CAPÍTULO 9 #4
Cora lo recibió con un leve gemido y lo aferró con fuerza de los hombros desnudos.
Le temblaban tanto las piernas que estaba segura de que iba a caerse al suelo, pero Alasdair pareció percibirlo y le subió el camisón para quitárselo, separándose de ella ligeramente.
La miró a los ojos y vio el deseo que ardía dentro de sus ojos.
Eso le hizo perder el norte para entregarse completamente a ella.
Notando su temblor, Alasdair la aferró de las nalgas y la elevó del suelo.
Cora rodeó su cadera con las piernas mientras las fuertes manos del guerrero se aferraban a su trasero desnudo.
Jamás imaginó que pudiera estar en esa tesitura junto a él, pero en ese instante no quería pensar en eso, sino dejarse llevar por una vez en su vida.
Por fin estaba donde quería estar con él y no podía pararse a pensar en todo lo vivido antes de eso.
Alasdair rugió de auténtico placer cuando la llevó junto a la pared, apoyándola en ella mientras seguía besándola sin parar.
Una de sus manos abandonó su trasero para acariciar su muslo, disfrutando de la suavidad de su piel y sorprendiéndose por que una mujer con su fuerte carácter tuviera la piel de esa manera.
Siempre se la había imaginado más dura, más tosca.
Y, sin embargo, Cora poseía una piel con tanta suavidad que parecía terciopelo.
El guerrero se dedicó varios minutos a disfrutar de esa sensación mientras su lengua comenzó a jugar dentro de la boca de la joven.
No podía dejar de besarla. En su interior solo pensaba en devorarla, en dejar salir de una vez por todas lo que había escondido durante años.
Ya era momento de mostrarlo y hacérselo ver a Cora.
Por ello, el guerrero le abrió más la boca con la lengua y la penetró con ella al tiempo que sus pechos juguetones y cálidos reclamaban su atención. Sin embargo, no quería ir tan deprisa.
Durante varios minutos, la tuvo así, contra la pared, besándola con intensidad y acariciando su piel de una vez por todas.
Al cabo de un tiempo, la cargó de nuevo sin soltarla hasta la cama, donde la dejó caer con suavidad y la cubrió rápidamente con su cuerpo.
En ese momento, las piernas de la joven dejaron de rodearlo, pero no lo soltó.
Las manos de esta lo abrazaron, acercándolo más a ella, pero Alasdair se limitó a besarla unos segundos para separarse después.
La miró en completo silencio y sonrió de lado al ver sus mejillas totalmente rojas y sentir cómo su cuerpo ardía de deseo por él.
Su respiración acelerada le indicaba que estaba deseosa de que siguiera besándola, pero Alasdair tenía otros planes.
No había esperado toda una vida ese momento para ahora ir rápido.
Descendió la cabeza y la besó en el cuello, arrancándole gemidos de placer.
Cora dejó caer la cabeza hacia atrás, mostrando más piel de su cuello, por lo que el guerrero se detuvo a devorarlo.
Una de las manos de la joven apretaba su hombro contra ella, pero la otra había ascendido hasta su pelo, entre cuyos mechones enredó sus dedos y lo acercó más a ella.
Su espalda se arqueó de placer, pues se sentía incapaz de soportar tanto dentro de su cuerpo. Tenía la impresión de que iba a desmayarse, pero sabía que, esta vez, Alasdair la recogería por completo.
Poco a poco, el guerrero descendió por su cuerpo, hasta sus pechos, a los que les dedicó una gran cantidad de tiempo. Atrapó entre sus labios uno de los pezones mientras que, con la otra mano, la acariciaba con suavidad.
Las manos de Cora se dirigieron hacia las sábanas de la cama, las cuales apretó con fuerza al tiempo que todo su cuerpo temblaba de placer ante las caricias y los lametones de Alasdair.
Este la estaba devorando mientras ella no dejaba de gemir.
Jamás en toda su vida había sentido semejante placer y nunca había imaginado que en ese acto pudiera experimentar tanto como en ese momento.
Minutos atrás habían parecido olvidar lo que había sucedido ese día, sus peleas, su guerra particular para convertirse en un hombre y una mujer que hacía demasiado tiempo que se deseaban y necesitaban sacar de su cuerpo aquel deseo para evitar ser consumidos por el fuego que había en su interior.
—Por Dios, te he deseado tanto… —murmuró Alasdair contra la piel de sus pechos.
Su aliento consiguió hacerle cosquillas y sonrió.
Cora descendió su mirada hacia él y lo vio sonreír con intensidad.
Jamás lo había visto de esa forma tan desinhibida, tan seguro de sí mismo, tan ardiente…
Siempre le había parecido demasiado serio, pero en ese instante creyó tener delante a un hombre diferente.
Y temió obsesionarse con él después de conocerlo mejor.