Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

Respirando con cierta dificultad, Alasdair se lanzó contra la puerta.

Su nerviosismo no podía esperar a verla hasta el día siguiente.

Por ello, caminó con paso rápido por el pasillo, hasta su dormitorio.

Agradeció que la joven durmiera cerca de él, ya que así no tendría que pasar delante del dormitorio de Rowan o Sloan, pues tendría que dar muchas explicaciones.

Cuando llegó junto a la puerta tras la que esperaba encontrar a Cora, no llamó, ni siquiera se planteó hacerlo.

Simplemente, su mano se elevó y abrió. Entró en el dormitorio como una exhalación y no pudo evitar dejar una exclamación de horror al ver que la cama de la joven estaba completamente vacía.

—¡Alasdair!

En ese momento, la voz de la joven sonó como algo angelical, un soplo de aire fresco en medio de un fuego eterno…

Alasdair cerró la puerta tras de sí y llevó su mirada hacia la ventana.

Sentada sobre la jamba se encontraba Cora, que lo miraba con el camisón puesto y una expresión de sorpresa dibujaba en la cara.

A pesar de ser un hombre que podía presumir de su contención, en los últimos días había demostrado que estaba perdiendo facultades, por lo que dejó escapar un profundo suspiro de alivio.

Momentáneamente, pensó que el sueño que había tenido se había hecho realidad, pero ahora que volvía a ver brillar el pelo de la joven y sus ojos mirándolo con curiosidad solo pudo llevarse una mano al pecho desnudo y respirar hondo.

—¿Ocurre algo? ¿Qué haces aquí?

Otra vez esa preciosa voz… Alasdair siempre había pensado que Cora poseía la apariencia de una guerrera y el espíritu de un hada, pues su voz no parecía pertenecer a este mundo.

La vio levantarse de la jamba de la ventana para acercarse a él con la preocupación reflejada en los ojos.

Pero el guerrero aún no había encontrado la voz en su garganta para responder, tal y como le había ocurrido en esa pesadilla.

Se había quedado sin poder hablar por primera vez en su vida, y eso lo había provocado el alivio al verla con vida y a salvo en el castillo.

Cora paró sus pies cuando llegó junto a él y se preguntó qué estaba pasando para que Alasdair hubiera aparecido a esas altas horas de la madrugada en su dormitorio.

No podía dormir, por lo que se había levantado hacía ya un rato.

Pero lo que no habría imaginado jamás era que este abriría de esa forma tan abrupta la puerta de su dormitorio, sobresaltándola, sorprendiéndola y preocupándola sobremanera, especialmente por su silencio.

Al llegar junto a él se dio cuenta de que Alasdair temblaba de forma incontrolable.

Nunca lo había visto así, ya que él era un hombre que solía tener todo el control de sus sentimientos.

Pero en ese momento no lo era. Al contrario, parecía un niño que se había alejado de sus padres y se había perdido.

Lo vio sudar, y al escuchar la respiración trabajosa de su pecho, a Cora solo se le ocurrió hacer una cosa.

Elevó ambas manos y las posó sobre su mentón.

La barba de este le pinchó, pero no le importó.

Alasdair no se encontraba bien y estaba dispuesta a dejar a un lado su guerra para ayudarlo.

Era la primera vez que lo tocaba así y, a pesar de que era simplemente una caricia en la cara, Cora no pudo evitar ponerse nerviosa.

En ese momento, como si el guerrero hubiera reaccionado y la viera por primera vez, se sobresaltó y la miró de forma penetrante. La joven dejó que la observara como deseaba, haciéndole ver que no estaba solo, sino con ella.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó con voz suave.

—Estás aquí —respondió él con voz ligeramente ronca.

—Sí, es mi dormitorio —dijo la joven sin saber realmente qué esperaba escuchar de sus labios. Sin embargo, al ser consciente de lo que realmente quería Alasdair, añadió—: ¿Dónde creías que estaba?

—Muerta —respondió él con simpleza—, con un puñal clavado en el pecho.

Cora frunció el ceño y lo miró sin comprender.

Dio un paso más hacia él, dejando que su cuerpo rozara el pecho desnudo de Alasdair para hacerle ver que realmente estaba viva.

Supuso que había tenido una pesadilla y por eso se había presentado de esa manera en su dormitorio.

Pero no estaba segura de si lo que más la sorprendía era el miedo que parecía haber pasado o que se hubiera atrevido a ir allí a comprobarlo.

El guerrero la miraba con intensidad, más que nunca.

Su cuerpo seguía temblando, aunque no con tanta fuerza como segundos atrás.

Su respiración se había calmado ligeramente y el miedo en sus ojos parecía desaparecer con el paso del tiempo.

Sin embargo, dentro de él seguía habiendo un sentimiento que no era capaz de descifrar.

A su mente llegó el recuerdo de la conversación que había mantenido con Nic y la seguridad con la que este le había dicho que Alasdair también la amaba.

Intentó descubrirlo en ese momento, y lo que vio en él logró sobresaltarla.

