

Y en el momento en el que pensaba que jamás podría sentir aún más, el placer aumentó cuando uno de los dedos juguetones de Alasdair se introdujo dentro de su cuerpo, explorando, acariciando, haciéndola desear aún más.

Su cadera se elevó, buscando más.

—Tranquila, pelirroja… —susurró contra su cuerpo—. Te escucharán.

—No me importa… —dijo con un gemido, arqueando más la espalda.

Alasdair rio y la penetró incansablemente con el dedo al tiempo que seguía devorando su entrepierna. Y en un momento dado, la joven se entregó por completo al orgasmo, que él absorbió por completo.

Cuando el cuerpo de Cora comenzó a relajarse, Alasdair se incorporó.

Limpió su boca con la mano y le sonrió al tiempo que se quitaba la poca ropa que aún vestía.

La tiró a un lado de la cama y la cubrió con su cuerpo.

Disfrutó mirándola a la cara, donde aún podían verse los restos de placer y el deseo de más, pero también lo que sentía por él.

Por primera vez, Cora dejaba caer las murallas entre ellos y le enseñaba lo que había en su interior.

Y le encantó saber que era lo mismo que él sentía.

Apoyando los codos en la cama y apretando su cuerpo contra ella, Alasdair no dejó de mirarla a los ojos.

Deseaba hacerlo mientras la penetraba para ver su reacción.

Y cuando sus ojos se abrieron un poco más, al recibirlo, el guerrero la besó tiernamente en la nariz.

Sabía que estaba muy dotado y que podría hacerle daño, pero Cora parecía estar hecha para él y acabó gimiendo con fuerza cuando la penetró por completo.

Esta lo miró a los ojos, repleta de deseo.

Alasdair sonrió tiernamente y salió de su cuerpo unos segundos, tan solo para volver a penetrarla lentamente, disfrutando de lo que le hacía sentir.

Su miembro palpitaba con fuerza, reclamando su propio placer de una vez por todas, pero quería hacerla disfrutar para que jamás volviera a verlo como un enemigo, sino como el mejor amante que podría haber tenido nunca.

Los puños de Alasdair se apretaron contra las sábanas, conteniéndose.

El joven cerró los ojos unos instantes, incapaz de hacerlo, pues su cuerpo temblaba con ferocidad, reclamando más, casi suplicándole que aumentara la velocidad.

Y cuando por fin lo hizo, a petición de la propia Cora, que lo rodeó con las piernas y arqueó su espalda, lanzó un fuerte gemido que llevaba el nombre de la joven.

Había esperado tantos años en su vida para tenerla entre sus brazos que deseaba alargar ese momento todo lo que estuviera en sus manos.

No quería que se desvaneciera y fingieran no haber hecho nada entre ellos.

Quería seguir así el resto de su vida. Deseaba tener a Cora para él, entregarse a ella cada día y hacerla suya, que disfrutara de esos momentos y se sintiera segura de una vez por todas.

—Alasdair… —gimió la joven contra sus labios.

El guerrero absorbió cada gemido, cada reclamación, cada instante y lo guardó para sí en lo más profundo de su ser para no olvidarlo jamás. Se dijo que lo atesoraría con mimo para desempolvar ese recuerdo cuando lo necesitara.

Comenzó a penetrarla con más fuerza poco a poco, aumentando el placer de ambos, hasta que por fin se derramó dentro de ella, al tiempo que Cora se aferraba con fuerza a sus nalgas y se dejaba ir en un poderoso y potente orgasmo que le arrebató la vista durante unos segundos.

Y mientras temblaba entre los brazos de la joven, Alasdair se dio cuenta de que había cometido el peor error de todos al hacerla suya.

Se dijo que no debía haberlo hecho, que lo había prometido y que acababa de fallarle a la persona más importante de su vida.

Pero su corazón había hablado, y no podía ignorarlo.

Se dejó caer junto a la joven, a la cual atrajo hacia él en cuestión de segundos. Ya que había fallado, no le importaba hacerlo un poco más. Y si moría después de todo, al menos lo haría con el corazón de Cora en sus manos, pues sabía que lo amaba tanto como él a ella.

En silencio, Alasdair suspiró. Sabía que había acelerado su muerte irremediablemente, pero se dijo que la aceptaba con gusto, pues lo que sentía por Cora era más fuerte que el miedo a la muerte.