El silencio se extendió en el dormitorio y Cora no sabía exactamente qué debía hacer, por lo que intentó apartar las manos de la barbilla de Alasdair ahora que parecía sentirse mejor.

No obstante, con un movimiento rápido, este apresó sus muñecas y le pidió en silencio que las mantuviera donde estaban.

Ella obedeció, pero no pudo evitar ponerse realmente nerviosa al ver que él acortaba aún más la distancia.

El pecho de ambos se unió y, aunque Cora tenía puesto el camisón, la tela de este era tan fina que parecía estar completamente desnuda ante él.

Esa cercanía, esa mirada, ese increíble atractivo de Alasdair y el poder que rezumaba por cada poro de su piel provocaron que fuera Cora quien ahora temblara ante él, aunque por motivos diferentes.

Al pensar que no haría nada más, Alasdair la sorprendió de nuevo elevando una mano para posarla en su mejilla, tal y como ella hacía. Cora hizo todo lo posible para que su respiración no se acelerara, pero estaba segura de que iba a fracasar estrepitosamente.

—Eres tan hermosa… —susurró el guerrero—. La mujer más hermosa que he visto jamás.

En ese instante, Cora creyó que iba a desmayarse.

La respiración se le entrecortó y las piernas comenzaron a temblar tanto que estaba segura de que Alasdair se daría cuenta de inmediato.

Quiso creer que aún estaba ligeramente imbuido por el sueño que había tenido, pero sus ojos reflejaban algo muy diferente a lo que mostraba hacía unos minutos.

Vio deseo y una imperiosa necesidad de tenerla entre sus brazos, pero ella prefirió quedarse quieta y esperar el siguiente movimiento del guerrero, pues, esta vez, sería él y no ella quien diera el primer paso.

Alasdair acercó su rostro y elevó la otra mano para aferrarla totalmente. Cora sintió el calor de sus manos y dio gracias a que estas taparan sus mejillas, pues estaba tan sonrojada que temía hacer el ridículo una vez más frente a él.

—Pensaba que era una mocosa —susurró la joven sin poder evitarlo.

Pero Alasdair negó con la cabeza.

—La mayor de mis mentiras —respondió el guerrero con voz suave, casi ininteligible—. Esa mocosa se convirtió hace mucho tiempo en una mujer maravillosa; una guerrera; una mujer de la que debería alejarme, pero a la que deseo con todas las fuerzas de mi alma…

—¿Por qué dices eso? —preguntó sin aliento.

Alasdair unió su frente con la de la joven, dejando sus labios a escasos centímetros de su boca.

—Porque es la verdad, Cora. No te puedes imaginar la de veces que me he visto besándote, acariciándote, haciéndote el amor…

Los labios del guerrero rozaron los de la joven, que contuvo el aliento.

Sus manos, que aún estaban sobre la barba de este, descendieron hacia su pecho, dejándose caer, incapaz de mantenerse firme.

Cora sabía que estaba perdiendo la batalla contra él de nuevo, que iba a mostrar sus sentimientos hacia él una vez más, y sabía que era peligroso. Pero no podía evitarlo.

—Creía que me odiabas, no que me deseabas —susurró la joven.

Alasdair sonrió y negó con la cabeza.

—Tenía que enmascarar ese deseo con odio porque eres una mujer prohibida para mí, Cora.

Te deseo, pero eres la hermana de Rowan y la hija del hombre que me acogió.

Debería verte como una hermana y, sin embargo, te veo como la mujer más hermosa que he visto jamás; te veo como la mujer fuerte con la que me gustaría luchar a su lado; como mi amante; como la madre de mis hijos… Te veo en todos lados, Cora…

Alasdair gimió de forma lastimera contra sus labios.

—Pero estás prohibida.

La joven cerró los ojos unos instantes y volvió a rozar sus labios contra los de Alasdair.

Sentía que estaba a punto de echar a arder, pues el calor recorría su cuerpo, amenazándola, posándose en el centro de su vientre y su entrepierna.

Lo deseaba. Ella también lo deseaba y, que Dios la perdonara, pero si él quería, se entregaría a él para intentar poner freno a lo que sentía, pues iba a consumirla algún día.

Y Alasdair le estaba demostrando que él profesaba exactamente lo mismo.

—No soy una prohibición, Alasdair —susurró con un gemido atascado en la garganta.

El guerrero se mordió el labio inferior con fuerza, como si con ese gesto pudiera contenerse. Sin embargo, perdió irremediablemente.

—Soy tuya, Alasdair.

—Mía… —gimió el guerrero contra sus labios.

Este sentía que su cuerpo estaba a punto de explotar.

La deseaba con todas las fuerzas de su alma, pero temía hacer algo que la alejara definitivamente de él.

Sabía que estaba manteniendo una guerra consigo mismo, y supo que la había perdido cuando los labios de Cora volvieron a rozar los suyos.

Su cuerpo se contrajo y los dedos que aferraban su rostro se tornaron más posesivos.

—Eres mía, Cora.

La joven respondió con un asentimiento de cabeza.

—Solo mía… —gimió antes de perder la batalla contra sí mismo y besarla.